Artículos de
Opinión | Varios | 11-11-2013 |
Análisis que
no se han plegado a las presiones de la ideología dominante y de los poderosos
medios a su servicio han venido caracterizando la "crisis" actual del
capitalismo como parte de una nueva fase de la acumulación de capital de
alcance planetario. Algunos hacen remontar sus orígenes a las últimas décadas
del siglo pasado, entre los años 70 y los 90. Con especial gravedad en los
países del Sur de Europa, sus consecuencias a día de hoy han supuesto
agresiones y una degradación sin precedentes, desde hace más de seis décadas,
de los derechos sociales y de la realidad de las condiciones de existencia de
amplísimas clases y capas de la sociedad. "Conservadores" o
"socialistas", los gobiernos se muestran cada vez más nítidamente
como meros subordinados ejecutores de la dictadura económica del capital contra
los trabajadores y los pueblos, sin reparar en adaptaciones restrictivas de la
legislación ni en acciones represivas. Deslocalizaciones, liquidación de
derechos laborales y precarización incesante del trabajo, hundimiento de los
salarios (y, pronto, de las pensiones), extensión inaudita de situaciones de
pobreza y de miseria, desmantelamiento de servicios públicos de primera
necesidad y, con ellos, de conquistas sociales progresivas que llevó muchas
décadas arrancar, desahucios y expulsión de miles de familias de sus viviendas
que se acumulan en manos del capital financiero que ha provocado la crisis:
estos son algunos de los signos y de los mecanismos de lo que, con razón, se ha
calificado como un proceso de expropiación, de proporciones gigantescas
y que sigue su curso acelerado, contra los trabajadores y el conjunto de las
capas que constituyen las grandes mayorías sociales. Como si fuera una
fatalidad, el gran capital y los ejecutores de sus dictados imponen masivamente
un presente de empobrecimiento y, para muchos, de grandes privaciones, y un
horizonte de futuro sin verdadera esperanza, que es especialmente grave para
millones de jóvenes.
Paralelamente,
el imperialismo norteamericano y sus aliados, en particular europeos,
intensifican y multiplican las agresiones militares y todo tipo de operaciones
desestabilizadoras en Oriente Medio, África y América Latina, invocando
cínicamente los "derechos humanos" de los pueblos a los que masacran,
al tiempo que acercan el peligro de conflagraciones y catástrofes todavía
mayores: países enteros hoy arrasados, sus recursos expoliados, muertos que se
cuentan por centenares de miles y desarraigados por millones, sociedades en
precario; sin olvidar los asesinatos cotidianos, la tortura sistemáticamente
organizada a escala internacional, las provocaciones a legítimos gobiernos de
carácter progresista y a sus máximos mandatarios, el espionaje masivo a gobiernos
y a millones de ciudadanos en todo el mundo… Todo ello con la cobertura
cómplice o la colaboración servil de los gobiernos de la UE y la OTAN − entre
ellos los españoles (el del PP ahora, como antes el del PSOE) −, poniendo de
manifiesto que estas estructuras forman parte del engranaje de dominación
imperialista al servicio de los intereses del gran capital.
A pesar del
clamor de las movilizaciones sociales y de la masividad y firmeza de las
respuestas, sobre todo sectoriales, que han venido produciéndose, es ostensible
la desproporción que sigue habiendo entre la gravedad de los programas
antipopulares que están siendo aplicados y la resistencia social que hasta
ahora han encontrado. Hacer frente eficazmente a unas agresiones que no se
explican solo por el programa o el talante de este o aquel partido (o
dirigente) del sistema que ostente el gobierno de turno, sino por la
naturaleza y dinámica actual del capitalismo, exige análisis y orientación política
inequívocamente encaminados a luchar por otra sociedad y, desde luego, la organización
indispensable para afrontar los desafíos gigantescos que ello plantea. A pesar
de la desorientación y el desconcierto que el contexto propicia, no son pocos,
seguramente, quienes hoy ven esta necesidad de organización para impulsar la
resistencia social, reconstruir y extender conciencia sobre la naturaleza
depredadora del capitalismo y acumular energías de transformación hacia una
sociedad socialista. Comunistas con muchos años de combate militante y jóvenes
luchadores que no tuvieron conocimiento directo de la enorme aportación de los
comunistas, en España y en muchos otros países, a las mayores luchas populares
del siglo XX − en defensa de la clase obrera, contra el fascismo, el
colonialismo y el imperialismo −, sienten la urgencia de trabajar por la
unidad de los comunistas españoles, por la recuperación del más poderoso
instrumento de combate del que dispusieron los trabajadores y las capas
populares contra la dictadura franquista, como un paso necesario para responder
a los desafíos del momento.
