Víctor Moreno |
Escritor y profesor
nuevatribuna.es | 09 Febrero 2014 - 15:44
h.
Ningún
medio periodístico debería acoger en sus páginas noticias que tuvieran que ver
con la religión, los obispos y la curia celestial. Cuando se trata de hechos
esencialmente religiosos, los periódicos y la televisión no deberían dedicarles
ni una línea. Solo la hoja parroquial y, por motivos obvios, los periódicos La
Razón y ABC son dignos de hablar de tales acontecimientos. Pues el
resto ya se sabe que lo hacen para desprestigiar a la Iglesia y al Sagrado
Corazón de Jesús.
Dios
y su familia, la santísima Trinidad y la corte celestial, no se merecen verse
mezclados con noticias tan inapropiadas con seres tan virtuosos y tan limpios
como ellos. Al hacerlo, se rebaja su majestuosidad y su esencia espiritual al
nivel de las cosas más prosaicas.
Hay
ocasiones penosas. Artículos y reflexiones que hablan de estos seres tan
perfectos y tan llenos de pureza aparecen al lado de noticias y hechos que
hablan de la masturbación entre los bonobos y entre los estudiantes del Opus
Dei, de la sensualidad de una actriz junto a las cogitaciones del cardenal
Rouco sobre el aborto, que pierden su fuerza dogmática en cuanto miras la
fotografía de la modelo de al lado.
El
cardenal produce lástima. Su apostólico afán por aparecer aquí y allá para
sentar cátedra donde solamente hay movimiento de cadera es un poco patético.
Alguien debería decirle a Rouco Varela que, por muy potente que sea su pegada
teológica, no puede competir con los muslos y pechos exubrerantes de una
pin up, tipo Bettie Page. No es el único. Cualquier pensamiento
teológico aunque sea de san Agustín, de Celso o de Tomás de Aquino, empalidece
ante el fulgurante esplendor de carnes de cualquier mujer y hombre macizos. El
cardenal debería sopesar estos intríngulis carnales y, a la luz de la
revelación sobrenatural, tomar una determinación acorde con el sigilo que
requiere la publicación de ideas tan sublimes y sobrenaturales en unos medios
tan poco puros.
Las
verdades de la religión no son compatibles con las guarradas que cuentan una y
otra vez los periódicos. Convivir con ellas no es propio de un modus operandi
teológico y transcendental. Al final, su deterioro ha de ser sustancioso.
Cualquier página de periódico está llena de mezquindades, de crímenes, de mentiras,
de corrupciones y de masacres. Y, sobre todo, vanidades. Y ya se sabe lo que
dijo de ellas el Eclesiastés. La fuerza del mal es mucho más atractiva que la
del bien. El efecto es tan obvio como lógico. El lector se quedará con
cualquier payasada de algún famoso y dejará pasar la mayoría de los pensamiento
sublimes de la religión, suscritos por algún teólogo de postín o aspirantes,
tipo Juan Manuel de Prada. Desgraciadamente, dichas verdades religiosas, sean
del papa Francisco o de san Felipe Neri, no mitigan el impacto de la barbarie
contenida en las páginas del periódico o en la pantalla de cualquier cadena.
La
catequesis religiosa debería preservarse como un bien insólito, solo accesible
a aquellos que de verdad están por la labor de empaparse de su verbo eterno y
de su doctrina imperecedera. El lugar de la religión no es el periódico, sino
la iglesia, la parroquia, la basílica y la ermita, donde la majestuosidad de
Dios y la palabra de quienes solo saben interpretar su voluntad pueden brillar
como se merece. Es incomparable la fonética de la palabra transubstanciación
pronunciada en la bóveda de una catedral que en un periódico cualquiera,
incluido el Abc.
Los
obispos se empeñan en que la religión aparezca hasta en los desayunos de la
televisión. No perciben que eso es devaluarla hasta el grado máximo. La
religión en la prensa está sometida continuamente a cualquier sarcasmo, sátira
y blasfemias.
La
Iglesia debería exigir al ente público que llaman Televisión Española que
dejara de dar la tabarra con la religión. No lo digo porque la televisión, al
ser una institución pública perteneciente a un Estado aconfesional, esté
pasándose por sus respectivos cátodos la constitución. Llevan muchos años
haciéndolo y son incapaces de comprender qué significa dicho concepto. La razón
es otra. Consideren que al hacer continuo alarde exagerado de la religión
católica están a punto de hartar al más pintado. Y sepan que el efecto de esta
permanente locución es contrario al perseguido. Lo único que ha traído es su desprestigio.
De
hecho, las sectas religiosas no católicas de este país han aumentado. Fenómeno
de sociología religiosa que algunos han atribuido al hecho de que la televisión
transmita misas y rosarios en directo sin fallar una semana. La gente no es
tonta aunque sea religiosa, y se da cuenta que dichas misas y celebraciones son
soporíferas y no tienen encanto alguno. Se las saben de memoria.
Sucede
lo mismo con las procesiones y actuaciones de cofradías religiosas, que están
instaladas en la permanente rutina y en la falta de originalidad. Y Dios, no
les quepa la menor duda, es la suma originalidad.
Por
si no disponen de datos, les diré que, durante el año de 2011, TVE destinó a
programas y retransmisiones de carácter religioso un total de 2.973.554 euros,
según recogen distintos medios especializados en televisión, y tras una
pregunta escrita del PSOE en el Congreso.
El
grueso de la partida se lo llevó la religión católica, con 1.521.722 euros para
programas y 785.088 euros para la programación especial que emitió TVE con
motivo de la visita del Papa por la Jornada Mundial de la Juventud.
He
aquí, pues, una de las razones claves del progresivo deterioro de la religión y
de la falta de enjundia teológica de la mayoría de los católicos de este país.
Al pretender la iglesia que la religión esté en todos los sitios y en todos los
medios informativos, acabará estando en ninguno.
Además,
debería reparar en que su obsesiva actitud de aparecer en todos los sitios y de
forma simultánea sería una ofensa a Dios, toda vez que solo Dios es Ubicuo. Y,
como conocedores del texto bíblico, querer ser como Dios es un pecado de
soberbia que se castiga con la expulsión del paraíso.
Avisados
quedan.

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