"Podemos",
el fenómeno mediático que pretende ser político 2/3·
Jueves, 20 de febrero de
2014
Por Ángeles Díez Rodríguez (*)
En la
encrucijada política y en la coyuntura que vive el Estado Español la
opción electoral no es una opción real de poder, me refiero a una de poder
popular.
Sin embargo, desde las movilizaciones masivas
del 15M no ha habido momento ni grupo político (de izquierdas o de
derechas) que no haya tratado de encarrilar la protesta hacia la vía
institucional, especialmente en las citas electorales.
“Todas las opciones políticas actuales parten
de la aceptación de las reglas de juego, las mismas que hacen inviable que este
sistema representativo se transforme en una democracia”
Por eso, aun a riesgo de sobredimensionar el más
reciente intento de la plataforma Podemos, merece la pena abordar la
reflexión sobre el carácter fetichista del proceso electoral en la coyuntura
actual, así como las lógicas que hacen de él el mejor instrumento de
disciplinamiento social.
Cualquiera de las opciones políticas que hoy se disputan los votos asume
que elegir un candidato de la amplia - o reducida, según se mire -, oferta de
partidos, implica una opción de poder.
Identifican
así democracia con votación, tal y como el propio sistema lleva sosteniendo
desde la generalización del voto, desde que se constató que gracias al manejo
de la opinión pública la gente siempre acabaría votando lo correcto, de modo
que las elites no correrían ningún peligro de ser desplazadas por las clases
populares.
Asumen también que es la vía aceptable
para cambiar las cosas. El campo de la política queda así reducido al ámbito
institucional.
De la misma
forma que ocurrió en nuestra primera transición -sostengo que estamos viviendo
una segunda transición- se trata de despojar a lo social de su componente
político por la vía de la institucionalización del conflicto, o lo que viene a
ser igual, neutralizándolo al colocarlo dentro de los márgenes de lo aceptable.
Todas las opciones políticas actuales
parten de la aceptación de las reglas de juego, las mismas que hacen inviable
que este sistema representativo se transforme en una democracia. Incluso
aquellos que sostienen ser anticapitalistas aceptan la forma política del
capitalismo.
Sin duda, el discurso admite
la paradoja de negar que estemos en una democracia al tiempo que se sanciona
esta democracia aceptando los cauces institucionales, admite contradicciones
tales como presentarse a unas elecciones compitiendo por la captación de votos,
al tiempo que se dice que se presentan porque estas elecciones europeas no
significan nada, se está en contra del liderazgo al tiempo que se potencia al
líder mediático, se afirma querer dar voz a los sin voz al tiempo que se les
trata de incapaces y de no saber lo que quieren.
“El discurso admite
la paradoja de negar que estemos en una democracia al tiempo que se sanciona
esta democracia aceptando los cauces institucionales”
Porque en el fondo, parecen decir, las
masas quieren que se gestione políticamente su protesta.
Si alguna virtud tienen los procesos
electorales es la de sacar a la luz el abanico extenso de contradicciones de
los discursos políticos. En estos momentos es muy difícil distinguir entre
posibilismo y oportunismo, entre los deseos y los intereses.
Pero
la campaña del "spanish we can" ilustra cómo ninguna lo
que da de sí la retórica ilustrada, o la versión nacional de los reality
show americanos. Por lo demás, las estratagemas retóricas no harán sino
desarmar el conflicto social sin apenas arañar el fetiche del sistema. Como
instrumento de disciplinamiento las elecciones han devenido en fetiche, es
decir, objeto al que se le asignan propiedades mágicas.
Karl Marx acuñó el concepto de
fetichismo para referirse a la mercancía, en tanto que producto manufacturado
que oculta las relaciones de trabajo bajo las cuales fue producido.
Los procesos electorales en el contexto
actual no significan poner en manos de la gente opciones de poder y sin embargo
se nos presentan como si lo fueran.
Por otro lado, las reglas que rigen estos
procesos permanecen ocultas mientras que, el voto, aparece como proceso neutro,
mero procedimientos para seleccionar a los candidatos según las preferencias de
la gente.
“La campaña del “spanish
we can” ilustra cómo ninguna lo que da
de sí la retórica ilustrada o la versión nacional de los realty show americanos.”