Esta Reflexión
compartida por los firmantes, comunistas españoles, es un enunciado de
posiciones sobre algunas de las cuestiones que a nuestro juicio no debieran
dejar de lado los procesos de reagrupamiento que están en marcha para que
tengan el éxito que deseamos y se profundicen y extiendan sin demora. Ni aborda
todas las cuestiones centrales ni, obviamente, desarrolla el análisis que
propone sobre aquellas que sí toca.
* * *
1.
Importancia del método para un verdadero reagrupamiento de los comunistas
españoles
El proceso
hacia la unidad de los comunistas españoles requiere tener muy presentes dos
condiciones que, a nuestro juicio, son fundamentales para acercarnos a este
objetivo:
1) La profundidad
de la dispersión en la que hoy nos encontramos, en diferentes
organizaciones y, gran parte de nosotros, fuera actualmente de cualquier
organización. Esta situación, como se sabe, no data de ayer, se ha venido
fraguando desde hace cuatro décadas, muy agravada a lo largo de las tres últimas.
Es un hecho incuestionable que una amplia base de comunistas del Estado español
se encuentra ahora fuera de cualquier estructura partidaria: muchos son
veteranos que dejaron de militar en una organización hace años, otros son
jóvenes que se sienten próximos a las ideas comunistas y que hasta ahora no se
han integrado en una organización. Sin duda, todos comparten inquietudes ante
las durísimas consecuencias de la dinámica del capitalismo para los
trabajadores y el conjunto de las clases y capas populares, y muchos de ellos
no querrán quedar al margen de un proceso cuyo objetivo no debe ser otro que
poner en pie un PCE cada vez más fuerte para combatir contra ellas y por el
socialismo. El combate por la unidad debe ser el de todos los
comunistas.
2) La
urgencia de la tarea por la unidad no debe conducir a precipitaciones
voluntaristas, cierres en falso o acuerdos meramente superficiales. No
debemos desconocer las diferencias de posiciones, sobre cuestiones de
fondo, que nos han separado. Comprender suficientemente nuestra historia es
condición imprescindible para conocer realmente la situación en que nos
encontramos y poder orientar la actuación del PCE como partido de los
comunistas españoles: como marxistas, el método a seguir no puede ser
otro. Lo que planteamos no tiene nada que ver con abrir un plazo de reproches
para lavar viejos agravios personales, sino con el análisis necesario de
los factores internos y externos que redujeron drásticamente la presencia y
visibilidad logradas por la organización comunista en las difíciles condiciones
de la dictadura franquista. ¿Cómo y por qué hemos llegado a esta situación? Sin
ningún perjuicio de la indispensable convergencia en la acción, ese análisis
debe entenderse como la herramienta más segura para hacer avanzar de manera
firme el proyecto unitario de levantar el partido de los comunistas españoles.
Oponer análisis y urgencias de la acción sería encomendarse a un pragmatismo
inconsistente, con grave riesgo de reincidir en el oportunismo, como
sabemos por experiencia.
2. Necesidad
de una perspectiva internacionalista sobre realidades y objetivos
No vamos a
descubrir que, durante mucho tiempo, la mención ritual de referencias a la Gran
Revolución de Octubre no ha impedido a dirigentes y organizaciones que se decían
"comunistas" sucumbir enteramente al oportunismo y al reformismo,
abandonando, de hecho, cualquier perspectiva de auténtica transformación
social. Yendo al fondo de las cosas, lo que importa es no desconocer el
significado de esa revolución ni el alcance de las aportaciones de Lenin.
