Publicado en 2014/02/16
“Con
Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la
monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía
democrática; nadie ha acabado con ella, ha muerto por sí misma; nadie trae la
República, la traen todas las circunstancias, la trae la conjuración de la
sociedad, de la naturaleza y de la historia. Saludémosla como el sol que se
levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra patria.” Emilio
Castelar. Diario de Sesiones, 12-II-1873
“La Asamblea nacional reasume todos los poderes y declara como forma de gobierno de la nación la República, dejando a las Cortes constituyentes la organización de esta forma de gobierno.” Proposición firmada por Pí y Margall, Nicolás Salmerón, Francisco Salmerón, Figueras, Molina y Fernández de las Cuevas
DISCURSO
pronunciado por el Sr. Pí y Margall en el banquete celebrado en el Café
de Oriente en conmemoración del décimo octavo aniversario de la proclamación de
la República
Queridos correligionarios: No basta que
conmemoremos la República de 1873; es preciso que nos sirva de lección y
enseñanza. Si incurriéramos mañana en los mismos errores que entonces,
recogeríamos los mismos frutos: la República pasaría otra vez sobre la nación
como una tempestad de verano. Recordemos, recordemos aquellos días.
El
día 11 de Febrero de 1873 ocurrieron en España gravísimos acontecimientos. Un
rey, dos años antes elegido por las Cortes, reconociéndose impotente para
resistir al oleaje de los partidos, abdicó por sí y por sus hijos. Reuniéronse
en una sola Asamblea el Congreso y el Senado, admitieron la renuncia del rey,
le despidieron cortésmente y proclamaron la República.
¿Vino la República
oportunamente? No; vino a deshora. Habría venido
oportunamente si la hubiesen establecido las Cortes de 1869; vino cuando,
fatigada la nación por cinco años de luchas, estaba más sedienta de reposo que
de nuevos ensayos; vino cuando ardía la guerra civil en el Norte de
España y en la isla de Cuba; vino cuando estaba exhausto el Tesoro, tan
exhausto, que los radicales habían debido ya suspender el pago regular de los
intereses de la deuda. El Gobierno de la naciente República no pudo cumplir las
promesas que en la, oposición había hecho: no pudo ni reducir el ejército, ni
abolir las quintas, ni disminuir los gastos que iba agravando la guerra. Esto,
por de pronto, acredita que no son siempre beneficiosos los cambios ni aun para
los que más los anhelan.
Para colmo de mal, el primer gobierno que se creó
se componía de federales y de progresistas, de progresistas que eran
ayer ministros del rey y hoy ministros de la República. Podrán ser
buenas las coaliciones para destruir; para construir, conozco por propia
experiencia, que son detestables. Perdíamos el tiempo en cuestiones frívolas,
pasábamos a veces horas discutiendo si a tal o cual provincia habíamos de
mandar un gobernador federal o un gobernador progresista. Esto, por lo menos,
prueba que no son siempre buenas ni aceptables las coaliciones.
Los progresistas obraron con nosotros de mala fe. Trece
días después de proclamada la República promovían una crisis en el seno del
Gabinete. Fundábanla en que el Gobierno, por la heterogeneidad de sus
elementos, no podía obrar con la rapidez que las circunstancias exigían y en
que nosotros no habíamos determinado los límites de nuestro federalismo. En
vano les decíamos que, no a nosotros, sino a las futuras Cortes Constituyentes
correspondía marcarlos; insistían en llevar la crisis a las Cortes, diciendo
hipócritamente que no podía menos de resolvérsela en nuestro favor puesto que
era racional y lógico que rigieran la República los republicanos.
Tan hipócritamente hablaban, que al otro día
encontramos invadido el ministerio de la Gobernación por cuatrocientos guardias
civiles, el palacio del Congreso ocupado por uno o dos batallones de línea, las
cancelas del vestíbulo guardadas por centinelas con la bayoneta en la boca de
los fusiles. Por la noche, calladamente, habían nombrado a
Moriones general en jefe de Castilla y destituido a los coroneles en que
creyeron ver un obstáculo para sus inicuos planes. Hiciéronlo todo de acuerdo
con el Presidente de la Asamblea, que se creyó revestido de una autoridad
superior a la del Gobierno.
