14 de febrero de 2014
Permitidme —en lo que haya de egolatría
me acojo a vuestra benevolente dispensa— que dibuje una estampa por la cual se
vea cómo me puse, por primera vez, en relación con las luchas sociales.
Pertenecía yo en Oviedo a una familia de clase media que, por desventuras que
no son del caso, se vio lanzada hasta la Bilbao que por entonces empezaba a
transformarse en gran urbe. Llegué a Bilbao en enero de 1891. Aún recuerdo —y
lo he evocado antes de ahora— el dolor que me produjeron los arcos voltaicos de
la luz eléctrica hasta entonces desconocida para mí. Mis ojos enfermos repelían
aquella intensísima luminosidad.
El capitalismo vizcaíno se contentaba
con convertir en el oro de las libras esterlinas el hierro de las montañas de
Vizcaya, logrando fabulosas ganancias. La huelga se hizo contra los capataces y
contratistas que, amparados por los propietarios de las minas, concluían de
esquilmar a los obreros. Os pido atención a este detalle, porque el «leitmotif»
de mi disertación lo va a constituir, si la palabra se acomoda al pensamiento,
al realce no para alabanza, sino para reconocimiento de su indestructible
existencia, del egoísmo humano, factor que no deberá ser olvidado en todas las
aspiraciones sociales. La familia, con restos, que todavía no
eran harapos, de sus vestimentas de clase media, fue a radicar al barrio más
intensamente obrero de la villa. Alguna vez contaré lo que son las entrañas de
un barrio obrero en una urbe industrial en formación. El 31 de mayo de 1891,
cumplidos recientemente mis ocho años —recuerdo la jornada en todos sus
detalles—, después de desfilar la cabalgata cascabelera del circo con la banda
de música, los «clowns», los gimnastas, las «ecuyéres» y, presidiendo el
cortejo, el aeronauta, que era entonces ídolo de las multitudes, a poco de
apagarse los ecos de la música jubilosa, estalló en el barrio la tragedia.
Celebrábase en el Teatro Romea, después Casa del Pueblo, un mitin con motivo de
un pequeño paro de panaderos.Todavía Bilbao permanecía agitada por la gran
huelga de 1890, huelga de mineros,la primera gran huelga en España, la huelga
que resolvió justicieramente con un bando el entonces capitán general de las
Provincias Vascongadas, general Loma, marqués de Oria, suprimiendo militarmente
los barracones y las cantinas obligatorios, zahúrdas miserables donde los
obreros de las minas se veían forzados a albergarse, y sucias cantinas donde
se les sometía a una alimentación antihigiénica, pues hacia los Montes de
Triano iban los garbanzos con gorgojo, el tocino agusanado y las alubias
podridas. ¡Ah!, pero este es un detalle que formará parte de la urdimbre de mi
oración. Aquella huelga de 1890 no había sido declarada contra la gran
burguesía, contra el capitalismo.
La huelga fue contra obreros que
explotaban a sus camaradas. Explotaciones, también inhumanas, en la urbe que
crecía, y cuya población aumentada con ritmo más acelerado que el de la
construcción, corrían en aquel centro de miseria, a cargo de obreros que
explotaban a otros obreros al subarrendarles habitaciones, logrando cantidades
superiores a las que pagaban al propietario del inmueble. Entre mis oyentes
hay un número considerable de trabajadores del campo, los cuales saben mejor
que yo hasta dónde la usura, la insolidaridad, el afán inicuo de explotación
prenden también en campesinos para estrujar a cama-radas mediante los
subarriendos agrícolas. No es la burguesía —desechemos tan extraordinaria
simpleza— el único obstáculo al bienestar.
El obstáculo considerable es el egoísmo
humano, que anida en todos los pechos, incluso en el de los humildes, que dejan
de serlo cuando las circunstancias les hacen subir en la vida un peldaño más;
en todos. Sobre la indestructibilidad de ese sentimiento he de basarme yo para
disertar ante vosotros. El mundo está compuesto de hombres, no de santos.
Además, la mayor parte de los santos fueron antes pecadores, acogiéndose muchos
al ascetismo, para ganar la canonización, cuando se les derrumbaron las
energías físicas, derrumbe que suele llevar consigo grandes desfallecimientos
espirituales. Antes fueron hombres como los demás. por tanto, serán ilusos los
propagandistas y dementes los gobernantes, que, al pretender la transformación
de la sociedad, olviden que ésta se compone de hombres y que la mayoría de los
hombres no saben arrancarse voluntariamente del pecho el egoísmo.
Indalecio Prieto
"Confesiones y rectificaciones"
Discurso en el Círculo Pablo Iglesias de México. 1 de mayo Je 1942
Por María Torres

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