Tanto las "tesis políticas" como las "propuestas
organizativas" y la "propuesta de Estatutos" sometidos por el
Comité Federal del PCE al XIX Congreso del partido guardan a este respecto el más
completo silencio [1].
¿Hace esto justicia a una experiencia densa en enseñanzas a lo largo de casi un
siglo de historia de la revolución socialista y de los más de 70 años de
existencia de la Unión Soviética? Y, sobre todo, de cara a nuestra lucha de hoy
y de mañana, ¿podemos permitirnos ignorarla y perseguir el objetivo de una
sociedad socialista?
Pensamos, al
contrario, que profundizar en el análisis del estancamiento y declive,
primero, y de la destrucción, después, de lo que se llamó "socialismo
real", y muy especialmente el del proceso que se dio en la Unión Soviética
(factores externos de peso y factores internos, como la
burocratización y sus gravísimas prácticas y efectos) es tan necesario como no
perder de vista todos los hechos de esa enorme experiencia. Lo que
comprende, también, desde la organización de uno de los más decisivos
instrumentos políticos de combate y transformación social conocidos, a las enormes
conquistas sociales impulsadas a través de la planificación económica, pasando
por su excepcional capacidad de movilización de fuerza social para hacer frente
y derrotar a las sucesivas agresiones de las potencias imperialistas y al
nazismo. Estos logros deben tenerse en cuenta como elementos muy destacados del
acervo de las fuerzas y movimientos que hoy se oponen a la dictadura mundial
del gran capital y aspiran al socialismo.
Necesitamos seguir
aclarando las causas de los hechos, sin dejar de atender a sus
consecuencias. Es innegable que la destrucción de un proceso revolucionario
y la reestructuración social acelerada que conlleva no se hace sin dejar perdedores.
De un lado, dentro de los países que constituían la URSS, un empeoramiento
trágico de las condiciones de existencia de muchos millones de personas; para
ellos, un retroceso de muchas décadas en todos los ámbitos de la vida que se
refleja en el hundimiento experimentado por indicadores básicos de
"bienestar" social [2]. Es indudable que mucho han perdido también
los pueblos de los países destruidos por la rapiña imperialista, agudizada tras
la caída del contrapoder que representaba la Unión Soviética. Y tampoco han
quedado indemnes los trabajadores y los pueblos del Mundo que sufren las
embestidas de un capitalismo liberado de su pesadilla, que golpea con violencia
las condiciones de vida de la mayoría y arrasa apresuradamente derechos. El
debilitamiento acelerado del llamado "Estado del Bienestar", el
impulso de las privatizaciones, el reforzamiento de la explotación de la fuerza
de trabajo, el desamparo creciente al que están abocadas millones de personas
en los países de mayor desarrollo capitalista… ¿no tienen, acaso, nada que ver
con lo que un ideólogo del sistema, en su exageración, pretendió tomar como
anuncio del "fin de la historia" que más molesta a los grandes intereses
dominantes?
Si, como
señala la 2ª tesis política propuesta al XIX Congreso del PCE [3], "la actual situación europea revela,
de forma nítida, los verdaderos objetivos del proceso de construcción europea
iniciado en los años 50 del siglo pasado y acelerado con el tratado de
Maastricht" (de 1992, suscrito por el gobierno de Felipe González),
ello tampoco es ajeno al derrumbe de la Unión Soviética y el antiguo bloque
socialista. Esos objetivos son los que dictan a las instancias de poder
europeas los intereses del gran capital, bajo la hegemonía indiscutible de las
grandes corporaciones alemanas. El euro es un instrumento principal de su
dictadura, para empobrecer a los trabajadores y someter a los pueblos. Ello
no ha sido obstáculo, hasta ahora, para el alineamiento de la UE con el
imperialismo norteamericano, cuya supremacía militar en la OTAN no es menos
incontestable. UE y OTAN son piezas del engranaje de "carácter
imperialista en defensa de los intereses de las grandes transnacionales y de
hostilidad hacia los gobiernos populares".
