nuevatribuna.es
| 12 Febrero 2014 - 20:12 h.
Año 2004, en
el Palacio de la Moncloa. El presidente recibe al ministro de Cultura y a los
directores de los centros Cervantes, que solicitan aumento del presupuesto.Zapatero
no pierde la sonrisa: “Hay dinero, hay mucho dinero este año. Y el año que
viene habrá más. La economía va como un tiro”. Esta anécdota fue relatada
por Muñoz Molina, que en aquel entonces era director del Cervantes de Nueva
York. Revela bien a las claras la actitud frívola e imprudente del presidente
del gobierno. La incompetencia de aquellos momentos y las medidas
adoptadas al final de su mandato, cuando tomó decisiones severas en contra de
su propio ideario y contra el pueblo, dejaron una penosa herencia. Amparó la
burbuja inmobiliaria, negó la crisis y no adoptó medidas contra ella. Dejó
crecer la corrupción y que invadiera las maquinarias de los partidos y los
despachos oficiales. Pagó sus pecados en las urnas, pero la ciudadanía tardará
en olvidar.
El gobierno
de Rajoy tiene las cosas claras. Don Mariano ya no tenía dudas cuando era joven
y defendía con vehemencia la "desigualdad
natural” de los
seres humanos. De acuerdo con sus principios está haciendo una actuación
implacable: en media legislatura fulminó los derechos laborales, recortó con
severidad la sanidad y la educación, redujo al mínimo las ayudas a la
dependencia, precarizó la situación de los pensionistas y dejó sin sanidad a
los inmigrantes; Mientras tanto las ayudas a la banca fluyeron con total
generosidad. Gabriela Cañas denunció que “es tal el descaro con el que los
dirigentes adoptan sus decisiones en esta carrera por aumentar la desigualdad
que ni siquera se toman la molestia de cuidar las formas”. Asistimos
inermes al gran expolio, ejecutado desde el poder con total impunidad.
Podemos recordar como, en la última semana de noviembre de 2012, el gobierno
entregó a la banca 37.000 millones de euros. Al día siguiente decidió
mantener la injusta ley hipotecaria que lleva a miles de familias a la intemperie,
y dejó a 145.000 cuidadores familiares de dependientes sin Seguridad
Social.
Millás
ironizaba en un artículo sobre las similitudes entre la mafia y el Estado.
Siempre pensó que la mafia aspiraba a ser Estado mientras que, ahora, parece
que las cosas son al revés: es el Estado el que actúa a imagen y semejanza
de las mafias. Las cloacas de la corrupción lo corrompen todo y ahora
"las tuberías de los albañales y las del agua potable se cruzan, se
atraviesan, se abrazan, el caso es que cuando abres el grifo de la cocina sale
mierda". Esta imagen hiperbólica puede ser algo más que literatura.
Empezamos a sospechar qué tiene mucho parecido con la realidad.
Las consecuencias
de las decisiones políticas impuestas, siguiendo el catecismo ultraliberal,
están a la vista. Podemos verlas a diario en nuestros barrios y en nuestro
entorno personal. Asistimos a la privatización de la vida, vemos como la
incertidumbre planea sobre nuestro futuro y sabemos que nada está garantizado.
Los datos también son contundentes. Un
informe elaborado por la Fundacion Foessa dibuja un escenario poco prometedor: en España hay tres millones de
personas en situación de pobreza extrema y un 6,4% de los españoles están al
borde de la exclusión social. El empobrecimiento y la inseguridad económica
de muchos hogares llegó a un punto de difícil retorno, y cada vez hay más
diferenciación ciudadana en el acceso a los derechos básicos. Cáritas advirtió
que la multiplicación de recortes sociales "están sentando las bases
para que el impacto de la crisis se cronifique entre los más desfavorecidos".
La desigualdad de la población creció de manera escandalosa: la distancia entre
el 20% más rico y el 20% más pobre es la más gran de Europa.
Detrás de
los números hay personas que sufren, y que no son los responsables de la
situación creada. Las políticas adoptadas en los últimos tiempos no contribuyen
a disminuir el daño colectivo, pero sí ayudan a aumentar los beneficios
privados. Quieren hacer ver que los recortes, las privaciones y la laminación
de los derechos se producen de manera inexorable y que no existen otras
posibilidades. Pero no es cierto. El empobrecimiento y la desigualdad son
provocados y aumentados por sus decisiones políticas, fundamentadas en una
ideología clasista, y persiguen aumentar la riqueza de los más ricos a
expensas de eliminar la clase media, soporte fundamental del Estado de
bienestar. El sociólogo Antonio Ariño ya advirtió que "estamos
caminando hacia una Europa amoral y asocial: alguien tendrá que aplicar otras
políticas”.
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