Vencimos, pero vencimos, gracias por una parte, a
su cobardía, gracias por otra al vigor de los ministros federales, a la actitud
del pueblo de Madrid, a la lealtad de Córdoba, que no dejó de estar nunca a
nuestro lado. Constituyóse aquel día un Gobierno casi homogéneo; pero el mal
estaba hecho. Se soliviantaron las pasiones populares y hubo en ciudades de
importancia conatos de rebelión que no pudo reprimir el Gobierno sin gastar
parte de sus fuerzas. Despechados los progresistas, se aliaron por otro lado
con los conservadores y se fueron el 23 de Abril a la plaza de Toros con toda
la milicia de la monarquía. Aquel complot era algo más serio que el anterior,
ya que en él estaba comprometida gran parte del ejército, y generales corno
Balmaseda y el duque de la Torre.
Vencimos también, disolvimos la Comisión permanente
de la Asamblea y convocamos apresuradamente nuevas Cortes creyendo encontrar en
ellas el medio de salvar y consolidar la República. Nos enseñaron y os
enseñan hoy todas estas deslealtades cuán poco hay que fiar de los que se
adhieren hoy a las instituciones que ayer combatían.
En las Cortes no hallamos, desgraciadamente, lo que
esperábamos. Culpa fue, en parte, del Gobierno, que, después de haber dirigido a
las Cortes un mensaje en que daba razón de su conducta, dimitió sin esperar a
que se aprobasen o desaprobasen sus actos y se negaron sus más importantes
hombres a formar parte del nuevo Poder Ejecutivo. Aquellos hombres servían de
freno a la ambición de sus correligionarios; caídos, faltó el freno y las
ambiciones se desataron con inaudita furia.
Hubo un mal mayor, y en él debéis fijaros
particularmente a fin de que conozcáis el daño que produce en los partidos la
discordia. Antes de la proclamación de la República
estábamos divididos los federales en dos bandos: los benévolos y los
intransigentes: los que creíamos que el curso natural de los sucesos nos
llevaba a la República, y los que para conseguirla más pronto querían forzar la
marcha de los acontecimientos. Después de proclamada la República, aquella
división carecía de motivo. Los dos bandos reaparecieron, sin embargo, en las
Cortes y se hicieron la más cruda guerra. Sin que los separara cuestión alguna de
principios, discutían acaloradamente, y se combatían como si fuesen los más
encarnizados enemigos, esta obcecación y aquel error del Gobierno fueron causas
que trajeron de continuo perturbada la Asamblea e hicieron inestable y movediza
la suerte de los Gobiernos. Aprended lo que son las discordias que en la
oposición se engendran. Se fueron acalorando las pasiones, se llegó a creer que
los ministros retardaban de intento la constitución federal del país, y surgió
el cantonalismo, otra guerra civil sobre la de D. Carlos y la de Cuba. Por
la reacción que a toda acción sucede, cayó entonces el Gobierno en otro error
más grave: entregó a generales enemigos las fuerzas de la República. Se
buscó a los ordenancistas, a los que no habían sido amigos de sublevaciones ni
de pronunciamientos, considerando que habían de ser escudo de la legalidad y no
volver nunca sus armas contra las instituciones. ¡Ay! Cuando ocurrió el fatal
golpe del 3 de Enero, todos aquellos generales se apresuraron a poner su espada
al servicio de los dictadores.
Nuestra caída después del golpe del 3 de Enero no
pudo ser más honda. No sólo perdimos el poder y la influencia ganada en muchos
años; hombres importantes del partido se separaron de nosotros renegando de las
ideas federales que con tanto ardor habían defendido en la prensa, en la
tribuna, en el seno de las grandes muchedumbres. Vinieron en cambio a decidirse
por la República los progresistas, que no quisieron seguir á Sagasta por el
camino de la restauración borbónica; pero, no por nuestra República, si no por
esa república unitaria que, como tantas veces os he dicho, no es más que una de
las fases de la monarquía. Ganó la República en número, no en fuerzas, que no
las da la división en dos distintos campos. Parecía natural que por lo menos
progresistas y posibilistas formaran un solo partido. En los principios
fundamentales, y aun en los procedimientos para después del triunfo, ambos
coincidían. No sucedió así; constituyeron dos partidos, porque los unos querían
llegar por la evolución y otros por la revolución a la República.