Es necesario
ser consecuentes con nuestros análisis. La UE no es reformable. Es una
máquina de guerra contra el poder adquisitivo y los derechos de los
asalariados; refuerza la destrucción de los servicios públicos, la explotación
y la carrera por el beneficio capitalista con la supresión de las barreras
aduaneras en nombre del libre mercado. Todo ello en un contexto mundial de
proliferación de guerras, de aniquilación de Estados soberanos, de nuevas
carreras de armamentos, de sometimiento creciente a las grandes transnacionales
de las necesidades esenciales de la humanidad: la salud, la alimentación, la
educación y el medio ambiente.
Alimentar
ilusiones de un retorno a "tiempos mejores" dentro de las reglas del
capitalismo, invocando políticas "keynessianas", es desconocer la
naturaleza de la dinámica en curso, o engañarse sobre ella. Lamentablemente,
propuestas imbuidas de estas ilusiones no carecen de predicamento entre
componentes muy destacados del "Partido de la Izquierda Europea".
Todo lo contrario. Obsesionados por hacerse aceptables para los centros de poder
del capitalismo, acaban apareciendo como su carta de reserva, agravando la
confusión, la división y las frustraciones en el campo popular.
No es
posible hacer una política económica favorable a las grandes mayorías sociales
sin soberanía monetaria y financiera, y ésta no puede existir sin salir del
euro. No hay hoy
soberanía de los pueblos de Europa maniatados por una UE bajo hegemonía alemana
que impone la dictadura del capital. La salida del euro no asegura por sí sola
la soberanía popular, pero sin ella no hay proyecto progresivo posible de una
"Europa de los pueblos". Ocultar esta realidad o admitirla
discretísimamente y a modo puramente protocolario para en realidad relegarla al
olvido, alegando la dificultad de condiciones de la batalla, es engañarse y
engañar a los pueblos. Es, también, en un contexto de severa crisis social,
facilitar la explotación demagógica de este abandono por el fascismo,
disfrazado de defensor de los intereses "nacionales", con los riesgos
que ello conlleva. El camino más seguro para no ganar conciencias y no cambiar
correlaciones de fuerzas a favor de los trabajadores es el de renunciar a los
objetivos y los combates necesarios.
3. Recuperar
plenamente la centralidad irrenunciable de la clase obrera
Los cambios
que el desarrollo del capitalismo ha venido produciendo, a lo largo de muchas
décadas, en la organización de la producción, la composición de la fuerza de
trabajo y la estructura social no invalidan, en absoluto, el papel central de
la clase obrera en la elaboración de toda la política del Partido Comunista, ni
la atención prioritaria al movimiento obrero y sindical que es consustancial a
sus objetivos. Al contrario, los refuerzan. Los documentos presentados al XIX
Congreso del PCE no omiten proclamarlo en distintos pasajes [4]. En la práctica, sin embargo, la línea general
de actuación del sindicalismo mayoritario es una demostración de la extrema
debilidad del trabajo comunista en los sindicatos, empezando por la falta o
profunda insuficiencia de orientación clara, cohesionada y coherente de los
comunistas en un frente de lucha tan decisivo como éste. Muchos comunistas
constatan y sufren regularmente las consecuencias de esta situación. Entre
ellas, la generalización del descrédito de los aparatos sindicales y de un
discurso anti-sindical que oculta o no identifica el verdadero origen de los
problemas − ni, por consiguiente, las respuestas adecuadas − y que, por ello,
solo puede favorecer a los intereses patronales.
En su
propuesta de "tesis sindical" los dirigentes del PCE se declaran
"conscientes de que pueden existir divergencias con planteamientos que
defiende lo que hoy es la mayoría de CC.OO. en temas de cierta
importancia" (pág. 38); e igualmente, añaden más adelante,
"conscientes de una pérdida de credibilidad generalizada que va más allá
de los sindicatos y también ha afectado a la mayoría de la izquierda política"
(pág. 39). Pero estas frases aclaran muy poco: para entendernos, ¿"pueden
existir" o existen efectivamente "divergencias" con
orientaciones que prevalecen en los sindicatos mayoritarios en general y CC.OO.
en particular? ¿Cuáles son y hasta dónde llegan esas "divergencias"?
¿De qué "temas de cierta importancia" se está hablando?
