Artículos de
Opinión | Harold Cárdenas Lema* | 05-03-2014 |
Hace 2300
años Aristóteles escribió que el hombre es un zoon politikon, un animal
político en toda su expresión, y tenía razón. Desde la antigua Atenas hasta
ahora, los funcionarios públicos necesitan del respaldo popular para su
gestión, necesitan hacer política porque ella es la que crea el consenso que
los legitima en el poder. Por su parte los ciudadanos tienen el derecho de
participar activamente en la política, tiene sentido si tenemos en cuenta que
las decisiones que se toman en este campo influyen directamente en sus vidas.
Desde la antigüedad hasta ahora ha sido necesario hacer política a todos los
niveles.
Con el
triunfo de la Revolución Cubana, en pocos años se cumplieron las promesas que
cinco décadas de República no habían podido satisfacer y esto dotó al nuevo
Estado revolucionario de una autoridad moral inédita en la historia nacional,
el consenso político estaba construido sobre bases sólidas. Este pudo
mantenerse durante mucho tiempo gracias al magnetismo de Fidel Castro y sus
métodos de dirección, incluso durante el Período Especial la ideología nacional
resistió los embates provocados por la necesidad. La política se hacía a diario
y se personificaba principalmente en la figura del líder, esto traía consigo
varios problemas pero estos no se harían tan evidentes hasta su salida de la política
oficial.
Del
liderazgo carismático de Fidel pasamos con Raúl a la institucionalización del
país, cambiaron los métodos y estilos de trabajo mientras el discurso político
conminaba a la necesidad de un cambio en el país, siempre en los límites del proyecto
socialista nacional. La convocatoria del nuevo presidente a que los ciudadanos
participen activamente en el destino del país, incluso apelando a la crítica y
respetando las diferencias de cada cual, tuvo como efecto inmediato cierta
socialización de la política. Cuba maduraba un poco en este sentido.
Sin embargo,
todavía existe cierto prejuicio sobre la participación política de los
ciudadanos, para algunos descarriados la participación en el proyecto
socialista se manifiesta a través del apoyo incondicional a las políticas
estatales. Esta mirada excluye la posibilidad de la crítica y ve con malos ojos
el saludable escrutinio que hace la sociedad sobre las instituciones y la
gestión de los funcionarios públicos.
Recientemente,
el intelectual cubano Fernando Martínez Heredia nos decía a un grupo de jóvenes
que nos tocaba hacer política, que años atrás era imposible pero en las
condiciones actuales era incluso un deber. Hacer política antes que otros lo
hagan por ti, participar activamente y no desde la pasividad del espectador.
Ahora, ¿hasta qué punto los ciudadanos podemos hacer política? ¿Hasta qué punto
los funcionarios públicos cubanos la hacen? ¿Lo necesitan?
Les pongo un
ejemplo, en un concierto que el grupo Buena Fe dio a revolucionarios venezolanos
en un teatro de Caracas, estaban situadas sillas próximas al escenario para los
funcionarios de la ciudad. Momentos antes de comenzar el concierto un joven
sale del público y sube al escenario, toma el micrófono en mano y le dice al
público que los mejores asientos no pueden ser para los dirigentes, sino para
el pueblo, que en una revolución no pueden haber privilegios ni siquiera a la
hora de sentarse en un teatro. Momento tenso.
Es entonces
que el funcionario a cargo de la actividad sale al micrófono y le dice al
público que ese ciudadano tiene la razón e inmediatamente da instrucciones para
que los asientos sean retirados mientras los funcionarios del Gobierno se
mezclan con el público. Supo encontrar una salida política, supo agradecer al
joven y no mostrar resentimiento por ese momento incómodo, de ese concierto la
revolución de aquel país salió fortalecida.
En Venezuela
el Estado está constantemente bajo el escrutinio público, no solo por la
presión de la derecha sino por los mismos revolucionarios que quieren que sus
dirigentes estén a la altura de lo que la revolución exige de ellos. Aunque la
comparación es injusta y nuestras realidades son distintas, no puedo evitar
notar que en Cuba hemos perdido terreno en ese sentido, muchos de nuestros funcionarios
pueden incluso darse el lujo de ser impopulares porque los resortes que los
legitiman son burocráticos, los jueces de su accionar son el cumplimiento de un
plan de trabajo que goza del visto bueno de sus superiores en vez de la opinión
pública o el voto directo del pueblo.
¿Se le ha
ocurrido a alguien hacer lo mismo en un acto político o cultural en Cuba? ¿Qué
pasaría? O más interesante aun: ¿qué actitud tomaría el funcionario a cargo de
la actividad? Creo que la Revolución Cubana no saldría muy fortalecida en ese
caso, porque muchos de nuestros funcionarios han olvidado o nunca conocieron
los resortes que mueven la política y la gestión de la voluntad popular.
Confieso que estamos acostumbrados a las jerarquías en los actos políticos, a
que nos designen dónde nos toca y en algunos casos, hasta se ensaya qué debemos
decir. Recuerdo incluso una ocasión donde el asiento que me tocaba estaba
señalado con mi nombre.
Nuestros
políticos prácticamente no necesitan hacer política, conozco casos de
funcionarios que en su gestión han resultado totalmente impopulares y sin
embargo resultan promovidos a cargos superiores. Promover personas así resulta
un suicidio político impensable en cualquier lugar del mundo y estoy seguro que
acá también tiene su costo. Un precio lento pero que se clava en la raíz del
proyecto revolucionario y va hundiéndose como un cuchillo imperceptible que no
advertimos hasta que es demasiado tarde.
Tengo un
amigo que dice que no se trata solo de ser, sino que también se debe parecer.
No basta con representar los intereses populares si no se hace con las personas
que designa el pueblo. En provincias como Camagüey o Santiago de Cuba, tenemos
dirigentes que gozan del prestigio popular, este se ha logrado teniendo no solo
resultados exitosos sino haciendo política junto al pueblo. Estos son los que
quisiéramos ver en responsabilidades mayores, la mejor política de cuadros es
la práctica misma y el criterio del pueblo.
Vivo en un
país que vive la tragedia de tener potencialidades sin explotar, con una
Revolución que le ha tocado una circunstancia muy dura y un pueblo que merece
más de lo que tiene. Un país que puede llegar a ser mucho más si logra
sobreponerse a su realidad, si logra salvar a su Revolución, si puede aplicar
cambios sin que esto signifique sacrificar su proyecto político, un país
sufrido pero que vale la pena luchar por él. Vale la pena luchar para que el
funcionamiento de las organizaciones sea mejor, vale la pena militar en ellas y
no limitarse a la crítica francotiradora.
En el contexto
actual, hacer política es cada vez más necesario pero algunos siguen viendo mal
que los ciudadanos la hagan, así como siguen siendo escasos los funcionarios
públicos que la hacen como debe ser. En este país tan instruido, tenemos mucha
menos cultura política de la que presumimos y necesitamos. En un país de tantas
encrucijadas, hacemos menos política de la que debiéramos. Pero estamos a
tiempo.
*Publicado
en La joven Cuba

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