Los federales también nos dividimos. Nosotros
sosteníamos y seguimos sosteniendo que no hay federación donde no se afirma la
unidad de la nación por el libre consentimiento de las regiones y la unidad de
las regiones por la libre voluntad de los municipios, y otros consideraron
hasta sacrílego suponer que necesitase de afirmación una nacionalidad que dicen
obra de los siglos. Esta división es posible que sea mucho más profunda: no
hemos podido arrancar nunca de nuestros adversarios si entienden que de la
nación emanan todos los poderes, incluso los regionales y los municipales, o si
creen, como nosotros, que las regiones y los municipios son por derecho propio
tan autónomas como la nación misma, y de ellos emanan, por lo tanto, sus
poderes.
Recientemente, por causas que no creo de necesidad
recordaros, han venido aproximándose a nosotros hombres importantes del partido
progresista, tal vez los de mayor importancia. Apellídanse federales, y
proclaman con nosotros la autonomía de los municipios y de las regiones, han
constituido estos hombres la agrupación centralista, y por de pronto han tenido
la fortuna de concentrar y reunir fuerzas desparramadas que, lejos de dar
vigor, debilitaban a los partidos de la República. ¿Habría sido en nosotros
prudente alejarlos ni mirarlos con desvío? ¿No teníamos, por lo contrario, el
deber de ofrecerles nuestra amistad, y aun de procurar que más o menos tarde
llegáramos a
fundirnos en un solo cuerpo? Yo estuve
siempre por la formación de grandes partidos, primeramente por la fuerza que
consigo llevan, luego porque imposibilitan el desarrollo de desatentadas y
locas ambiciones y dan a cada cual el puesto que le corresponde según sus
virtudes y sus talentos.
Yo, advertidlo bien, no he de
consentir jamás la abdicación de ninguno de los principios que constituyen
nuestro dogma. Si entre los centralistas y nosotros los principios son o llegan
a ser idénticos, tendré á gran fortuna que ellos y nosotros constituyéramos un
solo partido; si algo nos separa, y es más lo que nos une, celebraré todavía
estar con ellos en cordial inteligencia. La autonomía política, administrativa
y económica de los municipios y las regiones, ¿no sería acaso vínculo
suficiente para que estuviéramos cordialmente unidos?
Inteligencia la quiero yo
también con los demás partidos republicanos. Discutamos todos de buena fe
nuestras respectivas ideas, busquemos las razones que les sirvan de fundamento,
veamos por serios debates si podemos llegar a común convicción, ya que no en
todos, en los más de nuestros principios. ¿Perderemos algo en estas
discusiones? Del choque de contrarias ideas brota la luz para los
entendimientos.
No se trata ya de discutir en la
prensa ni en la tribuna, sino en los campos de batalla, dicen algunos
republicanos. Cansado estoy de repetir que no creo que por las vías
legales pueda llegarse a la República. Por el Parlamento no se llega
aquí ni siquiera a un mal cambio de Gabinete. No hay posibilidad de llegar por
estos caminos a mudanza alguna, ínterin los gobiernos, para conseguir el
triunfo de sus candidatos, no vacilen en recurrir a la coacción y la violencia.
¿Quiere decir esto que hayamos de fiar a la sola fuerza de las armas el triunfo
de la República? Si así es, ¿por qué escribimos periódicos? ¿Por qué celebramos
reuniones públicas? ¿Por qué nos asociarnos públicamente y no vacilamos en
hablar bajo el receloso oído de los delegados del Gobierno? ¿Por qué hemos
acudido hoy a las urnas v acudían antes los correligionarios de muchas ciudades
para conseguir cargos concejiles y diputaciones de provincia? Si de la sola
fuerza debemos esperar el poder, están vetados para nosotros todos estos medios
de propaganda.
Si somos verdaderos
revolucionarios, no debernos alardear de tales ni en casinos, ni en clubs, ni
en lugares públicos. Debemos preparar las revoluciones en lugares donde no nos
oigan ni nos vean nuestros enemigos. ¿Qué significa estar constantemente con la
revolución en los labios y no en las manos? ¿Qué significa amenazar siempre
para no dar nunca, prometer lo que no se ha de cumplir, fascinar al pueblo con
ilusiones que ha de ver mañana desvanecidas? ¿Es esto de hombres serios?, ¿es
de hombres dignos?