Definir las
orientaciones de nuestro trabajo en el movimiento obrero y sindical y preparar
a los comunistas para ganar influencia en su seno exige, como condición
necesaria, identificar sin ambigüedades las políticas y los métodos sindicales
que consideremos perjudiciales para los intereses inmediatos y estratégicos de
la clase obrera. ¿Acaso pueden los comunistas confundirse en una práctica
sindical que, no solo recientemente sino desde los años de la llamada
"Transición", ha sido fundamentalmente de colaboración y gestión
(del "factor trabajo"!), de renuncia a toda contestación
profunda de la hegemonía patronal y de las políticas que la sirven? "Sin
la colaboración, por activa o por pasiva, de las centrales sindicales
mayoritarias, una parte importante del cronograma expropiador de la actual fase
del capitalismo no sería posible" [5]. Una de las peores consecuencias de ello, si
no la peor, según el análisis citado, es: "La liquidación cotidiana, en el
puesto de trabajo, en el corazón de las relaciones sociales y de la lucha de
clases, de la autonomía de las clases subalternas. Derrota cotidiana y
permanente de la conciencia de clase aplastada por maquinarias burocráticas
productoras al por mayor de los valores de resignación y de sumisión".
Desgraciadamente, este análisis, radicalmente crítico, es, a nuestro juicio,
fundamentalmente certero.
Una
situación tan profundamente degradada y a lo largo de tanto tiempo no puede
afrontarse con vaguísimas consideraciones sobre posibles
"divergencias" y descréditos "generalizados". Antes que
nada, no podemos permitirnos ocultar o disimular la naturaleza y el alcance de
los problemas. Porque es imprescindible propiciar con urgencia un esfuerzo de
clarificación y organización por parte de los comunistas con el objetivo
capital de lograr todo el apoyo que se pueda entre los trabajadores para un
cambio de rumbo en el movimiento sindical, y − por nuestra historia −
particularmente en CC.OO.: por un sindicalismo combativo y movilizador, que
impulse las iniciativas de lucha y la democracia obrera, sin más ataduras que
las de su vinculación firme y consecuente con la clase obrera, ni más
condicionamiento que la defensa permanente de los intereses de ésta.
Esta tarea
es de absoluta prioridad para los comunistas y viene a subrayar la necesidad de
un tipo de organización partidaria acorde con ella. La misma "tesis
sindical" del XIX Congreso del PCE proclama que la constitución de
organizaciones de base del Partido "de centros de trabajo o de sectores
productivos concretos es una de las tareas prioritarias de las políticas
organizativas de este Congreso" (pág. 38). Pero, al margen de una
referencia fugaz a "la recuperación de Agrupaciones de sectores de
producción y de empresas" como objetivo a perseguir ("Tesis
organizativas", 6, pág. 75), el documento no hace mención alguna en
ninguna de sus partes al hecho de que la desaparición de las células
sectoriales y de empresa, su disolución, no fue el efecto de un proceso
espontáneo sino la consecuencia de una decisión adoptada e impuesta… desde
1975, al margen de los Estatutos y del Congreso del Partido (el VIII, celebrado
en 1972), por la dirección que encabezaba S. Carrillo. Y no sin desacuerdos y,
a veces, la oposición de sectores de la militancia. Como ahora, el problema que
se planteó entonces no era de nombres: que llamemos "células" o
"agrupaciones" a las estructuras de base del Partido no pasa de ser
una anécdota. Lo importante de verdad es que con la sustitución de la
organización prioritariamente sectorial por otra exclusivamente
territorial, se debilitaba y disolvía la capacidad de actuación del Partido
allí donde se expresa, en primer término, la contradicción entre capital y
trabajo. Esta contradicción fundamental fue desplazada del centro de la
política partidaria, quedaron severamente desdibujadas la naturaleza e
identidad de clase del Partido y éste fue abocado a la pérdida de su fuente más
decisiva de fuerza.
