La izquierda debe resurgir soltando lastre
de su tradicionalismo doctrinal y construyendo con las clases medias una
mayoría de cambio. Solo protestar y estar a la defensiva, esperando que la
derecha falle, es insuficiente
RAQUEL MARÍN
El pensamiento progresista corre, en
tiempos de crisis y estancamiento económicos prolongados, el riesgo de
limitarse a objetivos y tácticas de resistencia, como la oposición a la
necesaria modernización del Estado del bienestar, sin atender a transformaciones
materiales, sociales y económicas, como las nuevas formas de trabajo y creación
de riqueza habilitadas por las nuevas tecnologías, que deberían constituir
oportunidades de generación de una actualizada cosmovisión. Sin esta renovación
la izquierda corre el riesgo de confirmarse como opción electoralmente menor,
conservadora de un status quo desarbolado por la globalización y abocada a la
irrelevancia.
El centro de toda ideología progresista
es siempre una antropología que responda a tres preguntas. Primera, ¿las
mujeres y los hombres se han de conformar con lo que son o pueden, incluso
deben, aspirar a realizar todo su potencial? Segunda, ¿qué significa el trabajo
en un proyecto vital contemporáneo?, cuestión clave porque la izquierda,
materialista, asume que los hombres y mujeres se realizan a través del trabajo.
Tercera, ya que el trabajo es un hecho social, ¿cuánto del valor generado por
ese trabajo se ha de compartir?, ¿cómo?; es decir, ¿cuál es mi relación con los
otros?
El ultimo aggiornamento antropológico
de la izquierda va ya para medio siglo: 1968. Fue antiautoritario, enfocado a
la liberación de los comportamientos privados. La hábil reacción conservadora
de Thatcher y Reagan lo asumió dialécticamente y avanzó por el flanco siempre
débil del progresismo: la tensión individuo-Estado en la economía. Al embate
conservador sólo supieron responder los dos últimos chicos listos de la
izquierda: Bill Clinton y Blair. Políticos competentes, cooptaron parte del
mensaje conservador, ganaron elecciones y, por ello, pudieron preservar o
intensificar las políticas sociales en sus países. Su fracaso último en la
reforma del Estado ha hecho que la izquierda se limite, desesperanzada, a la
defensa del empleo y titularidad de los servicios públicos.
Las respuestas a esta terna de preguntas
antropológicas vienen contenidas en tres basculaciones ideológicas que suponen
un giro copernicano para la izquierda.
Sin educación para la competitividad
global no hay libertad, solo paro, dependencia y alienación
El primer desplazamiento es de la
protección de los derechos de los trabajadores a la capacitación como
instrumento para la emancipación. En un mundo global —sin refugios ya a la
competencia laboral— sólo el individuo capacitado para adaptarse a las
exigencias de la competitividad podrá ser dueño de su propio destino, menos
alienado y dependiente de otros o del Estado; es decir, ser más. Para ello debe
poder desarrollar talentos que le permitan el acceso continuo a las nuevas
formas de producción. La diferencia entre una derecha moderna y la izquierda es
que aunque la primera puede aceptar la igualdad de oportunidades de salida, la
segunda permite redimir errores de elección de futuro, facilitando la
reentrada, en cualquier momento, en la educación y en la fuerza de trabajo. El
objetivo último progresista no debe ser por tanto la protección social, un
objetivo intermedio, ni la igualdad de llegada —¿por qué, si el esfuerzo no ha
sido igual?— sino la emancipación: dar a todos la oportunidad de soñar, elegir
su vida y realizar su potencial (en un artículo en estas páginas J. M. Maravall
ofrecía una opinión distinta).
La segunda es la transición desde una
imaginería todavía focalizada al obrerismo o al empleado administrativo, a una
que incluya a innovadores, creadores y emprendedores, figuras centrales del
nuevo paradigma productivo basado en la innovación y las nuevas tecnologías, y
que posibilitan no sólo la creación de más valor añadido sino también una más
completa realización personal en el trabajo. La innovación y la labor creativa
no sólo crean más riqueza sino también mejor trabajo.
La tercera basculación tiene que ver con
la solidaridad y con las dificultades de encontrar bases para la misma en lo
local, incluido lo nacional, y contar con agentes eficaces para su ejercicio.
