Publicado
en 15 febrero, 2014 por victorjsanz
La dictadura casi perfecta El capitalismo es la cumbre
evolutiva del totalitarismo.
Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el
cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran
gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer
coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Aldous Huxley.
La “democracia” burguesa es la dictadura casi perfecta. No
es perfecta porque nada lo es, pero la llamada “democracia” liberal es la
dictadura más sofisticada y elaborada que el ser humano haya inventado hasta la
fecha. Cualquier dictadura es el dominio de una(s) minoría(s) sobre la mayoría.
En el capitalismo todo trabajador sabe perfectamente que para prosperar o
simplemente para sobrevivir debe obedecer las órdenes que vienen de arriba. Las
grandes decisiones estratégicas de cualquier empresa vienen de muy arriba. ¿Qué
es eso sino una dictadura? Es cierto que si uno no obedece no es puesto delante
de un pelotón de fusilamiento. Pero se arriesga a ser expulsado de la empresa.
Peligra su sustento. El miedo es la “vestimenta” tanto del obrero manual como
del “obrero mental”. El capitalismo es la dictadura económica. Dictadura que es
posible porque los medios de producción son privados, pertenecen a ciertas personas
que, gracias a dicha posesión, ejercen su dictadura y acaparan gran parte de la
riqueza generada. Pero es una dictadura descentralizada. Tal vez en esta
peculiar característica resida su fortaleza. Es una dictadura no sólo ejercida
por la clase empresarial, sino que asumida por gran parte de la población como
algo natural e inevitable. Es una dictadura en la que no es tan necesario que
unos pocos, muy pocos (ya sea un rey, un caudillo, una burocracia, un partido)
repriman al resto, sino que esos pocos tienen muchos colaboradores distribuidos
a lo largo y ancho de la sociedad. Toda dictadura necesita una serie de
colaboradores. Pero la “democracia” burguesa es la dictadura con más
colaboradores. En ella colaboran distintas clases sociales, incluso las oprimidas.
En ella no sólo domina cierta minoría, la oligarquía capitalista, sino que
dicho dominio es mucho más sutil y logra incluso la colaboración de una gran
parte de la mayoría oprimida. En esto radica el verdadero éxito del
capitalismo. De aquí proviene la principal dificultad para derrocarlo.
El capitalismo es la
cumbre evolutiva del totalitarismo. La dictadura económica se parapeta
tras una aparente democracia política que intenta evitar que ésta salpique a
aquella.
La prueba más palpable de que el capitalismo necesita
evitar la verdadera democracia es que cuando ésta se intenta surgen los golpes
de Estado. Cuando el disfraz de democracia no le vale a la gran burguesía
simplemente se lo quita, temporalmente, para no perder el control de la
sociedad. Una vez recuperado el control las élites vuelven a conceder al pueblo
el “poder”. La oligarquía prefiere otorgarlo (en pequeñas dosis controladas) al
pueblo antes que éste ose tomarlo. La prueba más palpable de que no tenemos
verdadera democracia es que cuando miles de ciudadanos se manifiestan
pacíficamente en las calles reclamando la democracia real, más y mejor
democracia, no sólo son ignorados, sino que reprimidos violentamente. La prueba
más palpable de que no tenemos aún democracia es que el sistema involuciona,
empeoran las condiciones de vida de la mayoría, sus problemas no son sólo
crónicos sino que se agudizan con el tiempo. El pueblo se siente impotente
simplemente porque no tiene realmente el poder.
La “democracia” burguesa es una dictadura inteligente. Las
élites que nos gobiernan y controlan han adquirido experiencia a lo largo de
los siglos. No existe dictadura más eficaz que aquella que aparenta no serlo.
En la “democracia” burguesa los ciudadanos eligen a sus dictadores, es decir,
refrendan en las urnas el sistema que les oprime. Incumpliendo en la práctica
muchos de los postulados teóricos en los que supuestamente se sustenta la
llamada democracia liberal (igualdad, separación de poderes, etc.), la gran
burguesía consigue herir de muerte a su pretendida democracia. Herirla para
salvarse ella, salvarse del pueblo. Pues con una auténtica democracia, tarde o
pronto, toda élite deja de serlo. Los ciudadanos votan sin mucho convencimiento
pero votan, realimentando así el sistema que les impide ser ciudadanos. ¿Por
qué votan? Por inercia, por tradición, por miedo (a lo desconocido), por
comodidad, por engaño, por tranquilizar sus conciencias, por agarrarse a un
clavo ardiendo,… Pero votan, y sobre todo a los partidos que defienden los
intereses de la oligarquía. Así, las minorías dominan a la mayoría con el apoyo
de ésta (al menos de una gran parte). ¿Es posible inventar mejor dictadura?