La
experiencia demostró, en poco tiempo, la falta de proyección y la inoperancia
de las nuevas "agrupaciones", incluso a efectos electorales. Las
posibilidades reales de una efectiva participación democrática de la militancia
en la elaboración de la política del Partido se redujeron a su mínima
expresión. La posición del partido se decidía lejos de los centros de la
principal contradicción social y tampoco llegaba a ellos. Este tipo de
organización era coherente con la metamorfosis de un partido concebido
históricamente para impulsar y organizar la lucha en una estructura que
renunciaba, de hecho, a toda perspectiva de transformación revolucionaria de la
sociedad, con una organización de "afiliados" (en el mejor de los
casos), inerte, sin vida política, de mero acompañamiento. Los efectos
liquidadores de esta reestructuración impuesta son hoy una realidad innegable
que es imposible afrontar sin un análisis que explique fehacientemente de dónde
viene.
Como
innegable es también la contribución (subordinada y legitimadora) de la
dirección del PCE que encabezaba S. Carrillo a la constitución del
"régimen" de la "Transición", con las limitaciones y
condicionamientos que hoy es común reconocer al desarrollo de la democracia y a
la aplicación de todo programa político verdaderamente progresista. La
documentación del XIX Congreso anuncia el "fin de ciclo (…) de la
superestructura jurídica y política heredada de la Transición" (pág. 28),
pero omite toda referencia al proceso constituyente de esta herencia y
al papel que en él jugó la dirección del Partido antes, durante y después de
1978. Tanto el golpe de mano a la estructura partidaria como el freno a la
formidable movilización obrera que precedió a ese año se dieron, muy
precisamente, en ese contexto. Analizarlo sin cortapisas y en todas sus
implicaciones es un imperativo para superar las debilidades actuales y
recuperar el Partido de los comunistas españoles. No es de ajustar cuentas
con el pasado de lo que se trata, sino, justamente, de situarnos a la altura de
los combates necesarios de hoy y de mañana.
4. Una
política de alianzas no puede ser el sucedáneo del Partido Comunista
"IU
como tal − afirman las "tesis organizativas" del XIX Congreso (pág.
69) − es una política de alianzas, una parte organizada del bloque
crítico". Los propios documentos del Congreso resaltan, sin embargo, la
importancia de hacer "visible" la presencia específica del PCE (págs.
30 y 42). Es indudable que la presencia pública del PCE "como tal"
es, desde hace tiempo, muy débil y desdibujada. Aun teniendo en cuenta
distorsiones mediáticas para ocultar toda actividad que se reivindique
"comunista" − salvo para combatirla −, las razones de esta imagen y
esta presencia diluidas del PCE son en gran medida internas.
¿Qué
implica, si no, el deber de doble afiliación (al PCE y a IU) que
conlleva la adhesión al PCE, elevado a principio estatutario (artículo
119 de la propuesta de Estatutos sobre la que habrá de pronunciarse el XIX
Congreso: documentos, pág. 112)? ¿Qué significa la renuncia del PCE a favor de
IU, blindada en los mismos Estatutos ("expresa cesión…"), a
"la concurrencia electoral y la presencia institucional directa"
(art. 112.3, pág. 111 de los documentos del Congreso)? Lo que choca en este
planteamiento no es el hecho en sí de la presentación habitual de las
candidaturas electorales dentro de una estructura de alianzas, ni tampoco la actuación
coordinada con los aliados en el seno de las instituciones. Lo que llama la
atención es la renuncia expresa a la autonomía del Partido y su
inscripción como principio constituyente (estatutario) del PCE.
Evidenciando la confusión entre el Partido y su política de alianzas, el
artículo 83 de los Estatutos (¡del PCE!) recoge un "protocolo
financiero" en los siguientes términos: "En relación con las
subvenciones públicas que percibe IU, ésta reconoce el derecho del PCE a
percibir una parte de las mismas como contraprestación a su renuncia a
presentar candidaturas propias en los procesos electorales" (pág. 103).
Lo que se
percibe como una disolución de hecho del Partido en otra estructura nacida de
una "política de alianzas" no es, pues, solo una imagen deformada
(interesadamente o no) desde fuera de él. Las "funciones del PCE − se dice
en las "tesis organizativas" del XIX Congreso − son todas las de un
partido político, excepto presentarse a las elecciones" (pág. 69). ¿En qué
tipo de partido se está pensando? La confusión entre Partido y alianzas
suma consecuencias aparentemente contradictorias: anula casi toda
"visibilidad" del PCE, fortalece a las posiciones más alejadas de una
práctica "comunista" (que muy a menudo encarnan individualidades que
militaron en el PCE) y, a la vez, debilita los lazos de convergencia con
aliados que se pueden ver reducidos a la consideración de apéndices.