Pero, como decía Badiou reflexionando
sobre las elecciones presidenciales de 2002, "En realidad,
existe una distinción fundamental entre "ser candidato" y
estar en un lugar que indica la posibilidad de un poder". El acceso
a esa clase de lugar se decide de otro modo y según criterios distintos a los
de la candidatura.”
El hecho de que algunas opciones electorales que se
autoproclaman transformadoras puedan llegar a disputar alguna plaza en
la arena política, sólo significa que se ajustan al principio de la
homogeneidad, es decir, "que se sabe a ciencia cierta que no harán
nada esencialmente diferente de lo que hicieron quienes los precedieron".
La alternancia en las instituciones de los
que se consideran "enemigos políticos" favorece la labor
disciplinante del voto ya que la alternancia implica que la opción que ha
conseguido alcanzar el lugar de relevo no ha tomado ninguna medida para hacer
que su ascenso fuera imposible. Sin duda, el discurso es otra cuestión.
Como decíamos
anteriormente, los discursos pueden seguir siendo radicales e incluso de
ruptura. Lo importante es elaborar un producto político homologado en la
práctica.
En
octubre del 2011, antes de las elecciones nacionales, escribí una reflexión
titulada "Todos tienen prisa por institucionalizar al movimiento
15M" , en ese momento analizaba el dato curioso de que tanto
intelectuales de izquierda, partidos como el PSOE o el PP e
incluso algunos grupos del 15M hicieran constantes llamados a que la protesta
de las calles se canalizara, bien convirtiéndose en una opción política, bien
apoyando a alguna opción ya constituida o transformándose en grupo de presión
al estilo lobby americano.
“Los procesos electorales
en el contexto actual no significan poner en manos de la gente opciones de
poder y sin embargo se nos presentan como si fueran…”
A día de hoy ninguna de estas vías ha
cuajado por lo que, desde las instancias de poder, la inestabilidad política se
sigue considerando un riesgo para la estabilidad económica, es decir, para la
continuidad, sin sobresaltos, del enriquecimiento de las elites.
Los resultados electorales de
noviembre del 2011 fueron un balón de oxígeno para el régimen y para sus
dispositivos políticos pues, aceptada la mecánica electoral, se relegitimaba el
sistema aunque fuera de forma precaria y se garantizaba la continuidad de
los cambios, tales como el golpe de mano que significó la aprobación de la
reforma del artículo 135 de la Constitución.
En nuestra primera transición la
consigna electoral del cambio, el liderazgo made in USA-UE de Felipe González,
el disciplinamiento del PCE y la aceptación de la monarquía y de las reglas de
la nueva institucionalidad, hicieron viable la nueva fase liberal.
No era falso que se estuviera por el
cambio: se desmanteló el sistema productivo con la famosa reconversión
industrial, se liberalizó, se privatizó, se inició la desregulación del mercado
de trabajo, se construyeron las bases de la burbuja inmobiliaria, etc. Algo del
régimen cambió, algo del mismo continuó, y lo sustantivo, la continuidad de la
acumulación de las elites y la explotación, se mantuvieron.
En la coyuntura
actual, con o sin el disciplinamiento electoral, las cosas van a seguir
cambiando, se va a seguir recortando el gasto público, aumentará la precariedad
laboral y los trabajos miseria, se deteriorarán más aún si cabe todos los
servicios públicos, aumentará la represión de la protesta, su criminalización y
su silenciamiento mediático...Todos estos cambios son necesarios para terminar
de implantar la nueva fase de acumulación económica.
La doctrina del shock se aplica en nuestro
país adaptada a la complejidad autóctona y a nuestra ubicación en el sur de
Europa. Sin embargo, para ser implementada necesita poner de nuevo en valor al
maltrecho sistema político. Recuperar el consenso respecto de la
institucionalidad, es decir, volver a apuntalar el sistema fisurado.
En este sentido, las
elecciones hoy siguen siendo el instrumento más eficaz de legitimación del
sistema político y de disciplinamiento social: dentro del sistema todo, fuera
del sistema nada.
De forma muy intuitiva la población
española que se movilizó masivamente siguiendo la consigna "no nos
representan" expresaba la distancia entre opción electoral y opción de
poder. En una "no democracia" ninguna opción electoral
representa al pueblo.
