La revista
Forbes acaba de publicar su última lista sobre las personas más ricas del
mundo. A ella se incorporan siete individuos más nacidos en el Reino de Juan
Carlos de Borbón y Borbón –Borbón por partida doble, que no es moco de
pavo-, siete ultraricos más que con toda probabilidad contribuirán de modo
“peculiar” al Erario y que desarrollarán buena parte de su actividad económica
en paraísos fiscales y laborales. La revista Forbes –su fundador B. C.
Forbes se crió en las faldas del Ciudadano Kane- está especializada
en las cosas que le ocurren a la gente que tiene mucho más dinero del que
podría gastar en cien vidas y eso la ha hecho muy atractiva para quienes no
tienen que llevarse a la boca ni saben que comerán sus hijos al mediodía.
Aparte de eso, y aunque esa no sea su intención, la revista nos da una pista
bastante certera sobre quiénes son los individuos más detestables que existen
en España y en el mundo, pues no pueden recibir otro calificativo quienes
acaparan dineros sin mesura, sin otra ambición –superado lo que sería
éticamente admitido- que la de amontonar bienes y riquezas porque si a
sabiendas de que la riqueza es finita y que su acaparamiento en pocas manos
hace que la miseria alcance a un número cada vez mayor de seres humanos para
los que su vida ya estaba escrita antes de nacer. De lo que no habla Forbes es
de la lista de las personas más pobres de la Tierra, por tres razones, una
debido a que no es ese el objeto de su trabajo; otra, que no habría papel
suficiente en el mundo para poder publicarla; la tercera, que no interesaría a
nadie y, por tanto, no daría ganancias. De modo que sólo utilizaremos la lista
Forbes para saber qué hacer con sus protagonistas el día que el mundo tome la
senda de la razón y la humanidad, entre tanto, a buen recaudo para no olvidar.
Independientemente
de lo que publica Forbes para aquellas personas que se encandilan y emocionan
viendo como los ricos también lloran –no es su culpa, los han fabricado así
adrede-, está la realidad. Desde que comenzó la desregulación y la conversión
del Estado en policía encargado de proteger los bienes de los que más tienen,
desde que los centros mundiales de producción se han trasladado a lugares de
Oriente dónde no existen los derechos sociales, laborales, políticos y económicos,
desde que la tecnología permite mover cantidades enormes de dinero de un confín
al otro del mundo con sólo tocar dos teclas, desde que los trabajadores –del
tipo que sean- han perdido cualquier vínculo de clase y de respuesta ante la
agresión más grande que han sufrido desde la Segunda Guerra Mundial, se ha
producido un trasvase inmenso de rentas del trabajo a las rentas del capital,
sumiendo en la pobreza no sólo a quienes sobran del mercado laboral sino a
aquellos que trabajan continua o discontinuamente por un salario ridículo sin
saber que pasará mañana. La pobreza y la incertidumbre se extienden por la faz
de Europa, y en España han puesto su campamento base. Desde la Unión Europea,
el FMI, el Gobierno de España y otras instituciones parasitarias y destructoras
se habla de una tibia mejoría de los datos macro mientras el número de
excluidos y de pobres de solemnidad alcanza cifras que aquí sólo se conocieron
durante la posguerra franquista, es decir, hasta finales de la década de los
setenta. La mano invisible que mueve el mercado y en la que tanto confían Rajoy,
Guindos, Borbón, Lagarde, Merkel y toda su trupe circense está causando
estragos globales porque nunca fue invisible: Sus nombres salen todos los años
en esa famosa revista antes mencionada. Existe, aunque no lo parezca, un
gobierno mundial que dicta normas de obligado cumplimiento que están ahogando a
países enteros como el nuestro y a otros que ya nacieron asfixiados pese a sus
inmensas riquezas, esos que expulsan a sus habitantes desesperados para que
salten la verja llena de cuchillas y lleguen –si no son tiroteados- a ninguna
parte. Empero, no existe un gobierno estatal ni uno europeo que se preocupe de
los problemas de los ciudadanos y trate de solventarlos, todo se deja al albur
de esa mano invisible que todos conocemos y que jamás –apuesto lo que quieran-
será capaz de crear trabajo ni bienestar porque eso no está dentro de sus
competencias ni de sus intereses: Bajar los salarios y las condiciones
laborales generales hasta hacerlas similares a las de los países de Oriente es
la única política económica que se aplica en nuestro ámbito, en la certeza de
que los hijos de buena estirpe progresarán adecuadamente y en la no menos
atinada tesis de que quienes no pertenecen a ellas ni son amigos de los dueños
de las manos invisibles regresarán a la condición de vasallos, súbditos o
mendigos por mucho que se preparen y lo intenten.
