Artículos de
Opinión | Manuel Bayón* | 05-03-2014 |
Parte este
artículo de dos consideraciones. En primer lugar, si bien la cooperación al
desarrollo tiene innegables fines geoestratégicos, las políticas públicas de
cooperación son también políticas redistributivas.
Los recortes en cooperación
no dejan de ser recortes sociales y por ende, agresiones a los derechos
humanos. Se tratan de políticas que fueron logradas a través de la movilización
social, y la célebre campaña por el 0,7% que en el año 1994 inundó las calles
con acampadas y manifestaciones. En segundo lugar, la cooperación en las dos
últimas décadas ha sido un sector en el han entrado múltiples entidades, desde
congregaciones religiosas, partidos políticos o empresas multinacionales. Este
artículo quiere centrar el análisis en la cooperación laica y progresista
realizada por ONGDs que ponen en duda las formas de expolio internacionales y
buscan modificar esos mecanismos generadores de desigualdades a través de los
fondos destinados a la cooperación al desarrollo.
Internacionalismo
desde la base Incluso en las ONGDs más austeras, el boom de la cooperación de
los años previos a la crisis generó un fuerte trabajo burocrático que superó,
en un alto porcentaje de organizaciones, la capacidad de la base organizativa
de mantener una participación en las decisiones. Esta separación entre las
bases y el trabajo de cooperación provocó que esa relación internacionalista
fuese llevada a cabo por la parte laboral de las ONGDs. A grandes rasgos, la
generación que formó parte del internacionalismo más militante desde los años
80 fue sucedida cualitativamente por una generación de cooperantes que se
dedicaban al internacionalismo de forma más laboral.
En el
contexto de esta estructura de trabajo, las campañas promovidas por la
necesidad política de actuar mediante la solidaridad internacional fueron
progresivamente siendo sustituidas por proyectos de cooperación que conllevaban
una inmensa tarea de petición y justificación de subvenciones públicas que
marcaban de una forma creciente el día a día de las organizaciones. Ello ha
devenido en una excesiva burocratización de las relaciones entre organizaciones
del Estado español y del resto del mundo, quedando la militancia más destinadas
a un trabajo de sensibilización o de incidencia política en el Estado español.
De esta forma, la base militante de las organizaciones internacionalistas ha
dejado de tener un vínculo directo con las reflexiones y decisiones propias del
acompañamiento político de los procesos sociales de las organizaciones con las
que se trabaja en otros países. Ese vínculo ha sido asumido por un aparato
laboral que no existía en el internacionalismo del Estado español antes de la
llegada de los fondos de cooperación al desarrollo desde los años 90.
Estos
aparatos laborales de las ONGDs laicas y progresistas tienden a la desaparición
en el contexto de recortes y en ausencia de fondos a través de instituciones
religiosas o tras el rechazo a ser financiadas por la Responsabilidad Social
Empresarial de las empresas trasnacionales. Esta desaparición puede ser vista
como una oportunidad hacia el futuro: ello va implicar de forma necesaria que
las relaciones internacionales van a volver a la militancia de las
organizaciones, y que las tareas burocráticas asociadas al ejercicio del
internacionalismo van a decaer a mínimos y a perder relevancia en el trabajo
diario, lo que sin duda, abrirá espacios de reflexión y acción entre las
personas en la base de las ONGDs.
Descolonizar
las relaciones internacionalistas La transferencia de fondos de cooperación al
desarrollo implica una relación de poder en la que se establece una jerarquía
entre las organizaciones que transfieren los fondos y aquellas que las reciben.
Esa relación de poder ha generado múltiples efectos: desde el establecimiento
de metas para las organizaciones que reciben los fondos, hasta criterios de
funcionamiento interno o contratación de personal. Una relación de poder que
puede verse mitigada en el caso de organizaciones con lazos fuertes, o
reforzada en los casos en los que las ONGDs actúan como meras financistas, sin
una confianza institucional mutua entre organización financista y financiada,
en el contexto del apartado anterior, en el que la relación ha sido manejada de
forma creciente por un aparato laboral dentro de las ONGDs. Por tanto, estamos
ante una colonialidad del poder generada por la disposición de fondos de
cooperación en países enriquecidos, que transfieren fondos a organizaciones de
países receptores de ayuda oficial al desarrollo. Este tipo de colonialidad se
expresa fundamentalmente a través de una colonialidad del saber, en la que la
organización española realiza un seguimiento, acompaña y asesora en su propio
país a la organización o institución a la que transfiere los fondos, lo que no
sucede en sentido opuesto. Ello implica que hay una organización en España, que
es quien ayuda a las demás desde una postura de jerarquía, aunque tenga una
amplia casuística.