La mayoría oprimida asume los valores culturales de las
minorías opresoras. Valores que atentan contra sus propios intereses. Así la
mayoría se condena a sí misma. Así las víctimas votan a sus verdugos. Pero,
¿por qué? Porque el capitalismo ejerce su control ideológico a través de los
medios de comunicación de masas, pero sobre todo porque consigue que la gente
lo vea como algo natural e inevitable. El egoísmo es para la mayoría de las
personas una de las principales características que definen al ser humano. Y,
por consiguiente, la feroz competencia, la lucha de todos contra todos, es lo
más natural. De esta manera, la ley de la jungla, es decir, la ley del más
fuerte, del sálvese quien pueda, se traslada a la civilización, se
institucionaliza como la ley de leyes de nuestra sociedad. Es más, y aquí
radica el verdadero peligro, dicha ley parece el paradigma de la libertad,
cuando es realmente justo lo contrario. Pues no puede aplicarse el mismo
criterio de libertad cuando el individuo vive aislado que cuando vive en
sociedad, en la selva que en la civilización. En la vida en sociedad la
libertad es imposible sin la igualdad de oportunidades, sin la igualdad en las
relaciones sociales. En la vida en sociedad la libertad de uno acaba donde
empieza la de los otros, y viceversa. El liberalismo instaura el libertinaje en
la civilización y lo disfraza de libertad y de naturalidad. La ley que rige la
“civilización” capitalista parece natural porque es el traslado directo de la
ley que rige la naturaleza primitiva, salvaje, a la civilización. “Caza” o
serás “cazado”, domina o serás dominado, oprime o serás oprimido, explota o
serás explotado. El capitalismo triunfa en las mentes de los ciudadanos, no
sólo por el monopolio de los grandes instrumentos de adoctrinamiento ideológico
masivo (educación y medios de comunicación), sino que también por el mensaje
transmitido, simple y al mismo tiempo trascendental, con profundas
consecuencias: la ley del más fuerte es la más natural. Cuando, precisamente,
si por algo debe distinguirse la civilización de la jungla es por el hecho de
que se rijan por leyes distintas. La ley del más fuerte puede conducir, tarde o
pronto, a la autoextinción de una sociedad que alcanza cierto grado de
desarrollo tecnológico, como mínimo a su decadencia. Pues la combinación
desarrollo tecnológico y subdesarrollo social es explosiva.
Así, el capitalismo consigue que una de las facetas del ser
humano, la cual debería ir disminuyendo notablemente con el tiempo para que una
especie supuestamente inteligente se haga verdaderamente civilizada, sea la
predominante en su sociedad (y cada vez más). El egoísmo es el motor de la
sociedad capitalista. A muchos seres humanos les parece que el egoísmo es lo
más natural, por tanto el capitalismo es lo más natural y sólo él puede
funcionar. Pero el ser humano también puede ser solidario. “Sólo” hace falta
que el sistema de convivencia humano realimente sus mejores características en
detrimento de las peores, en vez de al revés. “Sólo” hace falta que la
solidaridad sea la norma en vez de la excepción. El ser humano es
contradictorio y es capaz de lo mejor y de lo peor. Sin olvidar que en la
naturaleza salvaje también existe la colaboración, además de la competencia.
No sólo es casi perfecta la dictadura burguesa por sus
apariencias democráticas en su sistema político, sino que también porque muchas
de sus víctimas aspiran a dejar de serlo colaborando con sus opresores, o mejor
aún, convirtiéndose ellos mismos en opresores. En vez de combatir al sistema,
la mayoría lo realimenta. Una vez asumida la ley básica y “natural” de que el
egoísmo es el motor de toda sociedad, de toda especie, una vez asumida la ley
del más fuerte como la más lógica, lo siguiente es aspirar a ser el más fuerte,
o al menos a ponerse de su lado. Una vez asumidas las reglas del juego, hay que
jugar, hay que esmerarse en aplicar dichas reglas, hay que encomendarse a la diosa
Fortuna. El gran triunfo ideológico del capitalismo es que muchos trabajadores
sólo aspiren a cambiar de bando, a convertirse en explotadores de sus hermanos
de clase, en vez de erradicar la explotación que sufren. Muchos trabajadores
sólo protestan (por lo general demasiado tarde) cuando son afectados grave y
personalmente por el juego en el que participan sin cuestionarlo. La utopía
social es negada por la propaganda capitalista al mismo tiempo que se nos vende
la utopía individual. El individuo corriente piensa que puede huir de su
alienación, ya sea jugando a la lotería (nada mejor que paralizar a las masas
vendiéndoles la esperanza de que un golpe de suerte las salvará), ya sea
cambiando de empresa o de país, ya sea rezando a cualquier dios, ya sea
creyendo en un paraíso en otra vida,…, en definitiva, aceptando las reglas del
juego con la esperanza de que éste alguna vez le beneficie, con la esperanza de
que la ruleta rusa a él no le afecte. Al mismo tiempo que nos oprimen, nos dan
esperanzas. ¿Existe mejor manera de evitar la rebeldía que postergándola
indefinidamente en el tiempo?