“Los resultados
electorales de noviembre de 2011 fueron un balón de oxígeno para el régimen y para
sus dispositivos políticos pues, acepta la mecánica electoral, se relegitimaba
el sistema”
Que las elecciones posteriores no reflejaran, a través de la
abstención, el rechazo masivo al sistema representativo no puede interpretarse,
como parecen suponer nuevas formaciones políticas, como la inexistencia de la
"opción electoral adecuada". Caben otras interpretaciones.
Una de ellas pasa por poner en relación
el presente con la historia de nuestro sistema político. Es decir, el valor
simbólico que el voto tiene para las generaciones que han vivido la
dictadura franquista y también para aquellas que han sido socializadas en la
estandarización europeista.
Otra interpretación sobre la aceptación
generalizada del instrumento electoral la encontramos en la cultura política,
que generó la primera transición. Una forma de identificar lo político
única y exclusivamente con lo institucional.
La atomización y el encauzamiento de la
sociedad civil a través del asociacionismo; y el rechazo al conflicto
(identificado siempre con violencia) "Quien se mueva no sale en la
foto", diría Alfonso Guerra, pero la realidad es que quien se
moviera aparecería en las fotos de comisaría.
En esta segunda transición el poder de las
elites circula entre la búsqueda del consenso, sumando adeptos al espectáculo
electoral, y la represión y la violencia para los indisciplinados.
Los nuevos partidos surgidos al rebufo
del 15M como el partido X, o formaciones como EQUO, o la plataforma
Podemos, hacen una lectura interesada e instrumental de las esperanzas y
deseos que, a modo de fetiche, se depositan en el proceso electoral.
En el mejor de los casos juegan al "como si" del
voto, hagamos como si fuera otra cosa distinta a la que es, como si fuera algo
más que un instrumento del sistema, en el peor de los casos, asumen las
elecciones como el mejor camino de promoción corporativa, alcanzar una cuota de
poder para su grupo a cambio de la pacificación social.
De ahí que, para la plataforma
Podemos, todas las energías se dirijan a captar votos vengan de donde
vengan. De la izquierda transformadora, de sectores reaccionarios,
cuasi-fascistas, de progresistas, de clases medias, de intelectuales, de gente
común y corriente.
Un vistazo a la propuesta electoral y a los
siete puntos que, según su líder mediático, definen quién está con él y quien
no, no dejan lugar a dudas.
Como en su día el PSOE o como el slogan de la
Coca-Cola, el producto ha de ser para todos, para la gente común; solo así
se puede aspirar a ganar. Se rebajan las demandas, se vacía el discurso, se
eluden temas escabrosos, se recogen las consignas más impactantes y con más seguidores
en twiter, y se convierte en enemigo al resto de las fuerzas políticas a las
que se disputa cuota de mercado.
En la coyuntura actual remozar el sistema
político sólo se puede hacer con nuevas caras más mediáticas, con nuevos
mensajes más postmodernos y con el reciclado de propuestas novedosas
procedentes de la protesta social (autogestión, participación,
horizontalidad...)
La institución electoral está
sacralizada porque lo está el sistema representativo al que llamamos democracia.
La fe electoral se alimenta de la impotencia, el miedo al vacío, la
desesperanza o la falta de ánimo para cambiar las cosas.
Pero esta sacralización es en parte responsable del
estrangulamiento de las alternativas de poder popular que únicamente se hacen
visibles a través de situaciones de conflicto como las movilizaciones contra
los desahucios, los escraches, la toma de supermercados por
el SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores) o la rebelión vecinal de Gamonal.
El miedo, la vergüenza, el aislamiento,
son lo que nos conduce a la mistificación del voto, a reproducir la
lógica del fetiche que no tendrá más resultado que ahogar en la impotencia
las esperanzas democráticas de este país.
Pero no podemos olvidar que todavía, en
la memoria colectiva que se transmite de generación en generación, perdura la
utopía posible de una democracia, y los conflictos, los presentes y los que
están por llegar son sólo síntomas que tratan de convertir en probable lo que
de momento sólo es una posibilidad: la democracia.
(*) Ángeles Díez Rodríguez es doctora en Ciencias Sociales y profesora del Departamento de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Es autora de numerosos libros y publicaciones tales como: "La Tortura como procedimiento: de la cárcel de Abu Graib a la base naval de Guantánamo", "Manipulación y medios en la sociedad de la información"; "La última carga... y las guerras de aniquilación"; "Nuevas organizaciones sociales al final del milenio"; "¿Existen movimientos sociales?".
Fuente: www.canarias-semanal.org

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