Con motivo del Día de la Madre, la empresa
Navidul, perteneciente al grupo Camprofrío, ha lanzado una campaña consistente
en regalar a las mujeres que den a luz el domingo 4 de mayo el peso de sus
recién nacidos en jamón
02/05/2014 -
20:44h
Una cerda en una jaula de gestación. Foto: © Jonás Amadeo Lucas / The Animal Day
Con motivo del Día de
la Madre, la empresa Navidul, perteneciente al grupo Camprofrío, ha lanzado una
campaña publicitaria consistente en regalar a las mujeres
que den a luz el domingo 4 de mayo el peso de sus recién nacidos en jamón.
"Queremos hacer un homenaje a las recientes madres en el día más
importante de su vida, entregándoles uno de sus regalos más anhelados tras dar
a luz, porque ser madre en estos tiempos merece algo más que un pan bajo el
brazo", ha proclamado Eduardo Burgos, director de Marketing de Navidul.
Es un regalo muy
triste. Porque recuerda la precariedad material de “estos tiempos”. Y es un
regalo perverso, que recuerda nuestra miseria moral. Porque, apelando a la
natural alegría de las madres humanas por la llegada de su bebé, olvida el
sufrimiento extremo al que son sometidas otras madres. En este caso, las
cerdas. Es un olvido a conciencia, pues Campofrío
ya fue denunciada a través de un vídeo grabado por activistas de Igualdad
Animal en una granja de la provincia de Burgos que le suministra cerdos. Fue la
respuesta de la indignación a un
anuncio de esta empresa en el que ridiculizaba el vegetarianismo. Un anuncio ofensivo
con los humanos compasivos y ofensivo con los cerdos, que son maltratados con
crueldad a pesar de tratarse de animales extremadamente inteligentes y cariñosos,
que en condiciones de libertad se organizan en grupos matriarcales y comparten
un amoroso cuidado de su crías.
No encontraron eso los
activistas en la granja que suministra cerdos a Campofrío, sino miles de
cochinillos confinados, que habían sido apartados de sus madres. Todos estaban
mutilados: les habían cortado el rabo y los testículos, les habían tatuado un
número en la oreja, les habían arrancado los dientes. Todo ello sin anestesia.
Tras varios meses sometidos a engorde, privados de libertad y sin haber
conocido siquiera la luz del sol (solo oscuridad, cemento, hierro oxidado que
deforma sus pezuñas, cuerpos agonizantes y cadáveres a su alrededor), los que
hayan sobrevivido a ese infierno serán subidos a la fuerza a un camión y
conducidos al matadero. El hacinamiento les habrá producido dolorosas heridas,
diversas infecciones y un profundo estrés emocional que manifiestan a través de
comportamientos estereotipados: se dan golpes contra los barrotes, chupan las
rejas, se balancean.
Vean a sus madres y
díganse a sí mismos si no se les parte el alma. No se puede imaginar situación
más desesperante. Unas madres recién paridas que apenas pueden incorporarse
porque están encerradas en una estructura metálica del tamaño de su cuerpo: la
jaula de gestación. Unas madres que, angustiadas, doloridas, cautivas entre
hierros, ni siquiera pueden lamer a sus pequeños hijos. Tumbadas sobre una reja
metálica que filtra sus excrementos, solo son capaces de ofrecer las mamas a
sus cachorros, que a veces mueren bajo su propio peso porque ellas no pueden
levantarse para liberar al que ha quedado atrapado. Unas madres a las que
mantienen aprisionadas en esas jaulas durante años. Cuando ya no puedan parir
más, esas madres exhaustas, derrotadas, enloquecidas, irán también al matadero.
Las jaulas de
gestación para cerdas son auténticos instrumentos de tortura y son utilizadas
por toda la industria cárnica. Peta
lleva años denunciando por su uso a Smithfield Food, con sede en Virginia.
Es la mayor empresa porcina del mundo: mata a casi 30 millones de cerdos al
año. Allí, como aquí, las cerdas son sometidas a ciclos constantes de embarazos
forzados y sus cachorros les son arrebatados a las pocas semanas de nacer. Son
cerdos manipulados genéticamente para que engorden más y se les suministra
grandes dosis de antibióticos para soportar las condiciones de inmundicia en
las que son mantenidos. Al final, aterrorizados y enfermos, son trasladados al
matadero en camiones sin comida ni agua, con temperaturas extremas. El pánico,
el calor y el agotamiento suponen que un porcentaje de ellos, con el que las
empresas ya cuentan, morirá durante su espantoso trayecto hacia la muerte.
