"Con el "we can" español se trata
embridar de nuevo al 15M, de encauzar el recalentamiento social que tan
peligroso resulta para la institucionalidad"
Martes, 11 de febrero de 2014
Por Ángeles Díez (*)
Nunca antes una candidatura electoral tuvo que ser tan
justificada. Nunca un candidato tuvo que explicar tanto por qué se presentaba a
las elecciones, ni tuvo ningún nominado a candidato que convencer a sus
posibles electores de que se autoproclamaba candidato aunque en realidad eran
los electores quienes, aun sin saberlo, le proclamaban candidato. Nunca un
aspirante a representante tuvo tantas veces que decir que no aspiraba a
representar a quienes se negaban a ser representados aunque en el fondo sí
representaba lo que ellos proclamaban. Ni tuvo que decir tantas veces que su
propuesta era de unidad y participación. Ni hubo candidato a las elecciones
europeas que “desde
abajo y desde la izquierda” tuviera
tanto apoyo desde arriba y desde la derecha, desde los medios masivos y desde
los medios alternativos.
El “we can” español ha tambaleado de nuevo la
convulsa vida social volviendo a colocar en el terreno de la contabilidad
política el conflicto social. Este desenfoque, este tratar deembridar de nuevo al 15M, es decir, tratar de encauzar el recalentamiento social que tan peligroso resulta para la
institucionalidad se intentó ya en los primeros momentos del estallido social
que significó el 15M. Mayo del 2011 fue la peligrosa eclosión de la doble
crisis que vive este país: la económica y la del sistema político. La primera,
común al resto de Europa,
no supone mayor peligro para el poder que la implementación de un nuevo ciclo
de acumulación corrigiendo los desmanes – según las instancias económicas - del
capital financiero, el reto está en conseguir la aceptación social combinando
la represión y el control ideológico. Pero si el sistema político entra en
crisis y si resulta incapaz de controlar el conflicto, entonces, empiezan a
sonar las alarmas. Son esas mismas alarmas que empezaron a sonar a mediados
de los años 70 cuando el modelo económico español
daba muestras de agotamiento, la muerte del dictador y el conflicto social
suponían un cierto peligro para la continuidad del régimen capitalista. Peligro
cierto o mera posibilidad el capital no escatimó medidas preventivas.
Ahora, como
entonces, el presente sólo puede leerse desde el pasado. Dice Bensaïd “quien no tiene
memoria ni de derrotas ni de victorias pasadas tampoco tiene demasiado futuro.
El puro “presente del grito” no construye una política” [1] Como entonces,
este presente de continuos estallidos, de calmas tensas, de búsquedas de
referentes, no constituye en sí mismo una
propuesta política (de
poder), ni es en sí mismo un
proceso revolucionario, aunque lleve en su seno gérmenes revolucionarios y
apunte a crear las condiciones subjetivas para la ruptura revolucionaria. Los
gritos de estos últimos años (Prestige, No a la guerra, 15M, Stop
desahucios, escraches, mareas verde, blanca, los mineros, las huelgas
sectoriales, Gamonal) expresan resistencias con una potencialidad
revolucionaria que no se está dando en ninguno de los países europeos, ni
siquiera en los del sur –Grecia, Portugal, Italia- afectados en igual o mayor grado por
el saqueo económico pero quizás menos marcados por la deslegitimación del
sistema político. El 15M ha significado y significa la convergencia
de las potencialidades presentes, la posibilidad de construcción de un
sujeto político transformador, de ruptura
con la institucionalidad del régimen, de
momento sólo una posibilidad.
A mediados de los años setenta España vivió una encrucijada
parecida. Entonces se planteó
el dilema: ruptura o
reforma. Del lado de la ruptura, consciente o inconscientemente, los
jornaleros, los obreros explotados, los parados, los jóvenes sin futuro, la
memoria de las víctimas del franquismo, los fusilados de las cunetas, los
represaliados políticos… Del lado de la reforma, la clase política emergente,
los nostálgicos resignados, las clases medias amenazadas, los obreros
acomodados, los aspirantes a europeos, los intelectuales miedosos…Del lado de
la ruptura, la memoria.
Del lado de la reforma, el
olvido.
Nuestra guerra civil fue un momento de excepcionalidad
donde la explotación, la miseria, el hambre, pero también la conciencia de otro
mundo posible construyeron el poder popular que se enfrentó al fascismo –el de
dentro y el de fuera. No se fracasó, se sufrió la primera derrota del siglo XX, nuestra segunda derrota fue la
Transición. A finales de los años 70, el miedo del poder a una posibilidad
revolucionaria decantó el proceso hacia la reforma que llamaron la Transición
española. Un producto que posteriormente tendría un alto valor de
exportación. Todos los poderes, constituidos y constituyentes, se articularon
en una estrategia común para conjurar la ruptura.