España no
rompió los modos y maneras manejados durante el franquismo y que, dicho
sucintamente, se basaban en una justicia hecha a la medida de los poderosos
–“desengáñese Sr. Angosto –dijo una vez el diputado Popular Juan R. Calero
a mi padre en un juicio- el Código Penal lo hicimos para los pobres y el civil
para los ricos…”- que mantiene a estos y a sus compinches al margen de
cualquier sentencia que les obligue a residir en prisión durante un tiempo o a
la perdida de los bienes arteramente conseguidos. Al tratarse de una economía
colonizada ya que la mayoría de las grandes empresas que aquí actúan son
multinacionales o han sido vendidas a ellas, no existe dentro del país ningún
poder decisorio respecto a la estrategia que vayan a seguir, lo que, con
leyes ad hoc como la reforma laboral del PP, permite que una compañía como
Coca-Cola –en manos de la familia Daurella, enriquecida durante y
gracias al franquismo- con más de 900 millones de euros de beneficios durante
el año pasado, se permita cerrar cuatro plantas rentables y despedir a 1200
trabajadores. Al no existir una justicia democrática y regir la impunidad para
los de arriba, las relaciones políticas, económicas y sociales se basan casi
exclusivamente en el caciquismo, el clientelismo, el amiguismo y la corrupción
en todas sus variantes, dejando los principios de mérito, esfuerzo o necesidad
para simiente de rábano, que ya se sabe se cotiza muy bien en el Nasdaq
neoyorquino. Nada escapa a las redes clientelares, nada al nepotismo, nada a la
corrupción y quien intenta buscarse la vida de una forma honrada tropieza una y
otra vez contra un muro cada vez más fuerte que no se puede atravesar si no te
abre la puerta –y aceptas las condiciones impuestas- uno de la casta.
Si a todo
este orden de cosas, añadimos que el franquismo sigue siendo una ideología
legal en España –de hecho está en el poder-, que la iglesia Católica, con sus
inmensas manos muertas y su enorme poder para moldear conciencias infantiles
desde las escuelas privadas que pagamos entre todos, vuelve a influir sobre el
poder político como en sus tiempos de gloria; que las grandes fortunas del
país, que apenas pagan impuestos, tienen sus orígenes en la dictadura y siguen
usando los mismos métodos de entonces más los nuevos de hoy, que la
deslocalización permitida y fomentada junto a las nuevas tecnologías permite a
las empresas producir mucho más con mucha menos mano de obra gracias a la
desregulación laboral y a que la jornada laboral no ha disminuido –antes al
contrario- desde 1919, no hace falta ser un experto en análisis y prospectiva
económica para concluir que, de no cambiar mucho las cosas, el paro, la pobreza,
la impunidad y el privilegio se están convirtiendo en nuestro país en endemismo
de muy difícil erradicación.
El modelo
ideado durante la 'Transacción' permitió que no sólo los modos y costumbres del
franquismo siguiesen entre nosotros, sino también las familias que hicieron su
agosto durante aquel tiempo ominoso. La corrupción generalizada –sí, digo
generalizada porque aquí instituciones, empresas, bancos, iglesias y
paniaguados forman parte de una inmensa madeja de mierda que impide el
desarrollo y el progreso del país en su conjunto- y la impunidad, pese a las
gilipolleces que dice una y otra vez el señor que reside en Moncloa, están
llevando al país a un callejón sin salida en todos los órdenes de la vida,
económicos, políticos, culturales y personales. El país está en almoneda y los
paisanos sin saber a qué lado mirar porque ya no hay sitio del que no emane gas
mortífero. Se impone, y es de urgencia, la convocatoria de una Asamblea
Constituyente por todas aquellas fuerzas políticas que crean, de verdad, que no
tengan ninguna relación con el abominable régimen anterior y tengan, de verdad,
fe ciega en un país que a día de hoy tiene una de las más preparadas
generaciones de jóvenes de su historia. Esto ha llegado donde iba. Ser o no
ser, esa es la cuestión.
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