Y, por si todo lo anterior fuera poco, una parte de la
izquierda anticapitalista asume (inconscientemente) los valores de la
burguesía, los interioriza. Le hace el juego a la burguesía cayendo en un
relativismo extremo y absurdo asumiendo que la “democracia” burguesa es una
democracia y que el proletariado necesita la suya, asumiendo que no sólo el
Estado burgués es la dictadura de una clase (como, sin dudas, lo es) sino que
todo Estado es, por definición, la dictadura de una clase. Incluso, y esto es
un gran favor que se le hizo a la burguesía en la guerra ideológica, llamando
al sistema que beneficiaría al proletariado dictadura. Democracia burguesa vs.
Dictadura del proletariado. Así la burguesía puede proseguir dominando
ideológicamente con demasiada facilidad a las masas. ¡Ella es “democrática”
mientras que los malvados comunistas no! No podía hacérsele mejor favor a las
élites capitalistas. Para dichos izquierdistas la democracia es un concepto
totalmente relativo. Cuando, precisamente, el enemigo público número uno de la
burguesía, de cualquier minoría dominante, es la auténtica democracia, el
gobierno de la mayoría. La alternativa a la dictadura burguesa disfrazada
de democracia es la democracia sin disfraz, sin apellidos, y no ninguna
dictadura. Este profundo y grave error en la guerra ideológica contra el
capitalismo la izquierda (y el proletariado internacional) lo ha pagado muy
caro, y todavía lo está pagando.
¿Es posible una verdadera democracia si prescindimos de
algunos de los postulados teóricos de la llamada democracia liberal? ¿Por qué
la burguesía se empeña tanto en incumplirlos en la práctica? ¿No nos damos
cuenta de que eso, precisamente, nos da pistas sobre cómo superar la simbólica
y engañosa “democracia” burguesa? Partiendo de ella y desarrollándola
suficientemente, haciendo la democracia representativa realmente representativa
y mucho más participativa, además de complementándola con la democracia directa
y expandiéndola a todos los rincones de la sociedad (especialmente a la
economía), podemos hacer que deje de ser burguesa, podemos alcanzar la
democracia propiamente dicha. En la “democracia” burguesa está el germen de la
extinción de la sociedad burguesa, clasista en general. Por esto la gran
burguesía se esmera tanto en vaciar de contenido su “democracia”. Es
perfectamente consciente del peligro que supone la democracia, la verdadera,
para ella.
Afortunadamente, nada es perfecto. Pero no debemos infravalorar
al enemigo. La barbarie capitalista sobrevive porque su dictadura ha alcanzado
un grado de sofisticación, de perfección, muy alto. Por ahora, el mayor enemigo
del capitalismo es el propio capitalismo que sucumbe tarde o pronto, de manera
recurrente, ante sus grandes, profundas e irresolubles contradicciones. El
peligro es que el capitalismo sucumba haciendo sucumbir de paso a la especie
humana o a su hábitat. Deberemos hacer todo lo posible para sustituirlo cuanto
antes por un sistema puesto al servicio de la mayoría de la humanidad. Y ese
sistema sólo puede ser la democracia, el gobierno de la mayoría. Sólo las
dictaduras pueden tener apellidos “clasistas”: los de las clases minoritarias
que dominan artificialmente, mediante el uso de la fuerza. La democracia, por
el contrario, no puede tenerlos porque mayoría sólo hay una. El 99% de la
población no necesita los mismos trucos para dominar, no necesita reprimir al
1%, ni comerle el coco. La verdad necesita la más amplia libertad, la
competencia igualitaria entre todas las ideas, para abrirse paso, a diferencia
de las mentiras. El Estado “proletario”, es decir, donde domine la mayoría,
debe ser radicalmente distinto al burgués (o de cualquier minoría dominante).
La hegemonía del proletariado se conseguirá con la auténtica democracia, la más
amplia y profunda posible. La lucha por la democracia es la lucha contra el
capitalismo. El desarrollo completo, hasta las últimas consecuencias, de la
democracia es lo que acabará exterminando al capitalismo. Como decía Hugo
Chávez, el socialismo es democracia sin fin.

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