La tradicional filiación identitaria basada en un territorio y una comunidad
cultural homogénea está desapareciendo —y cuando resiste es nacionalismo
reaccionario—. Internet virtualiza el espacio y la inmigración hace
heterogéneas las comunidades tradicionales. A su vez, el Estado está cada vez
menos capacitado para vehiculizar la solidaridad, tanto por limitaciones
fiscales —las clases medias rechazan sufragar servicios públicos que cada vez
usan menos— como por pérdida de legitimidad derivada de su incapacidad de
actuar en una economía global.
Tres estrategias políticas,
correspondientes a cada una de las basculaciones, deben ser el primer paso a la
renovación fundamental del proyecto progresista.
Es necesario fomentar la competencia y
mercados abiertos frente al corporativismo
Primero, educación para la emancipación.
La educación sigue siendo la más efectiva palanca para la emancipación de las
personas, y la prueba definitiva que separa progresistas de reaccionarios. La
universalización de una educación analítica y experimental, con frecuentes
reciclajes y oportunidades de acceso o reentrada a la fuerza de trabajo, debe
constituir la primera y prioritaria estrategia de la izquierda. Desde el punto
de vista de valores, no necesariamente presupuestario, ha de ser la más
importante, incluso más que la sanidad. Sin educación para la competitividad
global no hay libertad, sólo paro, dependencia y alienación.
Segundo, democratizar la innovación y el
mercado. No existe igualdad de oportunidades para ser empresario o innovador.
Debe trabajarse por ello, ampliando a la mayoría de ciudadanos el acceso a los
instrumentos financieros y cognitivos que permiten innovar y crear actividad
económica. Para lograrlo es necesario aplicar las reglas del capitalismo a los
capitalistas, fomentando la competencia y mercados abiertos frente al
corporativismo, especialidad de la derecha española camuflada en su discurso
liberal. La izquierda debe reconocer que los emprendedores pueden ser agentes
de cambio, de circulación de elites. Asumir que agentes económicos con capital
no son progresistas, dejar a la derecha su representación, es una de las
torpezas de la izquierda continental comparada con la anglosajona.
Tercero, transformar la solidaridad. La
izquierda ha de replantearse si lo estatal es el instrumento de solidaridad a
privilegiar. El Estado puede ser un eficiente ejecutor de políticas sociales,
pero deja de serlo cuando está inmovilizado por intereses corporativos y élites
que neutralizan su potencial redistributivo. Lo esencial del Estado es
garantizar el derecho universal a servicios sociales básicos, no ser el medio
único de prestación. Éstos deben estar abiertos a la gestión privada, con
controles, donde haya razones de eficacia, ahorro y calidad, y rechazarla sin
complejos donde no se den. Además, el repertorio de soluciones institucionales
para proveer servicios sociales es mucho más amplio que lo puramente estatal o
privado, como por ejemplo un tercer sector gestionado por el asociacionismo
cívico.
Los perdedores del sistema son hoy ya
mayoría; las clases medias tienen todavía conciencia de clase burguesa pero
realidad material de clase en precarización. El partido que vehicule la demanda
de cambio de esta nueva mayoría será el partido dominante del futuro. La izquierda
debe aprovechar la oportunidad; no tanto moverse al centro, sino mover el
centro. Para hacerlo necesita soltar lastre de su tradicionalismo doctrinal y
construir con las clases medias una mayoría de cambio: transitar de la
protección social a la capacitación para posibilitar la emancipación de las
personas; de la desconfianza del mercado a la promoción de una economía de
innovación que genere recursos para la educación; y del inmovilismo en lo
social a una solidaridad responsable, con criterios de racionalidad, sin a
prioris, sobre quién y cómo presta los servicios sociales, y con una
fiscalidad eficaz que reduzca la desigualdad de rentas.
La tarea es urgente. La izquierda con
vocación de gobierno sigue cayendo en voto pese a que la crisis la gestiona ahora
la derecha. La razón es que hoy es difícil saber qué espera de las personas, a
qué cree que pueden aspirar, qué valor tiene para ellas el trabajo, y cómo se
despliega eficazmente la solidaridad. Sólo protestar, estar a la defensiva,
esperando que la derecha falle, es insuficiente. La elección para el
progresismo es clara: resurgir ofreciendo la alternativa innovadora que pueda
concertar una mayoría o desaparecer ante una nueva corriente política más
transformadora, dejando entre tanto a las clases trabajadoras y medias sin
alternativas a los populismos.
José Luis Álvarez es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y Profesor de
INSEAD, Francia-Singapur, y Ángel Pascual-Ramsay es director
de Global Risks en ESADEgeo y Senior Fellow de la Brookings Institution.
Fuente: www.elpais.com

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