También hay cerdas que
no serán admitidas en el matadero por estar cojas o ser ya incapaces de
caminar, así que los procedimientos serán otros. Quizá recuerden otra investigación de Igualdad Animal en una granja de
Murcia, fue noticia porque lo que encontraron allí sobrepasaba todos los
límites: los trabajadores golpeaban con barras de hierro a las cerdas preñadas,
les rajaban el vientre con una cuchilla cuando aún estaban vivas y les sacaban
los lechones. Como la empresa no obtendría el beneficio de su venta, en la
granja Escobar las mataban de esa manera para aprovechar a sus hijos. A raíz de
aquella investigación, se detuvo a dos trabajadores de la granja y está pendiente
un juicio por maltrato animal. Pero si no hubiera sido por los activistas,
seguirían cometiendo esas atrocidades y seguirían lucrándose de esa violencia
contra las madres: Agropecuaria El Escobar había sido premiada en 2008 por la
industria cárnica con el Porc d'Or de bronce por lechones nacidos vivos, en la
categoría de granjas de más de 1.500 cerdas.
Con el sello de
“Calidad Asegurada”, que supuestamente garantiza el bienestar animal, se ha
cubierto también las espaldas la empresa porcina británica Harling, en Norfolk. Pero la
investigación que llevó a cabo Igualdad Animal en una de sus granjas desveló una
realidad atroz. Lechones separados de sus madres, desamparados, que manifiestan
pánico. Lechones que son agarrados por las patas o las orejas y lanzados contra
el suelo. Cerdos aterrorizados por los gritos y los golpes, pateados, sangrando
tras ser apaleados con una tubería o con barras de metal, obligados a moverse a
base de cortes en el lomo con un cuchillo. Cerdos con tumores, hernias y
heridas sajadas en vivo por los trabajadores. Cerdos arrojados vivos, entre
convulsiones, al contenedor de cadáveres. No inventamos nada, todo puede verse
en los documentos de los infiltrados.
Para engañar a los
consumidores, las empresas se valen de esos certificados que presuntamente
garantizan calidad, de esos premios que las prestigian, de esas campañas
publicitarias que las hacen parecer inocentes y solidarias. Campañas como la de
Navidul para el Día de la Madre. Pero no solo engañan así. También calificando de “ibérico” un jamón que no lo es. Engañan diciendo que
son cerdos que han vivido libres en las dehesas, comiendo bellotas durante dos
años, cuando la espeluznante realidad es la que muestran vídeos como los de la
granja de Burgos, donde los cerdos, aparte de ser maltratados, son mestizos de
la raza norteamericana duroc y alimentados con piensos de muy dudosa calidad.
Para hacer efectivo el engaño, recurren a falsas denominaciones de origen, como
“Jabugo” o “Extremadura”.
Dice Enrique Burgos,
director de Marketing de Navidul, que ser madre merece algo más que una barra
de pan. Lo que merecen las madres humanas es saber qué hay dentro de ese pan,
conocer la verdad que empresas como la suya disfraza de regalos. Entendemos que
recurren a cualquier artimaña porque su actividad está en entredicho, como
tuvieron que recurrir a anuncios burlones porque temen que se imponga esa
verdad. Pero ha de saber Burgos que los de su empresa son gestos de los que se
deduce su temor ante la compasión que se abre camino: “Primero te ignoran,
luego se ríen de ti, luego te atacan. Entonces ganas”, proclamó Gandhi.
En ese camino de la
compasión celebramos el día de la madre humana, creadora de vida. Pero también
el de la madre cerda, convertida por las empresas humanas en
productora de carne, obligada a parir y a amamantar a sus lechones en una
jaula. Y el de la madre vaca, convertida en productora de leche,
condenada a parir terneros que le serán arrebatados a los pocos días. Y el de la madre oveja y la madre cabra, convertidas en
productoras de corderos y cabritos, que son sus crías aunque parezcan solo el
nombre de un asado. Y el de la madre gallina, convertida en productora de pollos,
unos hijos a los que ni siquiera se le da la oportunidad de conocer. Y el de la madre perra, convertida en productora de cachorros
que irán a parar a la cárcel de un escaparate y al capricho de la
irresponsabilidad.
Porque ninguna madre
merece ser explotada, torturada, despreciada, separada de sus hijos.
En las jaulas de gestación las cerdas apenas pueden incorporarse. Foto: ©
Jonás Amadeo Lucas / The Animal Day
Fuente: www.eldiario.es
No hay comentarios:
Publicar un comentario