Juan Antonio Molina | Periodista y escritor
nuevatribuna.es
| 16 Febrero 2014 - 18:58 h.
La endogamia
orgánica y política que han desarrollado los partidos en España es consecuencia
de un sistema como en el que ha devenido el régimen de la llamada transición,
con un grado tan alto de desarmonía y decadencia que entre los que hacen la
política y los que influyen en ella hay tal maridaje que no se sabe muy bien
quienes son unos y quienes son los otros, y tiene, como deriva inevitable la
oligarquización de todos los ámbitos de poder. Se han transmutado las ideas por
ocurrencias y los valores por prejuicios, y el debate político se sustancia en
un intercambio de eslóganes. Pero esta banalidad de la vida pública no es
neutra, sólo ajena al drama humano que existe detrás de la indefensión social
que representa. Este contexto en el caso de la izquierda es sumamente gravoso y
contraproducente por cuanto supone bogar por un ecosistema político que afecta
de forma desnaturalizadora a su posición y función en la sociedad. En el
momento que exista más ideología, más valores, más movilización, más protesta
en la calle que en el seno del socialismo habrá ocurrido lo que afirmó Felipe
González en Suresnes, que había más socialismo fuera que dentro del PSOE. No
hay, por tanto, otro camino que fortalecer el poder ciudadano que legitima el
poder político de los socialistas y que lo sostiene. Ello requiere un rearme
ideológico en la perspectiva del socialismo necesario.
El poeta
argentino Alma Fuerte escribió que todos los incurables tienen cura cinco
minutos antes de su muerte. El problema es no tener conciencia de esos cinco
minutos previos o, lo que es peor, estimar que son prescindibles. La
inmunodeficiencia ideológica que ha supuesto para el Partido Socialista la
asunción de un pragmatismo adaptativo al sistema, el desmayo de su voluntad
transformadora y de cambio, su inmersión absoluta en un nuevo turno canovista
de partidos, que facilita el acceso al Gobierno pero nunca al poder, desanda
aquel camino que Largo Caballero afirmaba otrora que había que transmitir a la
ciudadanía: “una convicción de cuales son nuestras aspiraciones. Ese espíritu,
esa convicción, no se puede llevar a la práctica diciéndoles que debemos
conformarnos y que ya veremos qué podemos hacer después. No, no. Hay que crear
ánimo para luchar; primero, contra todo lo que venga, y después, para cuando
llegue un momento propicio, poder decir: aquí está el Partido Socialista con
sus ideas, dispuesto a luchar y gobernar.”
Asistimos en
España a la quiebra de un sistema donde el error es la consecuencia de imponer
una realidad oficial ajena a aquellos intersticios donde, fuera de los
frontones institucionales, fermentan las creencias, reprobaciones y uso
sociales. En realidad, asistimos a una privatización generalizada de todos los
ámbitos donde el civismo o el demos pudiera tener algún protagonismo. Es la
suspensión drástica de la ciudadanía y la capacidad del Estado y la sociedad de
regularse mediante principios éticos para circunscribir todas los asuntos
morales y políticos a una cuestión de recursos inspirada en la equívoca
ideología que se oculta bajo la máscara de teoría científica. El Estado mínimo
y la democracia limitada son los instrumentos para evitar cualquier tipo de
redistribución de la riqueza y empobrecer a amplias capas de la población.
Ante ello,
el Partido Socialista debe interpretar las auténticas necesidades de las
mayorías más débiles y desasistidas para construir una política inequívocamente
propia, alternativa y no subsidiaria de unos modelos sociales impuestos por un
régimen de poder dual y contramayoritario. El socialismo tiene que superar la
paradoja de Bossuet, la que definía Rosanvallon como esa particular clase de
esquizofrenia de deplorar un estado de cosas y, al mismo tiempo, celebrar las
causas concretas que lo producen. Quizás porque como nos dice José Ingenieros,
la rutina es el hábito de renunciar a pensar. Precisamente cuando el
pensamiento es más necesario que nunca.
La izquierda
se ha refugiado en lo que Gianni Vattimo llama pensamiento débil, un
pensamiento sin metafísica que es una continua renuncia a trastocar el “orden
objetivo de las cosas” impuesto por el pensamiento unilateral conservador.
Empero, como en la oda de Horacio, al partido socialista, si el mundo se está
desplomando, no le pueden alcanzar por más tiempo impávido las ruinas. Para
ello, ya no es suficiente suplir las ideas por un pragmatismo transigente,
porque, como nos advertía Ortega, sólo cabe progresar cuando se piensa en
grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos.

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