Publicado en 2013/11/04
Una reseña de Francisco Sobrino
«Arbeit macht frei. El trabajo y su
organización en el fascismo (Alemania e Italia)» de Alejandro Andreassi Cieri Madrid, El Viejo
Topo/Fundación de Investigaciones Marxistas, 2004, 502 páginas
El historiador argentino Alejandro Andreassi,
actualmente profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de
Barcelona, inicia el título de su libro con la frase “El trabajo os hará
libres”, lema escrito en el dintel de la entrada al campo de concentración de
Auschwitz. De eso se trata; de interpretar el fascismo a partir de la forma en
que sus dos variantes más destacadas, la italiana y la alemana, organizaron el
trabajo para llevar la utopía fascista hasta sus últimas consecuencias.
Comienza analizando su relación con corrientes como el
fordismo o el taylorismo, que reorganizaron los sistemas de producción
capitalista. Estas corrientes eran anteriores a (e iban mucho más allá de) la
organización laboral fascista, aunque se adecuaban a los presupuestos
biologistas explícitos en la misma, que eran compartidos además por las clases
dominantes y sus intelectuales “orgánicos”.
El autor nos ofrece mucho más de lo que el título
indica. Dedica prácticamente la mitad del libro a investigar la época
inmediatamente anterior a la irrupción y triunfo del fascismo. Las últimas
décadas del siglo XIX y las primeras del XX, y especialmente los años de la
Primera Guerra Mundial son el marco cronológico en el que se desarrollan las
experiencias y teorías que van a provocar un cambio fundamental en las
estructuras productivas a partir, sobre todo, de la década de 1920. Los dos
primeros capítulos indagan en esa época, rastreando los antecedentes de lo que
será la específica organización del trabajo bajo el fascismo. En ellos se
muestra cómo a fines del siglo XIX la burguesía alemana recurrió a la ciencia
con un doble propósito: por una parte, llevar a cabo la segunda revolución
industrial y, por la otra, justificar y legitimar el orden social existente
intentando frenar la ascendente movilización obrera, que se reflejaba en ese
entonces en el crecientemente influyente movimiento socialdemócrata alemán.
Describe cómo al mismo tiempo se introducían en Europa
(y muy especialmente en Alemania) la teoría que desarrollaba en los Estados
Unidos F. W. Taylor, y los nuevos métodos fordistas de producción. Empresarios
y académicos compartían su interés por estas cuestiones, dando lugar a la
aparición de una nueva teoría como la Arbeitswissenschaft -Ciencia
del Trabajo-, en la que se integraban los principios biologistas y la ergonomía
propia de los argumentos tayloristas para alumbrar una nueva Organización Científica
del Trabajo (OCT). Al mismo tiempo comenzó la elaboración teórica de una Arbeitsgemeinschaft -Comunidad
de Trabajo-, que integraría a empresarios y trabajadores de una forma
jerárquica -pero armónica-, lo que se justificaba con criterios biologistas,
que pretendían demostrar la superioridad genética de unos (y por eso
empresarios) sobre los otros (y por eso trabajadores). Intentaban así
aprovechar el prestigio de la ciencia para justificar el mantenimiento de las
relaciones sociales existentes no sólo con argumentos jurídicos o ideológicos,
sino especialmente mediante principios “científicos”, haciendo del orden social
vigente algo natural e irrefutable.
Durante la república de Weimar ese nuevo paradigma
cientificista se hizo hegemónico. La sociedad fue analizada en términos
biológicos, y se diagnosticó que la alemana era una “sociedad enferma”, que
necesitaba un enérgico tratamiento quirúrgico (como el aplicado por Mussolini
en Italia). Se adoptó el vocabulario médico: enfermedad, infección, contagio,
degeneración, tumor, amputación, etc. Los problemas sociales fueron
interpretados como trastornos de un organismo vivo, que podían ser tratados con
los recursos de la ciencia; biológicos, médicos, higienistas, antropológicos…
Todos estos elementos darían forma más tarde al contexto teórico del genocidio.
En esos años se imponen los principios de la OCT y la “racionalización” de la
economía alemana. La OCT deteriora las condiciones de trabajo, haciendo éste
más alienante, incrementando sus ritmos, aislando a los trabajadores y
destruyendo los vínculos de solidaridad de clase. Justamente esos resultados,
además las ganancias que proporcionaban, el entusiasmo empresarial con la OCT.
Para el autor no puede explicarse el ascenso del
fascismo y su triunfo sin atender a la complicidad que se estableció entre las
organizaciones fascistas y sectores poderosos del gran capital y del Ejército.
Explora y demuestra esa complicidad mediante una muy matizada lectura del
antiguo debate sobre las relaciones entre fascismo y capitalismo, alejada del
economicismo y enriquecida con los aportes hechos en los últimos tiempos desde
campos no siempre bien atendidos por los historiadores, como la filosofía
política o la sociología, sin olvidar el uso de literatura relacionada con la historia
de la medicina o con los avances de la genética, imprescindibles para
caracterizar las propuestas biologistas que fundamentaban la ingeniería social
del fascismo.
Estudia cómo el trabajo se convirtió, tanto en
Alemania como en Italia, en un factor decisivo a la hora de establecer la
inclusión (o la exclusión) de los individuos en la “comunidad nacional”. De qué
manera el trabajo servía al mismo tiempo como fórmula para aumentar la cohesión
social y como castigo para quienes mostraban actitudes que ponían en peligro
dicha cohesión (y que eran condenados a campos de trabajo forzoso, como el
creado en Dachau ya en 1933). El trabajo era, así, tanto elemento de
integración en la Volksgemeinschaft como forma de castigo de
las conductas consideradas “asociales”. En el marco de las dictaduras fascista
y nazi, se pudieron implantar los principios de la OCT prácticamente sin
resistencia (dada la liquidación previa que se había hecho de las
organizaciones políticas y sindicales de izquierda), lo que permitió incrementar
la productividad con escaso o nulo crecimiento del costo laboral y por lo
tanto, aumentar espectacularmente las ganancias empresariales.
Es entonces cuando la colaboración entre el estado
nazi y las grandes empresas alcanza su punto culminante, y también su mayor
abyección: el uso de la mano de obra esclava que proveían las SS y que se
obtenía en los guetos y en los campos de trabajo y/o exterminio, y que estaba
constituida mayoritariamente (aunque no exclusivamente) por trabajadores
judíos. El genocidio formó parte de un plan fundado en delirantes teorías
raciales, pero tuvo además un contenido económico aún más estremecedor.
Lo que aquí se ha comentado no agota ni de lejos el
gran número de sugerencias y reflexiones de este libro, imprescindible para
conocer en profundidad la naturaleza del fascismo.
Francisco T. Sobrino
Consejo de Redacción de Herramienta
Fuente: http://dedona.wordpress.com/

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