Alba Rico y el Euromaidan
de "Podemos"
Jueves, 6 de
marzo de 2014
Por Ricard Juan
/ La República
Santiago
Alba Rico, miembro e impulsor de la plataforma electoralista Podemos
- liderada por Pablo Iglesias - y director de rebelión.org ha
publicado un artículo titulado: “Podemos” en Ucrania.
“En Ucrania no ha habido un golpe de estado ultraderechista;
hubo una rebelión, un “movimiento muy amplio y espontáneo de los ciudadanos
indignados”.
Citando a un tal Yasinsky, ha llegado a afirmar - ocultando el
papel de los nazis y neoliberales ucranianos al servicio de la OTAN en
el cambio de régimen - que no ha habido “un golpe de estado ultraderechista;
hubo una “rebelión”, un “movimiento muy amplio y espontáneo de los ciudadanos
indignados”, llegando incluso a decir que el Gobierno de Yakunovich ha
caído por la “espontánea, heroica y desesperada acción de miles de ucranianos“.
Alba Rico no deja de
sorprendernos al maquillar el intervencionismo directo e indirecto de la OTAN,
diciendo que “EEUU nunca ha intervenido tan poco” y “lleva diez años sin
intervenir militarmente en ningún sitio“. Pese a vivir en Túnez,
parece que ha olvidado que el ejército estadounidense sigue ocupando Irak y
Afganistán, o los brutales bombardeos sobre Libia.
Tras sus afirmaciones delirantes
en el pasado como “no es la OTAN quien está bombardeando a los libios sino Gadafi”
o que “la intervención de la OTAN en Libia salvó vidas”,
vuelve a la carga con su cruzada anticomunista “equidistante”, esta vez,
utilizando el Golpe de Estado en Ucrania.
Su apasionamiento
histérico tiene dos objetivos, combatir la influencia de los comunistas en la
izquierda: “La historia misma nos ha llevado a un punto en el que tan
inevitable es cuestionar el capitalismo como imposible combatirlo en nombre del
comunismo soviético” y vaciar a la izquierda de todo contenido
antiimperialista equiparando la extrema agresividad de la OTAN con
la autodefensa de Rusia y China: “Por desgracia esta izquierda
“analógica” no es anti-imperialista sino anti-estadounidense”.
Alba
Rico quiere desideologizar a la izquierda para sustituirla por una
suerte de populismo “indignado”: “En estos esquemas, de derechas y de
izquierdas, siempre falta un “actor”: el pueblo o, si se quiere, “la
gente”. Alba Rico quiere “euromaidanizar” a la
“gente” de izquierdas o al “pueblo”, para desarmarla contra el
capitalismo y el fascismo, con ese difuso discurso del “sentido común ni de
izquierdas ni de derechas” de la marca electoralista Podemos.
LEER EL ARTÍCULO DE ALBA RICO A
Continuación
"PODEMOS"
EN UCRANIA
Viernes, 7 de marzo de 2014
Por Santiago Alba Rico
Produce tanto
asombro la posibilidad racional de encontrar analogías entre fenómenos
aparentemente disociados, que a veces la razón -o un cierto tipo de razonar- se
inclina a buscar sólo semejanzas. La resistencia a la analogía y la afirmación
de las diferencias puede conducir a un nominalismo casi solipsista en el que
cada cosa se expresa sólo a sí misma, sin relación con las demás; por el
contrario, la tentación de la analogía puede llevar a establecer conexiones
epidémicas que acaban disolviendo todas las especificidades concretas en una
red de voluntades abstractas y opuestas. La primera tentación se llama autismo;
la segunda paranoia. La paranoia se corresponde muy bien al viejo esquema de la
Guerra Fría.
