Por Pedro
L. Angosto | Construir
un Estado de Derecho es una tarea ardua que cuesta siglos; educar a un pueblo
es misión dificilísima que supera el corto espacio de nuestras vidas; enseñar a
amar la libertad y la justicia social, un objetivo perpetuo de las sociedades
avanzadas. Destruir todo eso, imponer un viva a la muerte exterminador, se hace
en dos años, poco más.
nuevatribuna.es
| Pedro Luis Angosto | 05 Noviembre 2013 - 15:38 h.
El 12 de
octubre de 1936 se celebró en la Universidad de Salamanca el día de la raza. En
el acto –cuyos pormenores deberíamos saber de memoria todos los ciudadanos de
España y pasarlos de generación en generación como uno de nuestros más grandes
y ejemplares hitos históricos- varios oradores hablaron de la barbarie roja y
la necesidad de acabar con la Anti-España. Cuando más arreciaban los gritos
contra la horda marxista y los vivas a la muerte en honor a Millán Astray,
presente en la ceremonia, Miguel de Unamuno, que no tenía intención de hablar
ante aquella pandilla de bárbaros, se levantó del sillón rectoral y, sabiendo
que se jugaba la vida, dijo: “Acabo de oír el grito necrófilo de ¡Viva
la muerte! Esto me suena lo mismo que ¡Muera la vida! Y yo, que he pasado toda
la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las
comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula
paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último
orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y
tortuosa, como testimonio de que el mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra
cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono
más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos
no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos, y
pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán
Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que
carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un
superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como
dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado
viendo como aumenta el número de mutilados alrededor de él... El general Millán
Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su
propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...” . Ante las
palabras del sabio, Millán Astray, que cuenta con muchísimos monumentos y
calles en la España actual, a punto de fusilar a Don Miguel emitió su célebre
rebuzno: ¡Muera la inteligencia! Sin inmutarse, con un coraje desconocido por
el brutal general, sin más armas que la palabra y la sabiduría, Unamuno le
contestó: “¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo
sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido,
diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no
convenceréis, porque convencer significa persuadir, y para persuadir necesitáis
algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que
penséis en España...”. Ignorantes de nuestra propia historia porque nos la
han robado, conocemos de oídas y hablamos del mismo modo, aquel episodio
protagonizado por un español ejemplar y por un asesino, dejó bien claro, ante
uno de los máximos protagonistas de la barbarie, qué nos esperaba a los
españoles en adelante. Y no se equivocó en nada Don Miguel, aquellas bestias
vestirían de negro al país durante décadas, prolongando el sufrimiento, la
sinrazón y la crueldad mucho más allá de la muerte del dictador, hasta estos
días en que los herederos de aquel régimen siguen empeñados en gritar ¡Muera la
inteligencia! Muerto el perro, no se acabó la rabia.
Desde el
regreso del partido franquista –lo es por sus orígenes y por no haber condenado
jamás al régimen que más fosas comunes tiene en el mundo junto a la Camboya de
Pol Pot- al poder, sabedores de que un pueblo culto es un pueblo difícil de
dominar y que un pueblo inculto es sumiso y colaboracionista, se ha producido
una involución de consecuencias desastrosas para el futuro de todos. La iglesia
sigue recibiendo el mismo dinero que siempre –alrededor de 8.000 millones €-,
el ejército igual, los corruptos en el poder cada vez más, los toros son
televisados, Manolo Escobar homenajeado y la policía –recordemos la actuación
de los mossos en el Raval barcelonés- utiliza medios desproporcionados para
reprimir de forma muy violenta a los ciudadanos que exigen el respeto a sus
derechos. Es decir, que iglesia, policía, corrupción e infracultura siguen
disponiendo de fondos como si aquí no estuviese pasando nada, como si seis
millones de españoles no estuviesen en paro, como si más de dos millones de
familias no careciesen de alimentos básicos, como si nuestros jóvenes no
tuviesen que emigrar para ser explotados en cualquier lugar del mundo, como si
un porcentaje cada vez mayor de la población no hubiese renunciado al
conocimiento tras la desastrosa burbuja financiero-inmobiliaria, como si no
hubiese decenas de banqueros necesitados de vestir traje a rallas tras los
barrotes, en fin, como si aquí no pasara nada cuando la realidad es que estamos
a punto de penetrar en el subsuelo de nuestras vidas.
Desde que
esos inútiles llegaron al poder, en su afán por analfabetizar al mayor número
posible de ciudadanos, el Gobierno ha subido el IVA del cine y del teatro al
veintiuno por ciento mientras mantiene el del fútbol al tipo básico del diez
por ciento; transmite corridas de toros por la televisión pública en horario
infantil; sube tasas y elimina becas en todos los niveles educativos mientras
da barra libre a la creación de universidades católicas reaccionarias que no
exigen la selectividad para ingresar en ellas, pero sí una buena cartera
de euros calientes que servirán, en cualquier caso, para obtener un título con
toda tranquilidad; proclaman el derecho a la vida de quienes no han nacido
mientras condenan a la exclusión y a la miseria que conduce a la muerte a
millones de personas que han sido apartadas del mercado laboral y tienen todas
las papeletas para no regresar a él; recortan en Sanidad Pública hasta obligar
a los enfermos a endeudarse para acudir a una de sus clínicas particulares y
así saltarse las listas de espera que son la antesala de la privatización del
sistema; dejan acéfalo al país obligando a sus mejores jóvenes a emigrar
privándonos de los beneficios de su sapiencia; eliminan líneas de investigación
enteras en el Centro Príncipe Felipe de Valencia, en el CSIC, en las
universidades y en los hospitales, y en su lugar imponen el dogma católico como
asignatura computable en la enseñanza secundaria conscientes de que la
superstición mata la crítica y la rebeldía ante las injusticias; auspician que
las cadenas de televisión generalistas y las tedetés emitan un porcentaje
altísimo de programación basura que embrutece a los ciudadanos, liquidan las
enseñanzas humanísticas de todos los ciclos formativos porque consideran que el
saber sí ocupa lugar, que formar seres humanos con un nivel cultural
elevado es un peligro social; cuentan, venden y divulgan una historia que nunca
ocurrió y ocultan nuestra realidad histórica para que los crímenes de Lesa
Humanidad del franquismo desaparezcan para siempre en la noche tristísima del
olvido, y enuncian, con otras palabras pero con el mismo objetivo, otro muera la
inteligencia que mata nuestro presente e hipoteca nuestro futuro por muchas
décadas.
Construir un
Estado de Derecho es una tarea ardua que cuesta siglos; educar a un pueblo es
misión dificilísima que supera el corto espacio de nuestras vidas; enseñar a amar
la libertad y la justicia social, un objetivo perpetuo de las sociedades
avanzadas. Destruir todo eso, imponer un viva a la muerte exterminador, se hace
en dos años, poco más.

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