A las cuatro
y media de la madrugada, Javier apaga el despertador, se levanta, se ducha,
desayuna, se prepara el bocadillo y sale a la calle. Una bocanada de aire frío,
le entra directamente a los pulmones mientras se dirige a la parada del
autobús...
nuevatribuna.es | Comité de Empresa TCC | Pamplona | 21 Noviembre 2013 - 20:02 h.
A las cuatro
y media de la madrugada, Javier apaga el despertador, se levanta, se ducha,
desayuna, se prepara el bocadillo y sale a la calle. Una bocanada de aire frío,
le entra directamente a los pulmones mientras se dirige a la parada del autobús
que le llevará al trabajo. Minutos más tarde éste aparece, primero como una luz
lejana y luego como una realidad contundente, el autobús que le llevará hasta
las cocheras.
Saluda al
compañero que conduce, y se compadece porque seguramente se ha levantado antes
que él. Al entrar saluda también a un puñado de compañeros que casi dormitan en
silencio, en la penumbra del vehículo, que se desplaza con cierta velocidad,
arañando unos minutillos al comienzo de una dura jornada de trabajo.
Javier es
conductor de autobuses urbanos en Pamplona y su comarca. Las cariñosamente
denominadas “villavesas”. Hace una década que comenzó, y sin cambiar de trabajo
cambió cuatro veces de jefes. Es que el servicio que prestaban entre una
cooperativa y una S.A.L. pasó a unificarse bajo la propiedad de la Mancomunidad
de la Comarca de Pamplona, quien a su vez llama a concurso para su explotación.
A partir de
ese entonces entre “ofertas temerarias” y venta de las compañías
concesionarias, los distintos encargados de pagarle su nómina a regañadientes,
decían que la concesión era inviable económicamente.
La MCP;
órgano político en lugar de atajar el problema, en ocasiones miraba para otro
lado y en otras se miraba el ombligo. El discurso del plan de movilidad
sostenible era políticamente correcto. Y de una cosa tan sencilla que es llevar
a la gente de Pamplona y su comarca a sus trabajos, sus centros de estudios, sus
centros médicos, sus sitios de ocio y esparcimiento, lo complicaron a través de
una telaraña burocrática, donde muchos “iluminatis” sin bajar desde su Olimpo,
rigen el destino de una inmensa mayoría, que los sufre en silencio, como si se
tratara de hemorroides.
El autobús
llegó a cocheras. La algarabía del centro de trabajo contrastaba con el
silencio que minutos antes se respiraba en el autobús. Todos tenían cosas que
contar. En un trabajo que se realiza de forma individual, se echa en falta el
diálogo entre compañeros, por eso los escasos momentos entre que confirma su
llegada ante el inspector de turno, y hasta que se sube al autobús asignado,
echa el dinero de la recaudación anterior en la máquina, y se toma un café
compartiendo el único escaso tiempo con los otros conductores, que explican sus
experiencias. Como hoy le tocó una de las líneas “malas” aprovecha para ir al
servicio, ya que el día anterior casi le revienta la vejiga. Han ajustado el
tiempo de expedición al máximo; por lo que cuando llega a las cabeceras, tiene
que salir sin un respiro a realizar la expedición en sentido contrario.
Por fin sube
al autobús que le han asignado. ”Espero que le hayan arreglado la calefacción”
piensa, ya que el día anterior casi se le congelan los pies. Cuando lo
enciende, el panel de control parece un árbol de navidad. Testigos encendidos
de falta de anticongelante, desgaste de pastillas de freno, ABS, EBS, etc. La
pantalla de SAE está apagada, por lo que decide llamar por la emisora. Como a
esa hora los casi cien conductores que comienzan el servicio tienen problemas
similares, la emisora se encuentra colapsada, por lo que decide emprender
viaje, y comunicar más adelante esos fallos, que son habituales.
Llega a la
cabecera con el tiempo justo, ya que si llega antes se vería obligado a apagar
el autobús, y eso conllevaría correr el riesgo de que después no arranque.
-Buenos
días-le dice al primer pasajero, que se encontraba en la marquesina esperando.
-Tu compañero me vio que venía corriendo y no me esperó-contesta el viajero enfadado.