Las revoluciones, las verdaderas
revoluciones, las trae, más que la voluntad de los hombres, el curso de los
acontecimientos. Lucharon los progresistas del año 1843 al 1854 y nunca
vencieron. ¿Quién vino a facilitarles el triunfo? Uno de sus capitales
enemigos, el general O’Donnell. Lucharon del año 56 al 68, y siempre fueron
vencidos. ¿Quién les facilitó la victoria? Topete, que había sido ministro de
Narváez; Serrano, que ya el año 44 los había abandonado. Y cuenta que del 1843
al 1854 habían tenido a su frente los progresistas un general como Espartero,
que había forzado el puente de Luchana y puesto fin a una guerra en los campos
de Vergara, y del 56 al 58 un general como Prim, que ejercía grande influencia
en el ejército por sus legendarias proezas en las costas de África.
Pueden venir acontecimientos como
los del año 54 y el año 68, y para cuando lleguen bueno es que viváis
apercibidos; mas es impropio de hombres hacer en todo tiempo y sazón alarde de
revolucionarios. Los que tal hacen me producen el efecto de esas mujeres perdidas
que hablan constantemente de una honradez que no tienen.
Tened fe en las ideas,
propagadlas y difundidlas hasta que constituyan el ambiente que respiramos los
españoles. Os hablan de que la propaganda está hecha. Ved lo que ha sucedido en
las elecciones. Hemos triunfado en las ciudades populosas, cuando no material,
moralmente. Los que nos han perdido son esos pueblos rurales a que no
ha llegado aún la voz de nuestros correligionarios, pueblos tan ignorantes como
débiles, que doblan sumisos la cabeza a los caciques y a los agentes del
Gobierno. Ya saben lo que han hecho los que los han adscrito a las
ciudades y a los grandes centros fabriles: por sus votos, dados o malamente
repartidos, han contrarrestado los de las ciudades.
Propagad las ideas, difundidlas
y, si verdaderamente deseáis el triunfo de la República, sed disciplinados, no
promováis nunca entre vosotros la discordia. Dirigid vuestros ataques a los
enemigos, no a los amigos ni a los que estén en las lindes de vuestro campo.
Para todo fin inmediato y concreto no vaciléis en aceptar o buscar el apoyo de
los demás republicanos. Huid sólo de las coaliciones permanentes.
Las coaliciones permanentes, os
lo he dicho repetidas veces, no sirven sino para enervar a los partidos que las
forman. ¿Lo dudáis? Ved lo que ha sido esa que llamaron coalición de la prensa
y tomó después el pomposo nombre de Asamblea nacional republicana. Os prometió
que os traería pronto la República: ¿os la ha traído? Decía que se bastaba sola
para vencer a nuestros enemigos: ¿los ha vencido? Observad ahora la conducta de
los pocos federales que con ella fueron: ¿han roto lanzas como antes por la
federación que nosotros defendemos? ¿Los habéis visto en vuestros meetings
salir a la defensa de nuestros principios? ¿Publican en sus periódicos nuestros
discursos ni nuestros acuerdos? ¡Oh, no! Toda su labor consiste en manchar de
lodo la frente de los federales.
Ya los habéis visto en las
últimas elecciones. Ellos, que se llamaban coalicionistas por excelencia,
fueron los únicos que se negaron a coligarse con nosotros para batir a la
monarquía en su propia corte. Huid, sí; huid de esas vergonzosas coaliciones.
Coaligaos para hacer algo que las circunstancias demanden, no para convertir la
coalición en una sociedad de aplausos mutuos.
Conseguido el fin de la
coalición, la coalición debe deshacerse a fin de que cada partido recobre la
libertad de que necesita para la defensa de sus particulares principios. La
hicimos para las elecciones: con las elecciones ha concluido. Trabajemos ahora
todos con fe y con decisión por nuestras doctrinas, y llegaremos al deseado
triunfo de la República. La monarquía tiene extenuadas sus fuerzas: no puede
salir de Cánovas y de Sagasta. Cuando quiere constituir un ministerio como el
de Martínez Campos o el de Posada Herrera, tiene ministerio por tres meses;
sólo con Cánovas o con Sagasta lo tiene por años.
No es impacientéis: como tengáis prudencia y decisión, llegaréis a la suspirada meta.
No es impacientéis: como tengáis prudencia y decisión, llegaréis a la suspirada meta.
Francisco Pi y Margall
El Nuevo Régimen (semanario federal)
Madrid, 11 de Febrero de 1891
El Nuevo Régimen (semanario federal)
Madrid, 11 de Febrero de 1891

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