Manuel Alcaraz Ramos | Profesor Titular de Derecho
Constitucional en la Universidad de Alicante
nuevatribuna.es | 11 Noviembre 2013 - 19:50 h.
¿Hace falta insistir en ubicar el despilfarro en RTVV
en el marco de tanta salvajada contable como se practicó a mayor gloria del
régimen del PP?
Disculpará
el lector que comience con una apelación sentimental a las horas que dediqué a
RTVV. Porque antes de empezar las emisiones, por razones profesionales que no
vienen al caso, participé en largas sesiones dedicadas a la planificación de la
red para el transporte de ondas. Yo nada podía aportar, pero sí me convencí de
la importancia de contar con una TV propia que simbolizara nuestra época y el
autogobierno y actualizara la identidad colectiva. Porque me encontré con un
equipo enamorado del proyecto. Las reuniones se celebraban en los salones más
nobles del Palau de la Generalitat, rodeados de venerables pinturas: una buena
premonición. En esa época publiqué el primer artículo que, en nuestra
provincia, defendía una TV pública valenciana. Encontré algunos amigos
extrañados por la propuesta, a los que traté de convencer como mejor pude. No
sabía entonces que unos pocos años después, a mediados de la década de 1990,
sería vocal del Consell d’Administració de RTVV: una etapa inolvidable en la
que este órgano ejercía un control semanal sobre gestión y programas, en el que
discutíamos con franqueza –quizá yo fuera el más crítico con algunas derivas
populistas-, en el que tratamos de velar por la equidad en las oposiciones y en
el que nos preocupábamos por cada peseta gastada. Cuento esto, sólo, como
desahogo personal, pues fue tanta la pena que luego me fue ganando que dejé de
ver Canal Nou. Pero sobre todo lo cuento para que nadie olvide que hubo una
RTVV antes del PP, ese partido en el que hay de todo, incluso, quizá, alguien
decente; antes de que entrara, con ellos, una cuadrilla de ladrones de ideas,
de emociones y de dinero, unos comedores de almas que se alimentaron con
nuestras imágenes.
En mi época
de consejero escribí para una revista universitaria un largo artículo en el que
analizaba lo que no me gustaba de Canal Nou, para poder defender mejor lo
esencial, lo mejorable: una TV valenciana, pública, plural y en valenciano.
Allí, con distancia irónica, defendía que lo que más unía al pueblo valenciano,
de norte a sur, era criticar a “su” TV, y que ese, precisamente, era su mejor
éxito. Porque una función social de cada canal televisivo es recibir anatemas
de muchos opinantes, guiados por unas élites intelectuales que no han aprendido
todavía a convivir con el fenómeno televisivo. Canal Nou hacía una
“programación normal”, demasiado normal, a veces, pero, en general, eficaz para
conseguir la finalidad de cohesionar –aunque fuera en la crítica- a centenares
de miles de valencianos que la denostaban porque era “la suya”, ni más ni
menos. Y que, por eso, “querían salir” más a menudo: su pueblo, su fiesta, su
equipo, su partido… (Ya sé que son malos tiempos para defender la identidad
colectiva, pero es que ese sentimiento de pertenencia no agresiva, a veces,
para muchos, es el último valor sólido, mientras que otros pueden renunciar a
estrecheces mientras se regocijan en cosmopolitismos que son la otra cara del
individualismo líquido y caro). Pero entonces llegó el PP. La cara bonita de
Zaplana. El abismo de rencor detrás de los ojos de Camps. Y dejaron de
construirse escuelas o centros de salud para, entre otras cosas, hinchar la
plantilla y paniaguar a sus amigos y otros canallitas en los despachos de
Burjassot. ¿Hace falta insistir en ubicar el despilfarro en RTVV en el marco de
tanta salvajada contable como se practicó a mayor gloria del régimen del PP,
ese partido en el que hay de todo, incluso, al parecer, gente honesta?
Y ahora nos
la cierran. Fabra se llama el hombre, y a algunos está a punto de dar pena.
Pero es evidente que el principio de la soberanía popular y el respeto a las
mayorías no obliga a soportar con resignación a alguien privado de las
aptitudes cognitivas, intelectuales, morales y hasta políticas mínimamente
necesarias para regir un gran organigrama democrático. Lo que le ha pasado al
PP –ese partido en el que hay de todo, incluso algunos que son presuntos
inocentes- es que, acabado el dinero para repartir y formar clientelas -y retratarlas
en RTVV-, tenía que devorarse a sí mismo: se han comido todo, nos han
mordisqueado la dignidad y ahora se comen las entrañas, con la salsa amarga,
que antes les era tan dulce, de sus mentiras. Y una ola de rabia atraviesa el
País Valenciano –sí, País Valenciano… ¿o nos van a volver a censurar?, ¿o van a
volver a darnos lecciones imbéciles sobre las señas de identidad?-. Porque
Fabra, mitad penitente, mitad payaso, se empeña, encima, en decir que no
cerrará escuelas y hospitales. O sea, que el Muy Honorable se atreve a invocar
una premisa de orden moral, mientras, además, da un golpe a los principios
básicos de la legalidad el Estado de Derecho modificando, en fraude, la ley de
RTVV. ¿De verdad cree que estas burlas a lo más íntimo del autogobierno y de la
moral pública le van a servir todavía? Para que tuviera un ápice de
credibilidad tendría primero que echar cuentas en una pizarra y dibujarnos por
su boca los nombres de los culpables de la deuda, de las corrupciones, de los
abusos sexuales, de los desvíos de funciones… y denunciarlos en los tribunales,
expulsarlos del PP, decirle a sus propios diputados, a la cara, lo que piensa
de ellos. Ellos: que han hipotecado hospitales, escuelas y medios de
comunicación públicos, todo a la vez, en el mismo paquete. Que empiece por
Zaplana y Camps. Pero Fabra, más cobarde que traidor, se arruga ante sus
conmilitones y se crece ante los trabajadores. Igual que es paradójico pero
aleccionador que, al final, vayamos a echar de menos a la TV más nefasta que
los siglos vieron, es perfectamente comprensible que Fabra ya no nos provoque
ni ira: desprecio, sólo desprecio.
Siempre
puede echarle la culpa a los catalanes, o pedir el trasvase. Quizá en la
duermevela de sus pesadillas se imagine pidiendo un crédito a la CAM y a
Bancaja. Pero, la verdad, me parece que ni para eso tiene fuerzas. ¡Qué
tontería ir a encallar en este faro de toda su prepotencia que fue RTVPP!
¡Cuánta lógica en ello! ¡cuánta justicia! Y qué alegría ver lo que estamos
viendo y sabiendo, siquiera sea por horas o por días. Y es que lo que sale en
la TV es lo que es real: y nunca más real esta humillación del poderoso. De un
poderoso, además, que no sabe cómo escapar de la angosta superficie de una
pantalla. Planos, son planos. Puro maquillaje. Y ni eso.
Manuel
Alcaraz Ramos | Ex vocal del Consell d’Administració de RTVV

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