Atribuir
el estallido de una guerra a elementos circunstanciales es querer ocultar las
verdaderas causas e intenciones de dicha guerra.
nuevatribuna.es
| Por
Alfonso Puncel | | 03 Marzo 2014 - 19:03 h.
“Las guerras comienzan cuando se desea,
pero no terminan cuando se quiere”
Maquiavelo
Maquiavelo
Atribuir el
estallido de una guerra a elementos circunstanciales es querer ocultar las
verdaderas causas e intenciones de dicha guerra. La I Guerra Mundial tiene su
origen en la transformación económica de un continente y de las tensiones
sociales que eso provocó, la pérdida de poder de sectores sociales y del
advenimiento de un nuevo actor social, la clase obrera, que no se resigna a
tener un papel secundario en la historia así como la urgente necesidad de la
burguesía centroeuropea de disponer de recursos minerales para la
industrialización de los países, hasta ese momento hegemónicos, que veían
peligrar el mantenimiento de los privilegios heredados nacionales y de clase.
Las tensiones étnicas, culturales, fronterizas o las desavenencias personales
entre el Káiser y el Archiduque Francisco Fernando, los acuerdos y desacuerdos
entre el Zar y la República Francesa o Alemania son cuestiones secundarias que
favorecieron el clima bélico pero no son la causa del conflicto.
Igualmente
la II Guerra Mundial poco o nada tiene que ver con la defensa de los derechos
humanos y la protección de la población europea frente a un malévolo dictador y
sí tiene que ver, y mucho, con la defensa y consolidación de una posición
dominante de los nuevos países industrializados y sobre todo, como mecanismo
para reactivar una economía que había llegado, en pocas décadas, a colapsarse
ante la imposibilidad de mantener las tasas de crecimiento que se habían
producido desde finales del siglo XIX. En este caso coincidieron las
fluctuaciones cíclicas de corto alcance con las ondas de los ciclos largos,
todas ellas a la baja lo que llevó al convencimiento de que la única opción era
reiniciar el sistema, partir de cero, generar nuevas necesidades que permitan
seguir acumulando, es decir, se llegó al convencimiento de que una guerra era
buena.
Ninguna
guerra es igual a otra pero en todas ellas las causa económicas y los
conflictos entre actores emergentes y actores en declive están en el origen de
las mismas. Cuando se da además de estas dos circunstancias, una crisis
económica con endeudamiento excesivo de algunos países con otros, las tensiones
se incrementan exponencialmente puesto que la deuda externa, en cualquiera de
sus formas, no es más que aquello que un país le debe a otro y ese endeudamiento
les impide abordar políticas interiores.
Si hasta las
crisis económicas de principios de siglo XX los países ricos e industrializados
disponían de mecanismos de compensación, de intercambio comercial o de
externalización de su pago mediante mecanismos alternativos tales como la
cesión de territorios, con sus mercados, recursos y mano de obra, la cesión del
patrón monetario común, la aparición de nuevas tecnologías que incremente la
competitividad o de acuerdos geopolíticos mecanismos todos ellos que permitían
pagar la deuda entre países, hoy en día, la globalización, la crisis de los
países industrializados y la saturación de todos los mercados ha hecho que la
deuda de algunos países no puede ser compensada mediante esos mecanismos
alternativos y los acreedores exigen el pago inmediato en metálico. Además hay
que tener en cuenta que los mercados con los jugaban los países ricos hasta el
momento se han convertido en economías emergentes que compiten en igualdad de
condiciones, cuando no en condiciones más ventajosas, en la reclamación de
nuevas posiciones económicas lo que reduce, aún más, esa capacidad de desviar o
aplazar el pago de la deuda.
En su libro
“El Retorno de la Economía de la Depresión”, el economista Paul Krugman analizó
las crisis económicas que sacudieron a diferentes países del mundo en la década
de los 90. Para Krugman en las crisis recientes intervienen mecanismos
complejos que provocan la propagación de los sus efectos hacia diferentes
regiones del mundo y causan reacciones en cadena que a su vez, provocan cambios
inesperados en diversos lugares, de manera que lo que beneficia a un país puede
perjudicar o fortalecer a otro. Las crisis en los 90 constituyeron una alerta
que indicó que los problemas de la década de los 30 habían vuelto al escenario
mundial.
Krugman
explicó que la demanda agregada era (y es), otra vez, incapaz de aprovechar la
capacidad productiva instalada ya de por si sobreinstalada, la cual en momentos
de recesión se incrementa. Los economistas neoliberales cayeron en el grave
error de subestimar las recesiones y se concentraron únicamente en el cambio
tecnológico y en el crecimiento económico a largo plazo, mientras que en la
práctica todas las economías sufren recesiones consecutivas que destruyen los
progresos anteriores. Krugman considera que se debe responder de acuerdo con
las diferentes situaciones, y además, propone analizar a fondo el carácter de
las crisis, pues son evidencias de problemas estructurales que deben ser
solucionados. Pero como sucedió en los años treinta, los cambios necesarios son
obstaculizados por doctrinas dogmáticas de una ortodoxia obsoleta.