También entonces el conflicto
social se daba en todos los ámbitos, en los centros de trabajo, en los barrios,
en el campo, en la educación. La institucionalidad política, lastrada por el
aparato franquista, se mostraba incapaz de reconducir el proceso. De ahí que,
desde fuera y desde dentro, hubiera que favorecer y alimentar una “tercera
vía”: un líder, una consigna vacía y un consenso. El régimen se travestiría, el miedo de los intelectuales –siempre con un pie en el estribo- los
convertiría en bisagras de la reforma, las promesas europeistas alimentarían
las esperanzas de bienestar, y la democratización del consumo sedaría los
cuerpos y las mentes. Así se fraguó, desde el poder el centro de la UCD, luego el cambio del PSOE, después la democracia de todos los
partidos.
En la coyuntura actual, tomando
cierta distancia respecto de la retórica mediática. La propuesta de la plataforma Podemos no se
diferencia gran cosa de la
propuesta normalizadora que significó la Transición
española. La diferencia más significativa es que las elecciones se han
convertido en el instrumento normalizador, en el cauce adecuado para
restaurar el orden, igualmente adecuado para una derecha sin legitimidad
suficiente y para una izquierda aún asustada por la guerra civil. Ilustración
de esta situación es la valoración tan positiva de la policía, según el
barómetro del CIS (Centro de Investigaciones
Sociológicas), justo cuando aumenta la represión.
Desde el 2011 cuando el 15M visibiliza el resquebrajamiento de
la legitimidad del sistema político (“lo llaman democracia y no lo es”, “no nos representan”) el
régimen baraja distintas opciones de continuidad: a) la restauración autoritaria
(aumento de la represión y el control social, silenciamiento de las protestas,
estabilización del sistema económico, amedrentamiento de las clases medias,
reforzamiento de la ultraderecha), b) un gran
pacto de salvación nacional (acuerdos
entre la clase política para garantizar la estabilidad económica)c) canalización y normalización de la
protesta.
Los dos primeros escenarios
no están teniendo ni los apoyos ni la fuerza suficiente, el primero encuentra
rechazo en Europa, demasiado riesgo para la economía, el segundo carece de base
social, el tercero está por testarse, todo dependerá del acierto en la elección
de los personajes a promover, de la potencia de las consignas y de la
fabricación del consenso necesario. Objetivamente, el “we can” español se inscribe en este tercer
escenario. Evidentemente, nada de lo que aquí planteo es el resultado de
ninguna conspiración, se trata sólo del resultado no intencional de acciones
que sí son intencionales. Es la propia coyuntura la que favorece, la que genera
la oportunidad, para el lanzamiento de una figura mediática que viabilice una
opción consensuada. Se trata de una coyuntura distinta a la del 2009 cuando Izquierda
Anticapitalista, escindida de Izquierda Unida (IU), no contaba con ninguna figura
capaz de arrastrar el voto de la izquierda social que perdía IU; ahora parece haberla encontrado.
Medios de comunicación, liderazgo e
institucionalización son las tres patas que tratan de estabilizar la “democracia” española, o lo que es igual, de
legitimar el golpe autoritario que necesita la economía. Si el conflicto social no hace
viable la relegitimación de los partidos políticos la opción más razonable –desde la
perspectiva del poder- será la
relegitimación del sistema por la vía electoral. Frente a la acumulación de poder que
representa Gamonal, frente
a la reapropiación de lo político o frente al conflicto transformador, la vía
electoral de Podemos sería la opción más viable para la
continuidad del régimen.
Un proceso revolucionario
es una potencialidad que aspira a convertirse en probabilidad. En el
camino se entreveran momentos de calma con estallidos sociales y ambos tributan
al proceso de acumulación de poder. Pero
también en estos momentos las fuerzas conservadoras hacen su trabajo. Desde el punto de vista del
análisis político este me parece que es el momento que vivimos.
Mi abuela que era campesina, religiosa y
de Valladolid decía que “de buenas intenciones está
empedrado el camino del infierno”.
Ángeles Díez Rodríguez, autora de este artículo, es profesora del Departamento de
Sociología de la Universidad
Complutense de Madrid. Díez Rodríguez ha impartido o participado en
cursos relacionados con temas de su especialidad en no pocas universidades,
tanto españolas como internacionales. Asimismo es autora de numerosos
libros y publicaciones tales como: "La
Tortura como procedimiento: de la cárcel de Abu Graib a la base naval de
Guantánamo", "Manipulación
y medios en la sociedad de la información"; "La última carga... y las
guerras de aniquilación"; "Nuevas
organizaciones sociales al final del milenio"; "¿Existen movimientos
sociales?"
Fuente: http://canarias-semanal.org/

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