La historia ejemplar de una vida desdichada
Jueves, 13 de febrero de 2014
Por Elvira Huelbes
Esta
es la historia ejemplar de una vida desdichada. La de una mujer de clase alta
irlandesa, Violet Gibson, que atentó contra la vida de Benito
Mussolini, en 1926, por razones que ella se llevó consigo a la tumba. Un
ser que pasó sus años juveniles entre notables y bailes aristocráticos, para
morir, abandonada, en un manicomio de aires victorianos, Saint Andrew,
Northampton, con las peores referencias.
La autora y minuciosa es la
historiadora y periodista Frances Stonor Saunders, que se ha tomado la
tarea de desenterrar a este personaje insólito como una manera de honrar su
memoria y denunciar la lamentable injusticia que sufrió y que arruinó su vida.
A ciencia
cierta, nadie sabe por qué una mañana luminosa de abril de 1926, la honorable Gibson,
que se encontraba disfrutando de una temporada en Roma, abriéndose paso
entre la multitud, dispara a pocos metros del Duce su revolver Lebel,
agujereando apenas la nariz del mostrenco, con tan mala fortuna que se
encasquilló el trastito impidiendo a Violet terminar su misión con éxito.
Además salió de milagro viva del linchamiento que la jauría humana enfebrecida
intentó inmediatamente después.
La propia
heroína lo había dicho a uno de sus médicos en el frenopático: “Decir o no
decir la verdad no es importante. Lo importante es no decir lo que no se puede
decir. Hay ciertos secretos que una nunca puede revelar”. (Pág. 235)
Violet Gibson era una mujer
físicamente endeble –medía algo más de metro y medio y pesaba alrededor de 40
kilos- pero anímicamente fortalecida por sus convicciones morales, políticas y
religiosas. Militó entre sufragistas, pacifistas y socialistas, y se propuso
combatir el fascismo en un tiempo en que hasta el mismo Winston Churchill tenía
buenas palabras para Mussolini; igual que el rey Jorge V y las
clases dominantes británicas en general. Esta
simpatía se hacía extensiva al mismo
Hitler. Pero, a lo que íbamos.
Saunders
cuenta la historia contextualizando muy bien los asuntos y las personas
implicadas en ellos, salpicando oportunamente el relato con nombres y citas de
escritores como Virginia Woolf,James Joyce, Ezra Pound, Robert Musil,
que lo ilustran y enriquecen. Su trabajo minucioso de investigación desvela
sorpresas hasta en las biografías más estereotipadas y conocidas, como la del
propio Mussolini.
Pero la creación
del personaje de Violet, para cuyos rasgos la autora ha tenido que
indagar en archivos en los que esos papeles estaban olvidados, reconstruyendo
sus pasos y sus pensamientos, es la parte del león de este libro, me parece. Se
detecta la simpatía que despierta esta figura debilucha y empecinada en su
misión, como una Juana de Arco decidida a cumplir lo que ella cree la voluntad
de Dios, sin considerar el peligro para sí misma.
Después del
atentado, la irlandesa queda un tiempo largo vigilada por las autoridades
italianas que estudian el caso antes de decidir si la enjuician o la consideran
trastornada y la deportan a su país. Junto al de ella, otros dos atentados al Duce
se saldan con sendas cadenas perpetuas para sus autores y uno más, cuando
Violet ya estaba detenida, acabó con el linchamiento del joven de quince
años que lo intentó.
Por fin, Violet
es trasladada a Gran Bretaña, por su propia familia que la mantiene
engañada con la falsa promesa de la libertad, cuando en realidad, su futuro, el
más negro imaginable, estaba escrito en el sanatorio de los horrores en el que
también acabó sus días Lucía Joyce, la hija del autor del Ulyses. Ambas
murieron treinta años después de un ingreso. Ambas están enterradas, de
cualquier manera, a pocos metros de distancia en el cementerio de Kingsthorpe,
“una lúgubre extensión de llanuras que se topaban contra una ruidosa travesía
de Northampton”. (Pág. 363)
Saunders desvela
que el mismo psiquiatra que trató a Violet había tratado también a Virginia
Woolf: Maurice Craig, “el psiquiatra favorito del grupo Bloomsbury”
(pág. 288) que disuadió a los Woolf, Virginia y Leonard, de tener hijos.
La escritora lo retrata en La señora Dalloway, de manera bastante
cáustica. La venganza del escritor no tiene límites.
En resumen,
una biografía muy bien escrita, con su carga de suspense y de poesía y dotada
del deseo de su autora de hacer una mínima justicia a la memoria de la pequeña
y decidida Violet Gibson.
Fuente: www.canarias-semanal.org




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