Cuando se
dice que hay que aprender de la historia para no repetirla habitualmente se
hace referencia a que no hemos de olvidar las trágicas consecuencias de un
conflicto armado generalizado pero pocas veces se hace mención que lo que no
hay que olvidar son las causas que las provocaron. Las causas profundas, las
causas reales no las aparentes.
Aprender de
la historia supondría replantearse el papel que los estados europeos, la Unión
Europea, Rusia y los Estados Unidos de América están teniendo en el actual
conflicto de Ucrania y afirmar que son los intereses económicos, de cómo se va
a salir de esta crisis económica y de quién va a ganar con la salida de la crisis
lo que está en juego.
¿Que se
juega en Ucrania? De nuevo los recursos económicos, de nuevo una posición
geoestratégica, de nuevo qué países y dentro de ellos que actores, sacan
provecho de la salida de la crisis mundial y qué países se van a quedar sometidos
o supeditados a los ganadores. La cooperación internacional ha demostrado que
es un instrumento insuficiente para garantizar un periodo de estabilidad
económica. Es la hora del conflicto.
La
integración de Ucrania en uno u otro bloque económicos (occidente vía U.E. o
Rusia) no depende de las afinidades ideológicas o de las virtudes democráticas,
si es que alguno las tiene, de uno u otro actor sino de los beneficios que
estos ofrezcan a sus partneirs. Eso actúa sobre un escenario ya de por
sí conflictivo por la particular historia que arrastra Ucrania desde la
finalización de la Guerra de Crimea, pero las coincidencias étnicas,
lingüísticas, culturales de unos con otros (el este de Ucrania con Rusia y el
oeste con la Europa unida) es un mero divertimento, una mera distracción. De la
misma forma que es una distracción presentar la integración en la UE como la
solución democrática y la vinculación económica con Rusia a la reacción
antidemocrática. Lo que está en juego son los recursos económicos existentes en
la región y sobre todo la posición estratégica de paso de recursos petrolíferos
y gasísticos y el control que ello supone en un mercado cada vez más obstruido
por su dependencia de unos pocos productores para el mantenimiento de la
industrialización, es decir, de los privilegios económicos.
El control
de las economías con pocos extractores de petróleo y gas, un incremento
desmesurado de la demanda y una reducción de la oferta, convierte a los
transportistas en pieza clave de la economía actual. Rusia quiere hacer
depender a Europa de sus recursos petrolíferos y gasísticos. Y por supuesto no
dejar que ningún país de su órbita deje de depender de Rusia. En el centro de
esta guerra en ciernes está Gasoducto Ruso-Ucraniano cuya administración y
régimen impositivo fue la aparente causa del contencioso que sostuvieron a
principios del año 2006 Moscú y Kiev. Este gaseoducto sale de Rusia y atraviesa
Ucrania, dividiéndose en este país en dos ramales, el más importante en
capacidad va hacia el norte a través de Polonia, rumbo a la Unión Europea y uno
que va al sur, hacia los Balcanes y Turquía. Desde luego no se debe permitir
ese dominio a Rusia pero no por la vía de jugar de jugar a Risk con un tablero
a escala real, sino por la vía de garantizar a Europa la necesaria
independencia energética.
Por su parte
lo que necesita Ucrania es un actor que se enfrente a las oligarquías locales,
el poder ruso y a la ambición europea. Pero esa necesidad poco le preocupa a
Merkel, Obama o Putin. Lo que está en juego es otra cosa y en este peligroso
juego existe una contraparte, el Presidente Ruso, que aspira a convertir de
nuevo a Rusia en un imperio donde no se ponga el sol controlando a su población
de cualquier veleidad antipatriotica y al resto de países a cualquier pretensión
de condicionar su política interna y externa. Ha aprendido de China que es la
capacidad económica la que determina su impunidad.
El
Presidente Ruso no se va a limitar a provocar un conflicto armado localizado en
una parte de Ucrania. Va a extender ese conflicto a toda la región para
controlar el paso de sus oleoductos y los de terceros países por Rusia o por
zonas controladas por Rusia. Pero más allá de ese control militar de la región,
Putin va ha interferir en la Unión Europea favoreciendo aquellas opciones
políticas, de cualquier pelaje, que pongan en duda la unidad de la Unión
Europea creando así un enemigo interior que destruya desde dentro a Europa.
Bien harían los gobiernos europeos en vigilar las ayudas que partidos
euroescépticos de extrema derecha o antisistema reciben a partir de ahora pero
sobre todo, bien harían los gobiernos europeos en construir una Europa de los
ciudadanos con menor dependencia energética del petróleo y el gas en lugar de
persistir en una Europa imperial.

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