Juan Carlos
Escudier
06 de marzo
de 2014
Pasados
los primeros y más virulentos episodios de fiebre que afectaban al PP, una
calentura tal que impelía a gran parte de sus dirigentes a pedir la expulsión
de Bildu de las instituciones después del café con galletas del desayuno, la
existencia de la coalición abertzale se ha convertido para la derecha en un
chollo más grande que las rebajas de enero de Zara.
Se
ha comprobado en Navarra donde el PSOE, que es muy mirado, ha prohibido a su
federación navarra presentar una moción de censura contra la presidenta de UPN,
Yolanda Barcina, envuelta en una cenagal de presuntas corruptelas
protagonizadas por su vicepresidenta Lourdes Goicoechea y reveladas por la
exdirectora de la Hacienda Foral. Enrocada, Barcina se ha negado a dimitir pese
al dictamen de conclusiones de la comisión de investigación en el que se le
mostraba la puerta de salida.
Ante
la disyuntiva de presentar una moción de censura para desalojar a Barcina del
cargo, que iba a ser apoyada por Bildu, o dejar correr el asunto hasta que la
presidenta sea víctima de un ataque de honestidad, los socialistas han optado
por la segunda opción. Evitan así que a Rubalcaba le dé un sarpullido en el
brazo, siendo como es hombre de finísima epidermis.
La
conclusión es ciertamente desalentadora para la cacareada higiene de la vida
pública. A partir de ahora, cualquier político podría tener patente de corso
para hacer lo que le venga en gana, en la confianza de que si para removerle
del puesto son necesarios los votos de Bildu la huella de sus posaderas en el
sillón será indeleble.
Al
parecer, el axioma funciona como un reloj en el caso de que quien gobierne sea
del PP o sus marcas blancas, pero no está tan claro que lo haga en otras
circunstancias. De hecho, no es la primera vez que los conservadores se han
valido de Bildu sin manifestar ningún tipo de escrúpulo. Ocurrió, por ejemplo,
en Olite y en Tafalla, donde el apoyo de los abertzales permitió a los alcaldes
de UPN sacar adelante sus presupuestos municipales. Tampoco el PP puso
impedimento alguno a que los diputados de Bildu unieran sus votos a los suyos
en el Parlamento vasco para constituir una comisión que investigará las ayudas
otorgadas a dos proyectos de automoción en Euskadi, Epsilon e Hiriko, donde
supuestamente el mangoneo fue sideral.
No
hay que ser Wittgenstein, el del Tractatus logico-philosophicus, para
suponer que tras la renuncia del PSOE a cumplir con su deber para con Navarra
está la proximidad de las elecciones europeas, donde Rubalcaba tiene la
esperanza de ganar por la mínima y de penalti y, de esta forma, tener un
argumento para optar a las primarias de las que saldrá el candidato socialista
a las próximas elecciones generales.
Sostienen
los Pereiras de Ferraz que cualquier coqueteo con Bildu sería muy perjudicial
para los intereses electorales del partido –y de Rubalcaba- en el resto del
país por el uso espurio que de ello haría el PP, en clara demostración de que
el complejo de inferioridad que el PSOE manifiesta en algunos temas es
incurable. Por si sirve de ayuda y a efectos meramente terapéuticos, les
convendría saber que la credibilidad que tienen hoy los populares es similar a
la suya. Es decir, tiende a cero.
Guste o no, Bildu es un partido legal, votado en el
País Vasco y Navarra por decenas de miles de ciudadanos. Su aceptación de las
reglas del juego y su rechazo a la violencia como instrumento político era,
según se nos decía, el gran objetivo, consumado el final de ETA y a la espera
de su entierro definitivo. Mantener a la coalición en una especie de cuarentena
democrática y usarla como excusa para no actuar en defensa del interés público
en Navarra es incomprensible. A ver si viene Wittgenstein y nos lo aclara.
Fuente: www.publico.es

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