No soy un experto en la región ex-soviética y no sé cómo va a evolucionar
el conflicto entre Ucrania y Rusia, que es también un conflicto entre
ucranianos y ucranianos y un conflicto entre Rusia y EEUU. Pero observo que, en
coincidencia con otros focos de conflicto abiertos en otros países, la
tentación “ideológica” de establecer semejanzas vuelve a ser muy fuerte. Hay
-digamos- dos esquemas: uno de derechas y otro de izquierdas. El de la derecha
identifica, por ejemplo, los gobiernos de Ucrania, Siria y Venezuela como
“dictatoriales”, en una lista potencialmente infinita y carente de rigor en la
que siempre se pueden añadir nuevos elementos a la medida de los intereses
coyunturales (Corea del Norte, Irán, Bielorusia, claro, pero también Ecuador o
Bolivia o la propia Rusia). Del otro lado, el esquema de la izquierda establece
las mismas semejanzas entre Ucrania, Siria y Venezuela, pero ahora como
“víctimas del imperialismo”, en una lista igualmente larga e igualmente carente
de rigor que no por casualidad (pues son esquemas especulares e interactivos)
incluye siempre los mismos nombres. Los dos, desde la derecha y desde la
izquierda, utilizan manipulaciones y semiverdades propagandísticas -cuando no
abiertas mentiras- para demostrar estas semejanzas.
En estos
esquemas, de derechas y de izquierdas, siempre falta un “actor”: el pueblo o,
si se quiere, “la gente”. Para el esquema de derechas, la gente o no existe o
siempre quiere “democracia”, aunque en su seno haya grupos de extrema derecha;
para el esquema de izquierdas, la gente o no existe o es un mero “peón
mercenario” de los EEUU, aunque haya motivos sobrados para protestar y
rebelarse
Hay que reprimir, pues, la tentación hiperracional de la analogía y evitar las
semejanzas facilonas entre gobiernos que se distinguen entre sí por su
política, por su historia, por el modo en que han llegado al poder, por el
papel que juegan en las relaciones de fuerza geo-estratégicas internacionales.
¿No hay pues semejanzas? Creo que las hay, pero que hay que buscarlas
precisamente del lado de la gente. En un reciente artículo sobre Ucrania, Oleg
Yasinsky hace un análisis que, a mi juicio, puede trasladarse a otras muchas
protestas y movilizaciones recientes: “Siempre creímos que derrotar al mal
gobierno de Yanukovich era un derecho justo y el deber del pueblo ucraniano.
También advertimos que la legitima rebelión civil desde sus inicios fue
manipulada, utilizada y al final encabezada por grupos de extrema derecha que
supieron aprovechar el vacío social generado por falta de una izquierda de
verdad”. En Ucrania -dice Yasinsky- no hay una revolución, pero tampoco un
golpe de estado ultraderechista; hubo una “rebelión”, un “movimiento muy amplio
y espontáneo de los ciudadanos indignados, por el abuso y la prepotencia del
poder, sin mayor experiencia y menos cálculos políticos. De los cálculos se
encargaron otros, los políticos de la oposición, alma gemela pro occidental del
régimen pro ruso y los líderes de los movimientos neonazis que supieron usar la
coyuntura”. Contra la izquierda pro-rusa, Yasinsky recuerda que las protestas
eran legítimas y que “Yanukovich no fue derrotado por un complot de Occidente,
ni cayó víctima de una guerra mediática (aunque Occidente se involucró, igual
que “Oriente”, y la guerra mediática todavía sigue), sino por una espontánea,
heroica y desesperada acción de miles de ucranianos, que permanecieron durante
meses en las calles y plazas con temperaturas muy por debajo de cero”. Contra la
derecha pro-europea, Yasinsky recuerda que es el FMI el que “está por auspiciar
la mortífera unión entre los neoliberales y los nazis en el primer gobierno
“revolucionario” de Ucrania” y que “los monstruos y payasos que disputan ahora
el poder, una vez más, no representan en lo más mínimo los intereses y las
necesidades del pueblo ucraniano”.
