Una suerte de
inocencia fetichista pretende que las técnicas digitales resolverán nuestros
problemas urbanos, económicos y sociales. Pero en el territorio no hay más
inteligencia que la de aquellos que lo habitan
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| ENRIQUE FLORES |
La ciudad es el problema; la
técnica, la solución. Este eslogan podría resumir los programas urbanos que
tanto en las metrópolis consolidadas de Occidente como en las bullentes
megalópolis de Asia se sostienen en esa versión del panóptico moderno que son
las llamadas ciudades inteligentes. Son modelos que comparten una
confianza optimista en los poderes de la técnica para resolver los conflictos
sociales y económicos implicados en los procesos de crecimiento, de acuerdo con
un entusiasmo que ahora es digital, y que se refuerza por la conectividad indiscriminada
y el ensalmo mercantil y fetichista de todo tipo de gadgets. De ahí que
las tesis tecnocráticas vuelvan a resultar atractivas, aunque su sex appealmecanicista
comparta en muchos aspectos el obsoleto credo de los determinismos, y resulte
tan añejo como ya lo es nuestra modernidad.
Es cierto que sin artefactos
alimentados por electricidad o petróleo no hubiese habido nunca modernidad, ni
tampoco se hubiesen formado las ciudades tal y como hoy las conocemos. Pero si
para los modernos la fascinación de la técnica se desprendía de la potencia
brutal de las máquinas, hoy su capacidad de persuasión se cifra por la
desmesura con que pequeños dispositivos manejan miríadas de constelaciones
fluctuantes de datos, que ya no proceden de centros jerárquicos de poder o
información, sino de la propia vida cotidiana, y cuyo acceso y manejo
—como demuestran las nuevas técnicas de marketing o las historias de
espionaje desveladas por Snowden— se han convertido en un problema estratégico
para empresas e instituciones, cuando no en una cuestión de Estado.
La magnitud de la transformación se
evidencia por algunos cambios semánticos —la democrática información en
lugar de la ominosa producción; el inasible bit en vez del
intuitivo caballo de vapor—, que expresan el hecho de que la tecnología
ha ido abandonando su lugar natural en las fábricas o las oficinas para ocupar
con descaro todos los recovecos del mundo, también la vestimenta o el interior
del cuerpo humano, de manera que la presencia casi universal de chips y
sensores con tendencia a conectarse entre sí ha convalidado a la postre la
hipótesis de un “Internet de las cosas”, término acuñado por Kevin Ashton en
1999, y que hoy se aplica en disciplinas muy diversas. Entre ellas se cuentan
la economía y la sociología, pero también la ingeniería y el urbanismo.
Favorece este rabión digital el hecho de que el nuevo entramado descanse en un
símil comprensible por todos, según la cual las mallas de las tecnologías de la
información son como una red neuronal, y los centros que gestionan los datos,
como cerebros. La inteligencia que esta red produce puede así aplicarse
a los objetos —tal es el caso de ese avatar que para nosotros es hoy el smartphone—,
y asimismo a las ciudades, que no en vano ya habían sido consideradas desde
antiguo como una suerte de organismos vivos.
La tecnología ha salido de
las fábricas y oficinas para ocupar todos los recovecos del mundo
Pese a la ínfula que se da al
término, esta inteligencia aplicada a las ciudades es más bien precaria.
Consiste en realidad en la digitalización del espacio urbano a través de
infraestructuras basadas en las tecnologías de la información y la comunicación
(TIC), así como en los sistemas de información geográfica (GIS), con el fin de
monitorizar calles, edificios y personas mediante redes innúmeras de sensores,
y de intervenir en tiempo real sobre ellos. Los problemas que pretenden
atajarse son diversos, desde la movilidad hasta la gestión de recursos, pasando
por el medio ambiente o incluso el modelo político, alentando la idea
bienintencionada de un gobierno participativo encauzado por las hoy casi
ubicuas redes sociales. No menos variados son los contextos en los que esta
inteligencia digital puede aplicarse. En Nueva York IBM está instalando 250.000
lectores integrados de programas de análisis en tiempo real, implantados bajo
la piel de la ciudad con fines extrañamente complementarios, como detectar
fugas de agua, reducir el tráfico, prevenir incendios o anticiparse a la
comisión de delitos mediante la “captura de una imagen sospechosa, su análisis
por ordenador y la transmisión de esta información a la policía”. En otros
contextos la ambición es aún mayor: Corea del Sur se proclama orgullosa de su
propia ciudad inteligente, New Songdo, que la multinacional CISCO prevé terminar
en 2014 y cuyo principal rasgo es la literalidad con que en ella se asume la
metáfora de la sinapsis nerviosa, pues, como explican sus promotores, estará
dotada de un cerebro, es decir, de un inmenso centro digital de
operaciones que conectará semáforos, hospitales, redes eléctricas y estaciones
meteorológicas, formando una estructura que acaso se pretende todopoderosa.
