Por Pedro
L. Angosto |
Romper el concordato con el Vaticano no es un capricho, es una cuestión de
supervivencia para nuestra libertad y para nosotros mismos, como individuos y
como sociedad.
nuevatribuna.es | 12 Noviembre 2013 - 19:58 h.
Un día
después de la fiesta católica de la Purísima Concepción pero de 1905, la
Asamblea Nacional francesa aprobaba la ley que separaba definitivamente a la
Iglesia del Estado. A propuesta de Combes, Briand y Jaurès, radical-socialistas
y socialistas, el Estado francés denunciaba el concordato vigente desde época
napoleónica, nacionalizaba todos los bienes de la iglesia puesto que hasta
entonces habían sido sostenidos con dinero público y prohibía al brazo francés
de la multinacional romana el ejercicio del comercio y, sobre todo, de la
enseñanza. Tras la sanción de la ley, el gran Jean Jaurés, íntimo amigo de
Pablo Iglesias, diría una frase que ha quedado en mayúscula para la Historia:
"La ley de separación es la marcha deliberada del espíritu hacia la plena
luz, la plena ciencia y la entera razón". Aunque los gobiernos
colaboracionistas de Petain suspendieron temporalmente la norma, devolviendo
muchas prerrogativas a la iglesia, hoy todavía sigue vigente en el país vecino,
siendo la laicidad rasgo principal de la Educación francesa y base del
desarrollo político, económico y social del Estado.
Siguiendo
los pasos de la III República francesa, la española de 1931 fijó con
claridad meridiana que el Estado nada tenía que ver con confesiones religiosas,
correspondiendo la fe, como es natural, a la interioridad de los individuos.
Así, en su artículo 26 decía: “Todas las confesiones religiosas serán
consideradas como Asociaciones sometidas a una ley especial. El Estado, las
regiones, las provincias y los Municipios, no mantendrán, favorecerán, ni
auxiliarán económicamente a las Iglesias, Asociaciones e Instituciones
religiosas. Una ley especial regulará la total extinción, en un plazo máximo de
dos años, del presupuesto del Clero. Quedan disueltas aquellas Órdenes
religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos,
otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del
Estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines
benéficos y docentes. Las demás Órdenes religiosas se someterán a una ley
especial votada por estas Cortes Constituyentes y ajustada a las siguientes
bases: 1. Disolución de las que, por sus actividades, constituyan un peligro
para la seguridad del Estado, 2. Inscripción de las que deban subsistir, en un
Registro especial dependiente del Ministerio de justicia. 3. Incapacidad de
adquirir y conservar, por sí o por persona interpuesta, más bienes que los que,
previa justificación, se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de
sus fines privativos. 4. Prohibición de ejercer la industrial el comercio o la
enseñanza. 5. Sumisión a todas las leyes tributarias del país”. 6.
Obligación de rendir anualmente cuentas al Estado de la inversión de sus bienes
en relación con los fines de la Asociación. Los bienes de las Órdenes
religiosas podrán ser nacionalizados”. Aprobada también un nueve de diciembre, en
este caso de 1931, la Constitución de la II República recuperó un siglo perdido
y metió a España en el siglo XX, dejando atrás siglos de superstición, abusos,
privilegios y la imposición de la moral particular de unos pocos como norma
fundamental de obligado cumplimiento para todos.
El sueño
duró poco y al cabo de cinco años, la España que hiela el corazón y mata, la
España rufiana y podrida incendió al país, crucifijo en mano, para regresarnos
al siglo XIX y suprimir todas, absolutamente todas, nuestras libertades. Fue
entonces cuando el catolicismo volvió a ser religión de Estado y más que eso el
Estado mismo, dando forma a la versión española del fascismo: El
Nacional-Catolicismo, que desde entonces, con suaves paréntesis, habita entre
nosotros y espanta con virulencia cualquier atisbo de librepensamiento y
progreso. No niego, ni creo que nadie lo haga, el derecho de cualquier persona
a profesar las creencias religiosas que estime oportunas, pero esas creencias
pertenecen a la esfera íntima de cada individuo y en absoluto pueden interferir
en la vida pública del país porque cuando eso sucede las naciones se castran a
sí mismas, cercenan su presente y someten el futuro a dogmas probadamente
inciertos. Uno, como individuo puede creer en lo que quiera, lo mismo en el
Dios de los católicos que en Manitú pero esas creencias tienen que quedar, por
fuerza, dentro del ámbito personal.
El partido
que ahora mismo manda en España -porque no gobierna, manda- está restaurando
con gran celeridad muchos de los principios del nacional catolicismo, no siendo
el menor de ellos la imposición de la moral particular hipócrita de unos pocos
a toda la ciudadanía, lo que por esencia es incompatible: No hay ciudadanía
cuando ésta acepta tal imposición. De continuar por el camino emprendido, y
quedan todavía dos años de legislatura, no tardaremos en reencontrarnos con el
cardenal Segura o Vázquez de Mella, ni en volver a limpiar las botas de
nuestros dueños. En España, para la España franquista la religión es de casta,
pertenece a la estirpe que ha machacado siempre nuestras libertades y hoy, por
desgracia, no está sólo presente en la acción del gobierno central sino
también, y mucho, en gobiernos como el catalán de Artur Más y ERC. Romper el
concordato con el Vaticano no es un capricho, es una cuestión de supervivencia
para nuestra libertad y para nosotros mismos, como individuos y como sociedad.
El artículo 26 de la Constitución republicana de 1931 sigue plenamente vigente
y hacia su reposición tenemos la ineludible obligación de caminar. El pasado
que el PP pone como futuro ya lo hemos vivido y huele muy mal.

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