Ignoro si el texto de Yasinsky refleja bien la realidad de lo ocurrido en
Ucrania -donde hay, junto a las tensiones oligárquicas, tensiones
étnico-lingüísticas muy vivas- o sólo la posición de un minoritario sector de
la izquierda, pero todos -me parece- reconocemos la descripción. En el marco de
una crisis capitalista global retransmitida en tiempo real por medios de
comunicación y de intercambio muy fluidos y también globales, en todas partes
se reproduce el mismo modelo de protesta: revoluciones árabes, 15-M, Brasil,
Estambul, Ucrania, etc., países en los que malestares legítimos, “en ausencia
de una izquierda de verdad”, son aprovechados por otros sectores internos, a
veces peores que los gobiernos contra los que se protesta, para negociar y
vender en el “mercado” geoestratégico las revueltas. Es esa “indeterminación
cuántica” de la gente, resultado de la derrota ideológica de las dos fuerzas
implicadas en la Guerra Fría, la que permite establecer una primera semejanza
entre las diferentes protestas en distintas regiones del planeta. La historia
misma nos ha llevado a un punto en el que tan inevitable es cuestionar el
capitalismo como imposible combatirlo en nombre del comunismo soviético.
Hace unos días mi admirado amigo Manolo Monereo sostenía la tesis muy sensata
de la decadencia del dominio estadounidense y la exacerbación de los forcejeos
sobre el tablero geoestratégico. Estoy de acuerdo, salvo porque no creo que los
EEUU tengan en estos momentos una política internacional más agresiva que en el
pasado, al menos en términos militarmente convencionales. ¿En qué momento de la
historia no ha habido -digamos- saturación geoestratégica? Lo nuevo no es la intervención
de los Estados sino la de la “gente”, de esa gente amontonada, absurda,
promiscua, desorientada, desorganizada, totalmente desasida de una memoria
histórica y un referente político. De hecho, EEUU nunca ha intervenido tan
poco, al menos en términos militares convencionales, pues es verdad que el uso
de drones y de la CIA les garantiza un alto nivel de intervención. Pero lleva
diez años sin intervenir militarmente en ningún sitio. En Libia dejó a los
franceses e ingleses el protagonismo, se ha reprimido (o ha sido reprimido) en
Siria, se ha retirado de Iraq, se está retirando de Afganistán, va a reducir
sus fuerzas armadas y su presupuesto de defensa. Su hegemonía militar sigue
siendo aplastante y no creo que dude en utilizar su única ventaja comparativa
si se ve contra las cuerdas, pero ahora mismo su debilidad objetiva no se
traduce en más intervenciones armadas sino en menos; lo que también se debe sin
duda a que otros Estados (las llamadas “potencias emergentes”), que hasta ahora
intervenían de tapadillo o asumían un papel ancilar, aprovechan la debilidad de
EEUU para fortalecerse y presionar a la potencia aún hegemónica a fin de
contrarrestar sus ganas de intervenir.
Lo que
ha durado poco, y en eso tiene razón Monereo, es la soledad en la cúspide de
los estadounidenses, fruto de su victoria en la Guerra Fría. Pero no hay que
olvidar que fue esa derrota de la URSS en 1989 la que paradójicamente está
poniendo en dificultades a los vencedores. Cuando pensamos en la caída del muro
y en la victoria estadounidense siempre pensamos en las llamadas revoluciones
de colores y en el avance avasallador del capitalismo en el Este europeo; pero
los procesos democratizadores de América Latina, que tanto incomodan a los EEUU
y que comenzaron también en esas fechas, habrían sido imposibles en el marco de
la confrontación de bloques. Desde comienzos de los años 90 se produce en todo
el mundo, en efecto, una demanda general de democracia al margen de los
enfrentamientos ideológicos binarios; una demanda popular que resultó
sospechosa -y beneficiosa para los EEUU- en la órbita ex-soviética (Yugoslavia,
Georgia, la Ucrania de 2004), donde el anticomunismo contiene, nos guste o no,
un impulso también democrático, pero una demanda que cuestionó en cambio el
poder de los EEUU en América Latina (Venezuela, Ecuador, Bolivia, etc.), donde
la democracia contiene un impulso también socialista. Ese “deshielo de la
Guerra Fría” alcanzó con retraso en 2011 el mundo árabe, una zona literalmente
congelada durante décadas bajo el hielo de la dictadura y la geoestrategia, y
sigue levantando olas un poco por todas partes a medida que la crisis mina al
mismo tiempo las condiciones de supervivencia y los marcos de legitimidad.
