¿Qué
futuro espera a un país conducido por quienes piensan de tal modo? Quizá un
futuro luminoso, donde el bienestar termine por “chorrear” a todos los sectores
de la población.
nuevatribuna.es | Por Wilfredo Sanguineti | 03 Marzo 2014 - 19:09 h.
A cualquier
observador externo, como por ejemplo los amigos que consultan esta bitácora
desde España, les parecerá profundamente llamativo que en un país como el Perú,
que lleva creciendo sostenidamente nada menos que al 6.5% como promedio los
últimos ocho años, el simple anuncio del Presidente del Consejo de Ministros
de que el Gobierno estaba evaluando una posible elevación del salario
mínimo vital, suscitase una reacción de tanta virulencia por parte del Ministro
de Economía de este país, por cierto refrendada con entusiasmo por la Primera
Dama de la Nación, como para terminar forzando la renuncia del primero, así
como la sustitución de la hasta entonces Ministra de Trabajo.
Sin embargo,
esta perplejidad seguramente empezaría a diluirse si tuviesen en cuenta que
este espectacular ciclo expansivo no ha servido para mejorar la participación
de los salarios dentro de la renta nacional, que se ha mantenido estancada en
torno al 21 %, sino que ha tenido más bien el efecto inverso, ya que han sido
los beneficios empresariales los que han incrementado su espacio dentro de la
misma, pasando del 58 al 63 %. Y terminaría de hacerlo si advirtiesen, además,
que esta suerte de redistribución de la riqueza a la inversa ha sido el
resultado de políticas estatales deliberadas, puestas en marcha a lo largo de
los años noventa y mantenidas con posterioridad, dirigidas a desmontar la
efectividad de las principales herramientas que, dentro de cualquier sistema
democrático que aspire a un mínimo de equilibrio desde el punto de vista
social, contribuyen a favorecer un reparto más equitativo de la riqueza. Unas
políticas que han terminado por dar lugar al modelo de crecimiento excluyente y
promotor de la desigualdad, en vez de inclusivo y equilibrador, en el que se
mueve este país.
Las
decisiones políticas adoptadas, sustitución del Presidente del Consejo de
Ministros y congelación del salario mínimo vital, se explican con facilidad en
este contexto y a partir de esta visión en torno a la manera de gestionar el
crecimiento y sus beneficios.
Poco
importan, por esta razón, la multitud de argumentos esgrimidos a lo largo del
debate que se ha producido en las últimas semanas a favor de una elevación de
dicho salario. Poco importa, así, que el mismo lleve sin modificarse dos años,
que este sea el período previsto para su revisión a propuesta del Consejo
Nacional de Trabajo, que a lo largo del mismo la inflación acumulada haya sido
del 6 % y la productividad se haya elevado en un 4 %, que estos sean
precisamente los dos criterios a partir de los cuales debe llevarse a cabo su
revisión de acuerdo con la metodología consensuada por los agentes sociales en
el marco del organismo antes citado, que el empleo creció y la informalidad se
redujo en las dos ocasiones anteriores en las que este mismo Gobierno
incrementó dicho salario, en contra de lo que declara que ocurrirá el Ministro
de Economía, que la subida del salario mínimo está en condiciones de impactar
positivamente en la demanda y, por esa vía, en el crecimiento y la inversión,
o, en fín, que el Perú cuente con uno de los salarios mínimos más bajos de la
región.
Poco importa
todo esto porque, en el fondo, y ésta es la clave, poco importan las personas,
sus condiciones de vida y de trabajo. Incluso cuando, como ocurre ahora, su
mejora es posible y está en aptitud de reportar beneficios para todos.
¿Qué futuro
espera a un país conducido por quienes piensan de tal modo? Quizá un futuro
luminoso, donde el bienestar termine por “chorrear” a todos los sectores de la
población. Permítanme que lo dude.

No hay comentarios:
Publicar un comentario