11 de febrero 2014
Vicenç
Navarro
Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University
Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University
La evidencia de que la
aplicación de las políticas neoliberales conduce a un crecimiento de las
desigualdades y de la pobreza así como a un aumento del endeudamiento de la
población y el consiguiente aumento del sector bancario es enorme. Las
experiencias en Latinoamérica (donde estas políticas se llevaron a cabo con
toda intensidad a finales del siglo XX) y en la Unión Europea (donde se han
estado aplicando durante las dos últimas décadas) muestran claramente esta
realidad. Las desigualdades, tanto en Latinoamérica entonces como en la Unión Europea
ahora, crecieron enormemente, como también lo hizo la pobreza, así como el
sector financiero.
Mientras que mucho se
ha escrito sobre esta situación en la UE, poco se conoce de las consecuencias
del neoliberalismo en América Latina, lo cual es preocupante, pues mucho de lo
que está ocurriendo ahora en la UE ocurrió antes en Latinoamérica. Y de ahí la
especial relevancia de estudiar la experiencia latinoamericana. Una de estas
experiencias que merece especial atención es la respuesta de los partidos de centroizquierda
e izquierda al problema del aumento de la pobreza que ocurrió predominantemente
en el periodo neoliberal. Antes de expandir este tema, es importante hacer dos
observaciones. Una es que Latinoamérica es un continente muy distinto a Europa.
Y otra, que tanto Latinoamérica como Europa son continentes con una enorme
variedad de países, lo cual dificulta poder hablar de experiencias
latinoamericanas sin añadir inmediatamente los diferentes matices que existen
entre los distintos países que componen aquel continente.
El
caso de Latinoamérica
Dicho esto, permítanme
que hable de la situación social, enfatizando algunos elementos que aquellas
experiencias tienen en común. Y uno de ellos es el elevado nivel de las
desigualdades existentes en la gran mayoría de aquellos países, nivel que se
acentuó todavía más durante la época neoliberal, y ello como resultado de la
aplicación de políticas públicas neoliberales encaminadas precisamente a
aumentar las desigualdades y que crearon, como consecuencia, el enorme
crecimiento de la pobreza. Veamos los datos.
Mírese como se mire, y
escójase el indicador que se escoja, todos los indicadores señalan a
Latinoamérica como uno de los continentes con mayores desigualdades hoy en el
mundo. Y entre ellos, Brasil alcanza su máximo nivel. Su índice de Gini (el
indicador más común que se utiliza para medir la desigualdad) es uno de los más
altos del mundo, 0,529 en 2011. A mayor el número, mayor es el nivel de
desigualdades de un país (yendo de 0 a 1).
Decir que un país es muy
desigual nos permite ya predecir qué otros indicadores estarán presentes. Alta
desigualdad quiere decir gran concentración de la riqueza, lo cual quiere
decir gran influencia política de los más ricos sobre el Estado y la vida
política, lo cual quiere decir políticas fiscales muy poco progresivas y
muy regresivas, lo cual quiere decir unos ingresos al Estado muy pobres.
Esto es lo que pasa en España (incluyendo Catalunya), y en mucho mayor tamaño y
dimensiones es también lo que pasa en Brasil y en la mayoría de países de
América Latina. Los ingresos al Estado que derivan de la imposición directa (es
decir, de los impuestos sobre las rentas) representan solo el 19% de todos los
ingresos al Estado en Brasil, un porcentaje mucho menor que el que existe en el
promedio de los países de la OCDE por impuestos directos (33%). Esta es una de
las causas que los Estados sean tan pobres.
Los ingresos al
Estado, sin embargo, pueden incrementarse o disminuir sin que haya cambios
significativos en las políticas fiscales. Y ello como consecuencia del estado
de la economía. Por ejemplo, si la economía crece mucho, aumenta con ello el
consumo, y con ello los ingresos al Estado que se basan en el consumo, tal como
ocurrió en España en la época del boom inmobiliario. Y esto es lo que
también ocurrió en América Latina cuando hubo un boom resultado del
aumento de los precios de los productos que exportaban. En realidad, la
situación es incluso más acentuada en América Latina. En Brasil, por ejemplo,
los impuestos indirectos –impuestos sobre el consumo– representan el 49% de
todos los impuestos, un porcentaje mayor que el promedio de la OCDE, 34%.
Qué
hicieron los partidos de izquierda ante la pobreza
El fracaso de las
políticas neoliberales explica la sustitución de los partidos gobernantes que
impusieron tales políticas por partidos de centroizquierda e izquierda en la
gran mayoría de países de América Latina (a partir de los años noventa). Y los
datos muestran las consecuencias de este cambio. Según la CEPAL (Comisión
Económica para América Latina y el Caribe) el gasto público social pasó de ser
de $318 per cápita en 1990 a $819 en 2008 (en dólares constantes) en el
promedio de Latinoamérica. Y si miramos el gasto público social como porcentaje
de todo el gasto público, vemos que subió, durante el mismo periodo, de un 45%
a un 63%. Este es un indicador de la sensibilidad social de las izquierdas.
Ahora bien, lo que
también caracteriza las respuestas de las izquierdas al enorme crecimiento de
las desigualdades (resultado de las políticas neoliberales) ha sido el gran
predominio de los programas antipobreza en sus políticas públicas.