-Es que hay unos horarios- responde Javier tratando de justificar a su compañero.
-¡Serán cuando os conviene!-replicó el individuo gritando-El otro día estuve casi media hora esperando el autobús y no pasaba. Llegué tarde al trabajo.
-Tu compañero me vio que venía corriendo y no me esperó-contesta el viajero enfadado.
-Es que hay unos horarios- responde Javier tratando de justificar a su compañero.
-¡Serán cuando os conviene!-replicó el individuo gritando-El otro día estuve casi media hora esperando el autobús y no pasaba. Llegué tarde al trabajo.
Javier
recordó que hace un par de días se averió un autobús y el tiempo de espera se
duplicó. Cada vez se averiaban los autobuses con más frecuencia, y las quejas
de los usuarios iban directamente dirigidas a ellos, los conductores que poco
podían hacer para evitar tales averías.
Cuando
comprobó que, a pesar de que la temperatura del motor estaba a 80º, la
calefacción no funcionaba, decidió llamar por la emisora. -Adelante- escucha, y
le cuenta todo lo que debió de haberle dicho antes de salir al servicio.
-¿Y ahora te
has dado cuenta?-contesta el inspector desde la base.
-Me di cuenta desde hace días, pero a pesar de las notas de taller, este autobús continúa igual.
-Deja otra nota-le contesta un agobiado inspector, al que se le multiplican los problemas similares al de Javier.
-Me di cuenta desde hace días, pero a pesar de las notas de taller, este autobús continúa igual.
-Deja otra nota-le contesta un agobiado inspector, al que se le multiplican los problemas similares al de Javier.
En una
parada se encuentra un cliente en silla de ruedas. Javier arrima el autobús a
la acera, lo mejor posible, debido a que se encuentra un vehículo mal aparcado,
haciendo imposible entrar a la parada. Se dispone a sacar la rampa, pero cuando
comienza a salir, se vuelve a meter. Prueba dos veces más, se baja del autobús
y “ayuda” con la mano, pero la rampa vuelve a meterse. Le explica al usuario
que no funciona y avisa por la emisora. Le contestan que le diga al usuario que
están tratando de solucionar el problema, y que en breve llegará un vehículo
para llevarle. El minusválido se resigna y dice que ya esperará el siguiente
como suele ocurrir siempre. “¡Pobre!” piensa Javier, otro cliente que tuvo un
problema similar montó un escándalo que le dejó mal temple durante toda la
jornada.
Helado de
frío, con retraso debido al incidente con la silla de ruedas y un público
cabreado por las consecuencias de dicho retraso, Javier recordó que el domingo
pasado habían publicado en el Diario de Navarra, una nota de la gerencia de la
empresa concesionaria, diciendo que ganaba seis mil euros más que los que se
regían por el convenio del transporte. Justificando que le quisieran bajar el
sueldo, quitar la paga extra y aumentarle la jornada de trabajo.
Además en el
mismo ejemplar hacía alusión al déficit que soportaba la MCP con respecto a las
“villavesas”, dando lugar a interpretar que el déficit sería porque tanto él
como sus compañeros ganaban “demasiado”.
Una cosa era
que MCP hubiese derrochado en gastos a la hora de comprar equipos sofisticados
como el SAE, que no terminaban de funcionar bien, y en pagar el doble o el
triple de su salario a “técnicos” que estudiaban eternamente el cambio de
itinerarios, tiempos de expedición, frecuencias, recorridos, etc… Y que, al
hacerlo, sin tener en cuenta la opinión de la gente de la calle, lo hacían mal.
Como consecuencia, el servicio cada vez perdía más clientes, con lo que el
déficit aumentaba.
Pero eso no
tenía nada que ver con su nómina. A él le pagaba la empresa concesionaria, no
la MCP. Y la empresa concesionaria, cuando se presentó a concurso, se
comprometió a subrogar la plantilla de trabajadores, con las condiciones de ese
entonces. Esta empresa, que es un grupo catalán presentó una oferta “temeraria”
con el fin de obtener la concesión, frente a sus competidores que habían
conseguido mejores condiciones por parte de MCP, al ponerse de acuerdo y no
presentarse la primera convocatoria. Al quedar desierta MCP mejoró las
condiciones, pero TCC (que así se llama la actual concesionaria) ofreció una
oferta más baja que la de la primer convocatoria. Cualquier persona con el
mínimo sentido común podría haber supuesto que no tardarían mucho en tener
problemas económicos.
