Francisco S. López Romito |
Economista
nuevatribuna.es | 09 Febrero 2014 - 15:33
h.
En
nuestro país somos poco dados al debate. Pareciera que ante palabras como
polémica o discusión, no entendiéramos que se trata de un intercambio de puntos
de vista, razones, concepciones y no de un intercambio de puñetazos. Ello
convierte a los espacios de conversación en meros exhibidores de monólogos. Yo
soy de los que gustan de la conversación y veo que Quim González Muntadas
también, lo que es positivo para ambos y espero que para los lectores de nuevatribuna.es.
González
Muntadas formula algunas recriminaciones a mi interpretación
de su artículo “Enterrar
la vieja empresa y renovar el sindicalismo” en mi “Destrucción
creativa y sindicalismo amarillo”.
Comienza
diciendo que mi referencia al empresario innovador de Schumpeter “digamos
que es algo forzado”. Lamento estar en desacuerdo, porque releo su artículo
y confirmo que dedica lo principal del mismo, siguiendo las enseñanzas del profesor
Guillermo de la Dehesa, en una exaltación del papel de los “empresarios del
siglo XXI” que necesariamente conduce al Profesor Joseph Schumpeter, con su
teoría acerca del papel de dicho empresario en el ciclo económico.
Su
segunda observación se refiere a mi impresión respecto a su concepción del
papel de la empresa capitalista – divorciada entre empresas viejas e
innovadoras – en la determinación de uno u otro tipo de respuesta sindical.
González Muntadas me reprocha – con parte de razón – que nunca ha imaginado
determinadas afirmaciones que yo habría puesto en boca suya. Creo que debo
disculparme por el tono y una cierta exageración dialéctica en las conclusiones
expresadas en mi texto.
Pero
convendrá conmigo que, quizá, por la reducida extensión de su artículo un
lector inadvertido no estaría en condiciones de pensar que su propuesta
sindical no quedara constreñida a un sindicalismo de empresa. Recojamos algunas
citas:
“Según
qué tipo de empresa y de empresario se trate, la respuesta sindical, podemos
suponer, es también distinta.”
“...
aquellos empresarios innovadores que colocan a las personas en el eje de su
gestión, y se esfuerzan por tener una actitud más abierta y global, en el que
sus valores comienzan a dar paso al compromiso y a la responsabilidad social.
Este empresario reclama y merece todo el esfuerzo de innovación y renovación
sindical porque es ahí donde está el progreso, en el encuentro de estas dos
voluntades renovadoras, lo que nos debe permitir enterrar la vieja empresa.”
Es
de agradecer que en su siguiente artículo rebase los límites del sindicalismo
de empresa y reafirme su posición en pro “del sindicalismo confederal
organizado en los centros de trabajo.”
Comparto
las preguntas formuladas por González Muntadas, me parecen lo más enriquecedor
del nuevo texto, aunque lamento no poder decir lo mismo de las
respuestas.
Proponer
un sindicalismo no demasiado interesado en la dimensión política de su lucha y
considerar que el Estado del Bienestar no es más que una construcción sujeta a
la buena ventura de las empresas innovadoras y, por ende, un producto del
capitalismo, nos dice de un sindicalismo economicista bastante alejado del
sindicalismo de clase que ha liderado las luchas de los trabajadores
asalariados durante un siglo y medio en todo el mundo.
Proponer
como objetivo estelar de la acción sindical “enterrar la vieja empresa” suena
a apostar entre uno y otro bando de esa no muy clara alineación entre empresas
viejas y empresas innovadoras. ¿Por qué no extrapolar a países avanzados y países
atrasados? ¿Dónde queda el papel de la solidaridad de los trabajadores? Me
surgen algunos interrogantes; ¿Sigue siendo Nokia una empresa innovadora o la
ponemos en el bando de las viejas? Porque en los tiempos de las grandes
revoluciones tecnológicas del capitalismo las empresas envejecen a un ritmo de
infarto. Y más, ¿debemos apoyar en su fulgurante carrera competitiva a Amazon
frente a esas antiguallas de libreros, tiendas de discos y todo el que se ponga
por delante en el comercio minorista? Quizá algún catedrático de ética pueda
convencer al innovador Jeff Bezos de que humanice un poquito el trabajo
de sus asalariados y deje de súper explotarlos como a verdaderos esclavos,
porque a los sindicalistas de clase les está costando bastante.
Celebro
que el compañero González Muntadas señale al Convenio General de Químicas como
un hito en el sindicalismo español de los últimos cuarenta años. Da la
casualidad que algo tuve que ver con aquel primer convenio que supuso la
derogación de las anquilosadas Ordenanzas Laborales del franquismo y un nuevo
sistema de clasificación profesional, la definición de ámbitos de movilidad
funcional en las empresas y la negociación salarial sobre masas salariales
homogeneizadas, entre otras innovaciones.
Sigo
considerando que la lucha política por la construcción y desarrollo del Estado
del Bienestar y la profundización de la democracia política, conjuntamente con
la lucha de los trabajadores organizados por la democratización de las empresas
y la distribución del excedente, deben seguir siendo la brújula del
sindicalismo de clase. La derogación del capitalismo por decreto revolucionario
no ha sido nunca tentación para el socialismo democrático, lo que no significa
que se pierda de vista que el combate necesario y posible sigue siendo la
transformación y superación del sistema capitalista, para lograr la
humanización de la humanidad.
Por
último una breve cita de Carlos Marx en su alocución los días 20/27 de Junio de
1865 en el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores:
“Las
tradeuniones trabajan bien como centros de resistencia contra las usurpaciones
del capital. Fracasan, en algunos casos, en usar poco inteligentemente su
fuerza. Pero, en general, son deficientes por limitarse a una guerra de
guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de esforzarse, al
mismo tiempo, por cambiarlo, en vez de emplear sus fuerzas organizadas como
palanca para la emancipación final de la clase obrera; es decir, para la
abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado.”

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