Porque esta es la segunda semejanza que podemos encontrar entre todas estas
movilizaciones espontáneas: me refiero a esa creciente ilegitimidad global que
afecta a todos los gobiernos por igual (también, sí, nos guste o no, a
Venezuela o Ecuador) y que están aprovechando obviamente los Estados más
fuertes, y no la gente, en el marco de un nuevo enfrentamiento
inter-imperialista multinacional en el que se nos va a querer obligar a tomar
partido por uno de los Matones del “mercado” -mientras las fuerzas internas
mejor organizadas, entre las que no se cuenta la izquierda, van a vender esa
gente a sus patrocinadores. ¿Eso se llama geoestrategia? Sin duda. Pero no hay
nada nuevo. Lo nuevo es esa falta de legitimidad general que cuestiona la
frontera ideológica convencional derecha/izquierda; y lo nuevo es asimismo (porque
nos devuelve a la 1ª guerra mundial, pero con armamento nuclear) el carácter
inter-imperialista multinacional de la batalla. En cuanto a la posición de la
izquierda, es comprensible nuestro miedo a este “deshielo” que amenaza con
llevarse por delante, antes que al capitalismo, nuestras certezas de análisis y
de combate y que puede desembocar en un capitalismo peor o en algo peor que el
capitalismo; y es comprensible que un sector reaccione casi con alivio y
nostalgia en Ucrania (como antes en Siria) ante este regüeldo de enfrentamiento
ruso-estadounidense: como escribe en broma mi amigo Gorka Larrabeiti al ver los
tanques en Crimea, “por fin un poco de serena Guerra Fría”. Pero no deja de ser
triste que haya un sector de la izquierda que estudia concienzudamente la
geoestrategia y cree que, en ese tablero general, se puede pactar con Rusia o
con Bachar el-Assad, pero que no quiere perder un minuto en estudiar a la gente
y considera además una traición, a nivel político concreto, pactar con la
gente. ¿No queremos hacerlo nosotros? Pactarán otros con ella y se la venderán
a los nacionalismos más siniestros, a los racismos más abyectos, a las
dictaduras más criminales. No tenemos ningún Lenin -no lo hay- que enarbole una
consigna simple y universal en favor de un proyecto realmente democrático,
anticapitalista y anti-imperialista (es decir, que incluya no sólo a los EEUU
sino a todos los imperialismos emergentes). Por desgracia esta izquierda
“analógica” no es anti-imperialista sino anti-estadounidense y no es
gente-estratégica sino reductoramente geo-estratégica.
Parecerá extraño que haya hecho
este largo recorrido a partir de Ucrania para defender -muy brevemente ya- el
proyecto Podemos en España, y para defenderlo no como un mal menor sino como un
bien pequeño. Si este esquema de “indeterminación cuántica” es aplicable un
poco a todas partes y también, por tanto, a nuestro país, Podemos surge de la
terrible evidencia de un peligro inmediato y de la apremiante necesidad de
crear -como dice el doloroso artículo del izquierdista ucraniano Oleg Yasinsky-
“un movimiento de abajo y de izquierda, humanista y revolucionario, que, aunque
tal vez no use ninguna de estas cuatro palabras”, trate de dar una opción a los
pueblos. A los que objetan que Podemos es oportunista, yo les diría que es
oportuno; y si acaso es inoportuno no lo será porque incomode a fuerzas amigas
sino porque nace, de cualquier modo, demasiado tarde, con unas derechas mucho
mejor preparadas ya que nosotros para cuestionarse a sí mismas y tomar las
plazas.
