nuevatribuna.es
| 19 Febrero 2014 - 13:13 h.
Entre las
primeras actitudes que se aprenden en los partidos políticos está la de no
perjudicar bajo ningún concepto su imagen pública. Cosa por otro lado común en
cualquier institución, entidad o empresa cuya subsistencia dependa de la
opinión que el ciudadano tenga de ella. Este principio lleva a la situación de
negar hechos evidentes, a justificarlos con argumentos increíbles o a echarle
la culpa al competidor. Jamás admitir que se
ha hecho mal.
La historia
nos demuestra que la derecha política es la que realiza esta práctica de forma
más pertinaz y desvergonzada. Estamos cansados de ver cómo cierran filas en
torno a hechos delictivos y arropar a personas que han delinquido con
explicaciones rocambolescas, disparatadas, incluso cómicas. “El finiquito en
diferido” de María Dolores de Cospedal es una pieza antológica de los
disparates explicativos de lo inexplicable. Es una falta de respeto a la gente,
como lo son los contenidos de su programa electoral hecho para engañar a los
electores y conseguir sus votos. Lo más asombroso de todo esto es que saben
positivamente que la ciudadanía es conocedora de sus mentiras, pero lo
peligroso es que se admita como normal que ocurra esto. En la opinión pública
ser político es sinónimo de ser mentiroso, creo que admitimos esto con bastante
frivolidad sin pararnos a pensar un momento en la gravedad que contiene.
En otras
democracias los partidos de la derecha tienen muy claro que el respeto al
ciudadano no se puede transgredir y antes de mentirle se reconoce el error por
parte de quien lo comete y se marcha de la institución y de la política.
Estamos hartos de ver ejemplos que despiertan nuestra envidia.
Lo que
ocurre es que esos partidos de derechas provienen de la democracia y tienen muy
claro que el ciudadano no es un súbdito, sino una persona con la que existe una
lealtad, fruto de un pacto mediante el cual reclaman el voto a cambio de
cumplir una serie de preceptos entre los que están la sinceridad de cumplir un
programa político. En España la derecha aún no se ha desprendido del pelo de la
dictadura, por tanto su concepto de la política es diferente, actúan siguiendo
sus intereses con un absoluto desprecio a los ciudadanos. Se sienten
legitimados por haber sido elegidos en las urnas, por más que hayan mentido
para conseguirlo. En la película El Hundimiento, de Oliver Hischbiegel (2004),
en los últimos días del Tercer Reich un general de la Wehrmacht defiende la
inutilidad de sacrificar al pueblo alemán ante la inminente derrota y Goebbels
le responde: “El pueblo ha elegido este destino. No le hemos obligado a nada,
ellos nos eligieron”. Un caso extremo de legitimidad democrática.
A las
personas que componen el partido se les supone su militancia en función de
creer y defender sus principios. Ya sabemos que no siempre es así, también
existen los arribistas que lo utilizan como instrumento para conseguir el
beneficio propio. El problema es que los dirigentes no actúan contra ellos, por
el contrario los protegen y defienden, anteponiendo ese apoyo al interés
general de la institución. Aplican la conciencia de tribu, cuando en realidad
su postura hace un daño enorme a su partido y a la democracia.
Cuando veo a
los dirigentes del Partido Popular mentir de forma descarada incluso en sede
parlamentaria, me siento insultado como persona. ¿Por qué lo hacen? Porque se
trata del argumentario que lanzan a sus seguidores, repetido hasta la saciedad
por la caverna mediática. La honestidad y la verdad quedan para otros.
Fuente: www.tercerainformación.es

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