Programas que se basan en transferencias públicas a distintos grupos
poblacionales, sujetas a condiciones y exigencias a los beneficiarios según el
programa. En definitiva, son programas antipobreza orientados a disminuir la
pobreza, bien mediante la transferencia de fondos, bien ofreciendo crédito o
cheques a las familias (por lo general, gestionados por la madre o esposa de la
familia), garantizando un mínimo de rentas. En realidad, el gasto en estos
programas antipobreza como porcentaje del PIB creció mucho más rápidamente
(3,5% durante el periodo 1990-2008) que el que iba a los servicios públicos del
Estado del Bienestar tales como sanidad, educación, vivienda o saneamiento,
entre otros. Así, en sanidad creció solo un 1%, y en vivienda solo un 0,4%.
Resultado de ello, el gasto
público social antipobreza (programas de transferencia de dinero a las
poblaciones pobres) pasó a representar más del 50% de todo el incremento del
gasto público social entre 1990 y 2008. Esta situación llevó a ciertas
situaciones contradictorias (como bien señala Lena Lavinas en su excelente
artículo “21st Century Welfare” en New Left Review, Nov/Dic 2013, del
cual extraigo la mayoría de datos que presento en este artículo), tales como
que algunas transferencias públicas a las familias se hacen condicionadas a que
las familias envíen sus niños a las escuelas o centros de salud públicos
cuando, en realidad, no existen tales centros o escuelas en los lugares donde
residen estas familias.
¿Han
sido estos programas exitosos?
La respuesta a esta
pregunta no puede ser un simple sí o no. La pobreza ha disminuido en la mayoría
de estos países. Ahora bien, lo que parece evidente -a partir de la evidencia
existente- es que, excepto en el caso de la pobreza extrema, en la pobreza en
general su impacto reductivo ha sido limitado. Otros factores han jugado un
papel mucho mayor en esta reducción de la pobreza. En uno de los estudios más
detallados y rigurosos sobre las causas de la disminución de la pobreza en
Brasil, llevado a cabo por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística
IBGE (citado por Lavinas), se documenta que las principales causas del descenso
de la pobreza en Brasil desde 2001, han sido (1) el crecimiento del empleo y de
los salarios como consecuencia del aumento del crecimiento económico, (2) el
aumento del salario mínimo, que se incrementó un 94% en el periodo 2001-2012, y
muy en tercer lugar (3) los programas antipobreza. El mayor impacto de este
último tipo de programas ha sido entre la pobreza extrema, pero entre la
pobreza en general ha sido muy limitado.
Por otra parte, la
prioridad dada a los programas de transferencias públicas para reducir la
pobreza se hizo en varios países a costa de mantener (e incluso acentuar) la
pobreza de los servicios públicos del Estado del Bienestar, tales como sanidad
y educación. Así, en Brasil el gasto público sanitario (de los más bajos en
América Latina) pasó de representar un 13% de todo el gasto público en 2001 a
un 11% en 2010 (el gasto público sanitario del gobierno federal representa solo
un 0,8% del PIB). Lavinas critica que mientras el consumo de móviles,
ordenadores y lavadoras ha crecido exponencialmente, el acceso de la población al
agua potable o a servicios de saneamiento apenas ha mejorado. Una consecuencia
de este empobrecimiento de los servicios públicos ha sido el notable aumento de
los servicios privados, con un crecimiento muy notable de los seguros
sanitarios privados y un aumento del crédito para financiarlos (con el
consiguiente aumento del sector financiero).
La escasa prioridad
dada por los partidos de izquierda a las políticas públicas redistributivas y a
las reformas fiscales que permitan, además de unos mayores ingresos al Estado,
conseguir mayores efectos redistributivos, ha imposibilitado el establecimiento
de programas universales, es decir, servicios públicos de sanidad y educación
públicas, por ejemplo, para toda la ciudadanía. Estos programas, junto
con programas de creación de empleo y altos salarios, tienen mayor aprobación
popular, mayor impacto reductor de la pobreza y mayor impacto redistributivo
que programas de apoyo a sectores vulnerables a través de programas de
transferencia de dinero a los pobres, tal como hemos demostrado Walter Korpi,
Joakim Palme y Vicenç Navarro, entre otros. Estos últimos tienen un impacto
menor en reducir la pobreza y en disminuir las desigualdades. La evidencia de
ello en Latinoamérica y en Europa es robusta y convincente.
Mientras
que la pobreza extrema ha disminuido, las desigualdades permanecen muy elevadas
y los servicios públicos permanecen subfinanciados. Los países que tienen menos
pobreza, como los países nórdicos de Europa, han alcanzado este resultado a
través de los primeros, y no a través de los segundos tipos de intervenciones.
El enorme crecimiento de las desigualdades y de la pobreza en España
(incluyendo Catalunya) no se resolverá mediante transferencia de fondos a las
poblaciones pobres para mantener un nivel (generalmente muy mínimo) de renta,
sino a través de políticas macroeconómicas de creación de empleo y subida de
salarios (con un aumento considerable del salario mínimo, entre otras
intervenciones) y políticas sociales de carácter universal, con corrección del
enorme déficit social que existe en España (incluyendo Catalunya).
Fuente: www.publico.es

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