Artículos de
Opinión | por Emilio José | 12-11-2013 |
“La empresa
privada estimulará el desarrollo económico y la revolución industrial si, y
solo si, los beneficios a obtenerse de ese modo son mayores a los que se logren
por otros medios. Si no lo son, no lo hará”.
Eric
Hobsbawm “En torno a los orígenes de la revolución industrial”
Echando la
vista atrás al comienzo de la crisis, no podemos dejar de decir por más que
pensar, que su gestión está siendo buena. Incluso, podríamos afirmar que
excelente. El objetivo del sistema económico actual es el beneficio y las
ganancias, la acumulación capitalista y el enriquecimiento.
La competitividad,
la codicia y el dinero son los becerros de oro que dan sentido al sistema
capitalista que nos domina. Por tanto, cuando observamos que el número de
millonarios crece un 13% durante el último año, el beneficio de la gran banca
un 79% hasta septiembre, la bolsa española sube más de un 16% durante este año
y, además, más de 6 millones de personas deben pelear por empleos cada vez más
precarios y con peores salarios, no podemos hacer más que congratularnos. Solo
llegamos a una conclusión: la gestión de la crisis está siendo excelente. Y
todavía podemos obtener éxitos más grandiosos porque el número de millonarios
amenaza con crecer un 110% más hasta 2017.
El fin del
sistema capitalista es el beneficio, el enriquecimiento. Ni la libertad, ni la
democracia, ni el progreso social. Si éste no se consigue mediante la
innovación tecnológica o productiva, debe conseguirse por otros medios. Los
medios son coyunturales, lo importante es el fin. Y el fin es obtener la máxima
ganancia.
Nunca ha
importado que se haga a costa de la explotación de otros seres humanos sino que
ha sido y es imprescindible. Por tanto, si el sistema no alcanza sus objetivos
por unos medios, utilizará otros y se adaptará en la búsqueda de sus fines.
El
capitalismo no es un sistema inmóvil; está en constante evolución; sus métodos
y formas pueden variar, pero el objetivo que lo guía es siempre el mismo.
Entonces, una vez que conocemos su esencia no puede sorprendernos que vuelva
repetidamente a usar la explotación y la desposesión de las personas para
reproducirse.
Si hoy en
día la ganancia capitalista se ha recuperado en España –y en el mundo– ha sido
a costa de evolucionar hacia una mayor explotación de las personas y una
constante expulsión del personal sobrante. Sumados a los millones de parados
que nunca volverán al mercado laboral están los 3 millones de españoles que se
encuentran en situación de “pobreza severa”, el doble que al principio de la
crisis.
Pero la
pobreza no es una situación novedosa de la crisis, es estable y estructural, aunque
agudizada por ésta, la pobreza infantil se eleva a casi el 27%, sólo 3 puntos
más que al comienzo de la misma. Y es que es una situación lógica porque para
que una minoría pueda tener mucho, poseer todo, otros no pueden acceder a nada.
Esta es la naturaleza de las “reformas estructurales” que están aplicándose en
España, ahora, si cabe, con más saña que nunca.
Guardando
las formas democráticas del bien común, se dice que son necesarias para crecer,
acabar con la crisis y el desempleo. En realidad su función es concentrar aún
más la riqueza y la propiedad, aumentar las rentas y salvar fortunas en
peligro.
Es la
oligarquía dominante mundial, depredadora y extractiva, la que mediante sus
diversos instrumentos e instituciones, el FMI o la Unión Europea, siempre bajo
la tutela de Washington, trasvasa enormes cantidades de riqueza y recursos a
sus carteras. Los métodos son numerosos y se adaptan a las diferentes
situaciones y características de cada país.
En España,
por ejemplo, la usura bancaria se manifiesta mediante los intereses de una
deuda –pública y privada– desproporcionada y unas comisiones bancarias que han
crecido un 186%(1) entre 2007 y 2012; la rebaja salarial de los trabajadores
desde la última reforma laboral que supera el 10%, pero es simplemente
continuar una tendencia, porque entre 1994 y 2011, los salarios ya habían caído
también otro 10%; unido al aumento de la jornada laboral; los rescates a la
banca mediante ayudas directas, avales, estafa a los preferentistas, el ‘banco
malo’; el rescate a las concesionarias de autopistas; el rescate encubierto a
las eléctricas mediante subidas de la luz que superan el 70% en los últimos
siete años, a pesar de tener sobrecapacidad eléctrica; las privatizaciones de
los bienes y servicios públicos de ayuntamientos y Comunidades Autónomas; etc.