Fue solo
cuestión de tiempo que TCC solicitara a MCP el equilibrio económico que todo el
mundo esperaba. MCP le “perdonó” parte de la sanción correspondiente al
compromiso de viajeros. Se habían perdido casi cuatro millones de viajeros y
eso suponía muchísimo dinero. Pero TCC no consideró esta medida suficiente, ya
que como cualquier empresa privada que gestiona un servicio público, su
objetivo es ganar dinero. Así que aprovechando la reforma laboral, intentó
aplicar la misma y sacar de los trabajadores la diferencia económica que le
permitió ganar la concesión con una oferta inexplicable.
Javier
recordó que cuando él entró a trabajar un billete costaba 0,78€. Para 2014
habían anunciado que costaría 1,35€, casi el doble, mientras que su sueldo
escasamente había subido al ritmo del IPC, lo que significaba una evidente
pérdida de poder adquisitivo. Sin tener en cuenta, que la mujer de Javier hace
dos años quedó sin empleo y no ha podido conseguir otro. Que la prestación por
desempleo se le acabó y no le corresponde prórroga debido a que el servicio
nacional de empleo, considera que Javier gana suficiente para mantener su
hogar. Que sus hijos han crecido y ya tienen que pagar transporte para ir a sus
centros de enseñanza. Que el mayor va a empezar la universidad y las tasas se
dispararon. Que el IVA de todo, ha subido, repercutiendo en su economía.
Que aún así
sigue pagando su hipoteca, aunque ya hace años que no sale de vacaciones. Que a
diferencia de los trabajadores “normales” incluidos los del sector del
transporte, de los que dicen ganan seis mil euros (brutos, o sea antes de que
le descuenten todo lo que les descuentan) menos él, que tiene que trabajar dos
fines de semana por mes. Dos fines de semana que los directivos de su empresa,
los de MCP y todos los que consideran que gana demasiado, los aprovechan para
compartir con su familia, amigos o lo que se les da la gana. Javier sabe que la
vida tiene sentido de ida nada más. Que esos fines de semana que su familia no
podía disfrutar con él del tiempo libre son irrecuperables. Por eso le molesta
que le comparen con otros trabajadores que, además de poder compartir su tiempo
libre con los que quieran, no sufren las consecuencias del deterioro de un
servicio público, por el que tiene que dar la cara, porque los verdaderos
responsables se esconden bajo sus acomodados puestos.
Es hora
valle. Como ha podido, fue ganándole tiempo al tiempo y ya no va con retraso;
es más, ahora le sobran un par de minutos en una cabecera que se dedica a
zamparse el bocadillo. Antes iba a un bar y se comía un pincho, pero ahora
aunque le toque una línea “menos mala” su economía no le permite comer ese
pincho. Escasamente pide un café cuando tiene que ir al servicio de un bar, ya
que MCP todavía está considerando la posibilidad de poner urinarios en las
cabeceras. Una cosa tan simple, que se usa en fiestas de pueblos, en San Fermín
y que no tardarían más que horas en colocarlos se lo siguen pensando.
Mientras,
haber estado tres años saliendo y llegando el servicio a unas segundas cocheras
en Orikain, con el gasto inútil que supusieron. Añadiendo las dificultades
técnicas y la molestia originada al descentralizar un centro de trabajo, les
pareció de lo más normal.
Mientras se
le pasan estas cosas por la cabeza recibe un whats up con el calendario de
movilizaciones. Cuando lo lee no puede evitar pensar en los tiempos que se avecinan.
Cada día que trabaja la empresa le paga menos de lo que le descuentan por cada
día de paro. La presión económica es fuerte. Pero sabe que el deterioro
constante de sus derechos, de su poder adquisitivo, de lo que hace que cada vez
que suena el despertador saque fuerzas para enfrentarse al día a día… depende
en definitiva, de plantarles cara y que sepan que esta empresa, este servicio,
se hace gracias a que gente como él está ahí.

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