Evidentemente, el loable fin de
dotar inteligencia a nuestras ciudades es, en sí mismo, un fenomenal negocio;
de hecho algunos estiman que podría mover más de 50.000 millones de dólares al
año. De ahí, que las grandes multinacionales de la informática y la
comunicación hayan levantado un pujante y creciente lobby, que convoca
congresos por doquier para buscar socios entre los gestores políticos y
convencerles de la urgencia extrema de poner coto, de una vez por todas, a las
fugas de agua y los problemas de tráfico, pero también de disolver de una
manera políticamente neutral las pugnas sociales, incluida la delincuencia,
resultado del hecho siempre incómodo de habitar juntos.
Como ha puesto de manifiesto César
Rendueles en un reciente y excitante libro, Sociofobia, tras ello no
solo se oculta el interés económico, sino una suerte de inocencia fetichista
ante la tecnología, entregada a la creencia —que la tozuda realidad no se cansa
de refutar— de que las técnicas digitales son una fuente automática de
transformaciones sociales, de procesos emancipadores ajenos a la gastada
tradición de la democracia representativa. Desde este punto de vista, la
inteligencia de las ciudades no solo sería tecnocrática, sino fundamentalmente
colaborativa, y ya no estaría formada de jerárquica materia gris, sino que se
organizaría como una red descentralizada, como una especie de mente-colmena.
El peligro es que la
ciudad y su democracia acaben entregadas a los especialistas digitales
Lo cierto es que poco importa que
la inteligencia urbana se conciba como simple tecnología aplicada o como una
utopía ambiciosa a la manera de la Telépolis o la City of Bits; el peligro es
que la ciudad acabe entregada a los nuevos especialistas digitales, y que los
necesarios papeles jugados por el reprochable político o el megalómano
urbanista o arquitecto acaben devaluándose conforme se socava paralelamente el
quehacer deliberativo de los ciudadanos anónimos en cuanto constructores
materiales de la vida urbana. Si la complejidad de la ciudad puede reducirse a
la mera gestión digital de problemas concretos, entonces cabe sustituir a los
antiguos jerarcas por otros nuevos y presuntamente más inocuos, los especialistas
o expertos digitales, y los ciudadanos deberán acaso conformarse con
asumir un papel pasivo.
De este modo, lejos ya del modelo
agresivo del ojo que todo lo ve —el Panopticon de Bentham o el Big Brother
orwelliano—, la tecnocracia es hoy reclamada por la propia comunidad digital;
no se impone con violencia desde fuera, sino que se exige desde dentro, en una
suerte de variante líquida, pero autoimpuesta de demagogia. Así y todo, como en
el mundo real que está delante de las pantallas nunca hay personajes virtuales,
sino personas de carne y hueso, al cabo las herramientas digitales no son nada
a menos que se hibriden con los pertrechos tradicionales del control del
espacio, como, en su caso más extremo, son los muros o las alambradas. Así lo
demostraron en su momento la zigzagueante revolución egipcia —formada a partes
iguales por una movilización digital y una resistencia corporal en un lugar
concreto, la plaza de Tahrir— o los paredones que cosen la frontera entre
Israel y Palestina, y lo sigue evidenciando hoy, en España, el limes de
Ceuta, en el que los algoritmos de la videovigilancia conviven promiscuamente
con alambradas armadas de cuchillas con un nombre de ecos musicales: las
concertinas. Y es que este ciberfetichismo de algoritmos y concertinas no
resolverá nuestros problemas económicos y sociales, ni tampoco los urbanos,
pues en los territorios y las ciudades no hay más inteligencia que la de
aquellos que las habitan. La conclusión fue anticipada hace más de 50 años por
el arquitecto y tecnólogo norteamericano Lewis Mumford: no debemos pedirles a
las máquinas más de lo que realmente pueden darnos.
Eduardo Prieto es arquitecto
y filósofo, autor de La arquitectura de la ciudad global: redes, no lugares
y naturaleza
Fuente: www.elpais.com

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