Para esta
oligarquía, las empresas, los trabajadores, los seres humanos, el gobierno, los
partidos políticos, las instituciones son instrumentos utilizados según la
coyuntura histórica, social y económica y están supeditados a alcanzar sus
objetivos de máximo beneficio y acumulación.
Para la gran
burguesía y la aristocracia hace ya casi dos siglos unidas indisolublemente y
siempre tendentes a unas relaciones endogámicas, la democracia de masas – la
única y verdadera democracia – es algo nunca deseado, siempre despreciada.
Todavía, la democracia parlamentaria burguesa era un mal menor en cuanto a que
sólo una mínima parte de la población podía participar en ella. Pero, el
radicalismo democrático era dar cabida en su mundo –dominado por el darwinismo
social, el racismo y la eugenesia científica– a esa “multitud detestable” que
tanto habían despreciado siempre. Y cuya única función vital dada su objetiva
inferioridad era ser explotada.
Entonces las
palabras dichas por Vladimir Ilich ‘Lenin’ hace ya más de cien años vuelven a
tomar una vigencia sorprendente: “Las crisis demuestran que los obreros no se
pueden limitar a luchar por obtener de los capitalistas concesiones parciales,
ya que, cuando se produzca el crac, éstos no sólo arrebatarán a los
trabajadores los derechos conquistados, sino que los harán todavía más
precarios. Y así continuará sucediendo inevitablemente”.
Y es así
cómo nuevamente se repite en la historia que las crisis sí son una oportunidad
para aumentar la explotación y la desposesión de la mayoría por una minoría
cuya codicia no tiene freno, ni límites. Una minoría que pasará por encima de
cualquiera y avasallará a todos los que se le opongan.
La
democracia no es un derecho natural, nunca fue otorgada, fue conquistada,
siempre fue una lucha, los derechos individuales y sociales nunca fueron
concedidos por convencimiento de la igualdad de todas las personas. Cuando en
una sociedad se acepta que se puede explotar a las personas, es decir, trabajar
12 horas por menos de 500 euros o hacer millones de horas extras gratis, la
democracia no existe, mucho menos el respeto a los Derechos Humanos, la
libertad o la igualdad.
Cuando a una
persona se le quitan sus medios de subsistencia y se hace dependiente de otros,
nunca puede haber libertad. Lo que hay es miedo, necesidad y hambre. Ese es el
proyecto de la Unión Europea de las corporaciones: la jornada laboral de 65
horas, el trabajador pobre, la generalización de la pobreza.
Este es el
actual sistema globalizado que tanto ha colaborado a construir Europa: una
involución social para los países desarrollados, una vuelta al capitalismo que
colapsó en 1929, pero una constante realidad para los países subdesarrollados,
siempre dominados por la explotación colonial de las potencias capitalistas.
Hacia 1500
comenzó el proceso de transición al capitalismo industrial, marcado por un
nivel de explotación de los seres humanos que no había tenido parangón en la
historia. Sus víctimas no tienen cabida en la Historia. Hubo que esperar hasta
el Siglo XX para que en la mayoría de los países industrializados se alcanzaran
un mínimo de derechos democráticos, que, sin embargo, conllevaban la expulsión
de determinados grupos humanos.
En Suiza,
las mujeres no pudieron votar hasta 1971; los negros, los chinos, otras
minorías étnicas y sociales o los pueblos autóctonos, los “no blancos”, nunca
estuvieron considerados como sujetos dignos de tales derechos democráticos
hasta la segunda mitad del Siglo XX.
Como nos
dice Eric Hobsbawm, la cuna de la democracia liberal, el Reino Unido de la
segunda mitad del Siglo XIX “era sin duda menos restrictivo que, por ejemplo,
Bélgica, […], pero ni era democrático ni lo intentaba ser”. El voto censitario
determinado por la posición de poder y la fortuna personal era la norma.
Identificar
capitalismo y democracia es ilusorio. El capitalismo no es democrático, nunca
lo ha sido, nunca lo será, porque su razón de ser no es esa. Lo que está
marcado por el afán de dominación y explotación en pos del máximo beneficio
nunca podrá salvaguardar una verdadera democracia.
Nota:
(1) Según un
estudio realizado por ADICAE, las comisiones bancarias han crecido un 265,57%
entre 2004 y 2012.
Fuente:
lavozdebida

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