La
circunstancia que ha extremado este proceso ha sido el gran caudal de fondos
disponible hasta que comenzaron los recortes en 2009, que generaba proyectos de
grandes cantidades, que eran puestos en terreno en ocasiones de forma poco
meditada por un aparato laboral saturado de un trabajo burocrático que imponía
sus propios plazos. Estamos en un momento en el que se puede realizar una
evaluación de las consecuencias de la cooperación progresista en las
organizaciones sociales a las que se ha financiado con grandes proyectos. No
cabe duda de que esos proyectos habrán generado cuestiones positivas. Sin
embargo, la burocratización de quienes lideran procesos sociales, las
divisiones internas provocadas por la existencia de elevada financiación o la
dependencia de fondos externos en organizaciones antes autogestionadas han sido
variables de análisis en distintas investigaciones sobre la incidencia de la
llegada de proyectos en las organizaciones sociales de América Latina.
La
desaparición de fondos económicos en las relaciones puede hacer a las
organizaciones sociales transitar hacia una descolonización del
internacionalismo y hacia la construcción de unas relaciones basadas en el
apoyo mutuo, no mediadas por una jerarquía entre entidad financista y
financiada.
Relaciones
internacionalistas multidireccionales La sociedad española ha cambiado muchas
de las percepciones propias de la época de apogeo del Estado del bienestar a
raíz de la crisis económica y política por la que atraviesa el país. La
situación de robo que está sufriendo la población invita a reflexionar y actuar
de forma más intensa sobre los mecanismos generadores de desigualdades, innatos
a un capitalismo en el auge de su globalización, y sobre los métodos
internacionales que han de ser usados para derribarlos. En este contexto se han
generado huelgas sindicales europeas o movilizaciones simultáneas en numerosas
ciudades de todo el mundo a través de Occupy. Por otro lado, hay países como
los sudamericanos, que han pasado hace pocos lustros por procesos muy similares
de despojo neoliberal, y el internacionalismo está aportando un aprendizaje
valiosísimo de estas experiencias.
Bajo esta
situación, la sociedad española no ha olvidado las campañas por Palestina, el
Sáhara, Colombia u Honduras, por poner algunos ejemplos. Y además, es más
necesario que nunca un internacionalismo trasversal a todas las luchas sociales
que se están produciendo: en el movimiento feminista en estos días en los que
el derecho al aborto está cada vez más penado en todo el mundo, en las luchas
ecologistas interconectadas por un modelo extractivista que no diferencia entre
el fracking y el Yasuní, por los derechos laborales en medio de una coacción
empresarial creciente en todos los continentes, y así un largo etcétera. No se
trata de un invento postcrisis, sino una forma de entender la luchas sociales
que tiene décadas de experiencia.
Debemos
juntarnos en las calles para protestar contra todos los recortes sociales, pero
también debemos deconstruir la idea de que la afluencia masiva de fondos de
cooperación internacional es un mecanismo imprescindible para llevar a cabo
transformaciones sociales. Necesitamos un internacionalismo emancipatorio, de
base, que no reproduzca el colonialismo en sus relaciones, y trasversal a todas
las luchas sociales, porque será la única forma de construir alternativas
globales desde abajo. En un mundo cada vez más interconectado, las propuestas
de cambio de este modelo depredador solo pueden surgir de alianzas
internacionalistas.
*Manuel
Bayón, residente en Ecuador y militante en distintos procesos sociales en el
país. En el Estado español fue parte de distintas organizaciones
internacionalistas con Oriente Medio y América Latina.
Fuente: www.tercerainformacion.es

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