Más me preocupan las críticas de los que columbran graves peligros en
diluir el discurso, hacer concesiones mediáticas, tratar de enganchar con la
gente a través de la ambigüedad de los conceptos. Lo que necesitamos -nos dicen
con razón- es una gran organización revolucionaria con conciencia de clase y
una estrategia clara de transformación radical. Aceptando que “conciencia de
clase” sea un concepto menos confuso que “dictadura de los bancos”, estoy
seguro de que necesitamos una organización así. Pero hay que recordar que
Podemos no ha venido a sabotear una gran organización revolucionaria con
conciencia de clase que estaba a punto de tomar el poder sino a responder a la
ausencia de esa gran organización. Y a responder a esa ausencia a partir de una
conciencia que, si no es de clase, es desde luego ya anticapitalista: la
conciencia de que esa ausencia está llena: llena de mercado, de paro, de
desahucios, de televisión, de partidos de derechas, de hartazgo institucional,
de miedo, de ganas de echar la culpa a alguien, de ganas de querer a alguien.
Está llena también de gente común, ideológicamente gelatinosa, que podrá ser
anticapitalista, pero que en ningún caso -en ningún caso- será ya jamás
“soviética”. Ese fondo anticapitalista, alimentado por la crisis y la ética
común, permite trazar unas líneas rojas y, al mismo tiempo, politizar el
malestar desde la recuperación de una práctica democrática que el doble
bipartidismo de la “transición” no ha dejado de erosionar desde 1978. Un
poquito de democracia (frente a la dictadura estructural) y un poquito de
anticapitalismo (frente al capitalismo total) son prácticas colectivas mucho
más claras y revolucionarias de facto que la invocación onanista del mantra de
la “lucha de clases” y la “revolución”.
Hace unos días escribía en un artículo que el problema de los
intelectuales y los militantes de izquierdas no es que no sepamos cómo vive “la
clase obrera”; es que no tenemos ni idea de cómo viven tampoco las “clases
medias precarias” y su “juventud sin futuro”: qué comen, qué leen, qué miran,
qué desean. El 15M tuvo algo de revelación y de vacuna; revelación de un mundo
que no es el nuestro y al que podemos enseñar ya poco (pero no nada) y de
vacuna frente a ese neofascismo en ciernes que ensombrece el horizonte. Los
peligros son enormes, pero tenemos alguna ventaja sobre Ucrania. Podemos -o así
quiero entenderlo yo- no es una candidatura, aunque se presente finalmente a
las elecciones; ni un partido de izquierdas, aunque acabe elaborando un programa
de izquierdas. Es, sobre todo, un anticipo de la plaza, un anticiparse al
secuestro de la plaza. Una tentativa de evitar que a la gente normal, cuando
vote o cuando salga en tsunami a la calle, le pase como a Oleg Yasinsky; de
evitar, en fin, que se apoderen de la plaza los nazis de Maidan, los islamistas
de Tahrir o los escuálidos de Altamira. Para eso, también nosotros tenemos que
formar parte de ella (de la gente normal) y no al revés. Apoyo a Podemos un
poco a regañadientes, contra mi propio puritanismo y elitismo tendencial, no
porque me guste menos el programa de IU (o el de otros partidos de la izquierda
marxista radical) sino porque creo que Podemos ha entendido que la única manera
de conjurar los peligros del fascismo es aceptar los peligros de tratar con
gente normal. Y si Podemos no puede, o fracasa, o mete la pata, o se corrompe
en electoralismo y liderazgo, no habremos perdido nada que ahora tengamos.
Sencillamente habrá que seguir luchando.
Santiago Alba Rico para Rebelion.org

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