Desarrollar
una política de alianzas que influya y aglutine cada vez más al amplio espectro
de clases y capas sociales que sufren en sus condiciones de trabajo y de vida
la depredación desenfrenada a la que les somete el capitalismo, es una tarea de
la máxima necesidad e importancia para los comunistas. Izquierda Unida puede
ser un camino para esa convergencia. Pero a esa fuerza alternativa deben
sumarse nuevos colectivos y personas que IU no ha sabido atraer hasta ahora,
para construir el movimiento político y social, amplio y participativo que se
necesita. La movilización contra la agresión incesante del gran capital
y sus agentes, en todos sus frentes (por el trabajo y los salarios, las
pensiones, la vivienda, contra el desmantelamiento de los servicios públicos,
contra las guerras y desestabilizaciones imperialistas…) debe ser el eje para
construir esa fuerza y hacia ella debe volcarse el esfuerzo de los comunistas.
Nuestra acción institucional no puede disociarse de la movilización y
será tanto más eficaz cuanto más se apoye en ella y la estimule. Como se dice
en los documentos del XIX Congreso del PCE, es de vital trascendencia "que
se evite cualquier posibilidad de aparecer como legitimadores de los recortes
frente a los que luchan contra ellos, lo que quebraría el proceso de
acumulación de fuerzas y toda nuestra estrategia" (pág. 66).
Corresponsabilizarse en la gestión − "por imperativo legal" se ha
llegado a decir − del empobrecimiento dictado contra vastas capas de la
sociedad puede condenar al alejamiento de sus sectores más combativos y
favorecer al mismo tiempo la inconsciencia de clase… y el avance del fascismo.
¡De este calibre son los problemas a los que nos enfrentamos!
* * *
El
reagrupamiento de los comunistas en España no puede ser tarea fácil. Se
equivocaría quien lo entendiera como un acto voluntarista. Requerirá mucho
trabajo de análisis y discusión sincera, de confluencias a todos los niveles,
partiendo de la realidad de la dispersión existente, dentro y fuera de
estructuras organizadas, y de las realidades en las que la situación actual
hunde sus raíces. Deseamos un trabajo fructífero al XIX Congreso y que sea un
apoyo para todos los que deseamos seguir avanzando en el camino de la unidad de
los comunistas.
Firmantes: Joaquín Sagaseta, Miguel Medina
Fernández-Aceytuno, Arturo Borges, Fernando Sena, José María Alfaya, José
Manuel Rivero, Arón Cohen, Javier Doreste, Pedro Limiñana, José Ramón Pérez
Meléndez, María Victoria Calvo, Alejandro Pérez Peñate, Noemí Santana
[1]
Información del Comité Federal del Partido Comunista de España, nº 49,
"XIX Congreso del PCE", http://www.pce.es/descarga/doc_xix_...
[2] El
periodista francés Henri Alleg, veterano militante anticolonialista y
comunista, nos dejó un lúcido y preciso testimonio en El gran salto atrás (Le
Grand bond en arrière. Reportage dans une Russie de ruines et d’espérance,
publicado en 1997 y, en edición de bolsillo, en 2011, Le Temps des Cerises y
Editions Delga).
[3] Las
citas que siguen están tomadas de las páginas 23 y 24 del documento consultado
en línea.
[4] Pág. 31
y, especialmente, en la "tesis sindical", págs. 37-40.
[5] La frase
entrecomillada y las siguientes que también lo están son de Joan Tafalla en
Procesos de constitución de clase, procesos constituyentes de fuerzas
políticas, procesos constituyentes de nuevos estados, pero… ¿qué opina el pueblo
soberano? El trasfondo de un material de discusión que no aspiraba a ser libro;
http://acampadamerida.blogspot.com..... El libro
en cuestión es el de J. Miras y el propio J. Tafalla, La izquierda como
problema, Ed. El Viejo Topo, 2013.
Fuente: www.tercerainformación.es

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