Autor: DANIEL FERNÁNDEZ ABELLA
Sábado, 2 de noviembre de 2013
Si lee usted esta carta, camarada, querido
amigo, es para explicarle la verdad de mi verdadera muerte, la cual está
cercana pues el destino es cruel y mezquino. Será una muerte cruel y despiadada
tras una vida dedicada completamente al pueblo, a cada persona, a cada rincón
que recorrí, que ame y trabajé por él; y por el motivo de mi condena le
escribo.
En primer lugar, las mentiras y calumnias
vertidas sobre mí no pueden ser más mezquinas y retorcidas: me llaman el
asesino de prostitutas cuando no toque nunca a ninguna mujer pues para eso creo
en el concepto de igualdad entre las personas y no me rebajo a la vil condición
machista que acarrea la historia del ser humano.
Empezaré mi historia hablando de mi
pueblo. Debe conocer que ser de un pueblo, ser parte de un todo, conlleva
siempre una responsabilidad cívica y moral: el garantizarte tu propio pan y
ayudar a aquellos que lo necesitan. Ese fue el principal valor que nos
inculcaba nuestro difunto párroco, buitre carroñero donde los haya, desde
pequeño desde su posición y labor humanitaria y cristiana.
El susodicho cuervo (a lo largo de la
historia, comprenderá por qué utilizó este calificativo contra su persona) nos
hablaba desde su altar de un mundo donde Dios nos aguardaba con los brazos
abiertos tras una vida, larga o corta, de agonía, dolor y sufrimiento, donde se
nos negaba el placer de disfrutar de las cosas materiales que nos proporcionaba
la tierra.
Ese mundo, afirmaba el párroco, sería la
utópica fantasía hecha realidad de cualquier ser humano: un mundo sin
enfermedades ni dolor.
Un mundo apetecible para nuestro pueblo,
un pueblo sin río, pueblo de pozos donde todo el mundo bebía el agua con temor
de que estuviese envenenada por sulfatos o fosfatos.
Tras esta pequeña y breve introducción, le
explicaré en detalle los motivos de condena a muerte.
Sucedía que nuestro querido párroco sentía
un amor especial hacia nuestros niños. Había hecho suya aquella frase que Jesús
pronunció en el evangelio: dejad que los niños se acerquen a mí.
Manuel era un chiquillo de ojos azules, de
pelo rubio, el más joven del pueblo. Era una persona alegre e infantil cuya
sonrisa y carcajadas nos alegraban el día y fue elegido monaguillo por el
párroco.
Empieza, entonces la serie de sucesos
relativos a mi condena.
Sucedió que, un domingo, tras finalizar la
misa, el susodicho párroco, buitre carroñero, llevó a Manuel a los aposentos
donde descasaban.
Allí, empezó a toquetearlo todo el cuerpo
mientras llegaba al éxtasis del placer carnal, produciéndolo una erección
mientras el pobre Manuel empezó a temblar.
El párroco hizo suya la frase que reza que
aquel que trabaja para Dios es el que reparte las hostias y, de un guantazo,
tumbó al pobre Manuel en el suelo y le despojó de la túnica para poder
introducirle su órgano viril en el orificio anal del pequeño.
Los jadeos de placer del párroco se
mezclaban con los lloros y ruegos de Manuel. El Cura disfrutaba cada vez más de
éxtasis que produce el sexo anal. Manuel imploraba auxilio mientras era
violado. Parecía no tener escapatoria.
Sucedió que un grupo de mineros, donde yo
estaba integrado, que veníamos de la cuenca, negros por el carbón, pasábamos
por allí.
Al oír los gritos procedentes de la
iglesia, entramos precipitadamente y, he de confesar que no estábamos
preparados para tan horrenda imagen, y algunos de nosotros sufrimos vómitos y
nauseas.
Entramos enseguida a la acción. Mis
compañeros cogieron al párroco violentamente, separándole del niño que lloraba
mares, y empezamos a golpearle con fuerza con nuestras herramientas.
Los gritos de placer del párroco se transformaron
en gritos de dolor. Saboreé cada golpe que le aticé al párroco hasta coger una cruz
asestarle cuatro golpes en la frente, haciéndole sangran como un cerdo en la
matanza.
Su cuerpo tembló violentamente hasta
quedar postrado en el suelo, inerte.
Y el resto de la historia ya la conoce, en
lo relativo al juicio donde fui falsamente acusado de asesinar mujeres para
poner en contra de mi persona a la opinión pública. Yo asumí toda
responsabilidad y pedí la amnistía para mis compañeros, alegando que fui yo el
causante de dicha muerte.
Mi última voluntad fue pedir que alguien
dejara por escrito los acontecimientos sucedidos.
Sin más, finalizo mi confesión esperando a la muerte con la satisfacción en
el pecho de haber obrado con justicia.
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