María Torres
Lunes 4 de noviembre de 2013
"Mi
queridísimo Ministro: Pocas líneas para decirle adiós. Le había jurado a don
Manuel inyectarlo de muerte cuando le viera en peligro de caer en las garras
franquistas. Ahora que lo siento de cerca me falta el valor para hacerlo. No
queriendo violar este compromiso, me la aplico yo mismo para adelantarme a su
viaje. Dispense este nuevo conflicto que le ocasiona su agradecido.
Pallete".
(Extracto de la carta
remitida por Felipe Gómez Pallete, médico personal de Manuel Azaña, a Luís
Ignacio Rodríguez, embajador de Mexico el tres de octubre de 1940)
Don Manuel Azaña, segundo
presidente de la II República española, se encontraba en territorio francés
bajo la protección de Mexico. Desde que cayó enfermo, el embajador mexicano lo
había trasladado al Hotel Midi de Moutauban para salvaguardar su vida.
Un comando franquista, a
las órdenes de José Felix de Lequerica, embajador del dictador en Francia, y
tristemente famoso por la persecución implacable a la que sometió a los
exiliados de la guerra española (deportó a Max Aub a Argelia, encarceló a
Federica Montseny en Dordoña y se ocupó de la detención de Lluís Companys y
otros dirigentes republicanos, entregados a la dictadura franquista) tenía
organizado su secuestro y traslado a España para el día 1 de noviembre.
Ese mismo día Azaña entró
en coma y a las doce menos cuarto de la noche del 3 de noviembre de 1940
fallecía. El entierro tuvo lugar el día 5. Sus restos fueron depositados en el
cementerio de Montauban. El general Pétain, colaborador nazi, prohibió el
cortejo fúnebre, así como que se le enterrara con honores de Jefe de Estado y
que la bandera republicana cubriera el féretro, instando a que le colocaran en
su lugar la “rojigualda”
El único amparo
institucional que recibió el presidente español fue el de la embajada de
México. El mismo embajador, tras varias negociaciones, aceptó con pesar todas
las ordenes excepto una: Se negó a utilizar la bandera sugerida y optó, en su
lugar, por depositar en la fría caja la bandera mexicana: “pierda cuidado,
señor prefecto, no insisto más sobre el caso. Lo cubrirá con orgullo la bandera
de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una
esperanza, y para ustedes una dolorosa lección.”
Sin duda, fue uno de los
más bellos episodios del exilio español engrandecido más si cabe, cuando cuatro
años después falleció en México Luis Ignacio Rodríguez y sobre su féretro fue
depositada la bandera republicana, cumpliendo uno de sus últimos deseos.
Los restos mortales del que fuera presidente de la II
República siguen reposando en el cementerio de Montauban. Las autoridades
francesas se encargan del mantenimiento de la tumba. Las españolas se han
olvidado del jefe de estado que murió en el destierro.

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