Eduardo Montagut | Historiador
nuevatribuna.es
| 10 Noviembre 2013 - 17:18 h.
Desde que el
Partido Popular se hizo con el gobierno, se ha producido una clara apropiación
o falseamiento del concepto político del reformismo por parte de la derecha. Se
han aprobado o se están tramitando supuestas reformas en casi todos los pilares
de nuestro sistema político, económico, educativo y social. Pero ¿son reformas
o recortes? La izquierda lo tiene claro, así como todos los movimientos de
indignados, al considerar que lo que estamos viviendo, o más bien padeciendo,
no son reformas sino recortes del estado del bienestar y de las distintas
administraciones públicas, pero la derecha insiste en que se trata de reformas
modernizadoras para sacar a España de una crisis brutal. Si esas reformas no se
aprobasen y pusiesen en marcha, siempre según la perspectiva del Partido
Popular, entraríamos en barrena. Por eso, creemos que es importante que hagamos
un análisis del concepto de reformismo.
El
reformismo es una doctrina o corriente política que rechaza la vía
revolucionaria pero, también, el inmovilismo del conservadurismo. El reformismo
aspira a cambiar la situación presente a través de transformaciones políticas,
sociales y económicas de forma gradual.
La primera
vez que apareció el concepto de reformismo en la Historia sería en el
contexto de la Ilustración, en el siglo XVIII. El despotismo ilustrado
emprendió reformas administrativas en casi todos los campos con un propósito
racionalizador, aunque partía de una profunda contradicción, ya que si las
reformas se llevaban hasta sus últimas consecuencias, se terminaría con el
Antiguo Régimen y eso era imposible desde la óptica de un rey absoluto. Cuando
la revolución se puso en marcha en Francia, los déspotas ilustrados echaron el
cierre a las reformas; en este sentido, el caso español fue paradigmático. En
realidad, el concepto contemporáneo del reformismo no nace hasta que se asienta
el liberalismo político en el poder, a mediados del siglo XIX. Superada la fase
revolucionaria, la escuela utilitarista de un Stuart Mill y de un Bentham
abogaron por el reformismo como vía política, frente a los sectores moderados
de la familia liberal que aspiraban al fortalecimiento de su poder contra las
demandas sociales, como se puso de manifiesto en la Revolución de 1848.
El
reformismo tuvo tanto éxito como doctrina que caló en el socialismo, cuando una
parte del mismo se desmarcó de la revolución como medio para la conquista del
poder. El socialismo democrático occidental consideró, en el último tercio del
siglo XIX, que se podía respetar la legalidad vigente, una vez transformado el
Estado liberal en democrático (sufragio universal), porque podía convertirse en
un instrumento no violento para cambiar el capitalismo y atenuar las lacerantes
situaciones de desigualdad social. Los partidos socialistas o socialdemócratas
participaron en el juego político, en las elecciones, en los parlamentos y en
los gobiernos, presionando para que se comenzasen a aprobar leyes de contenido
social, con un evidente éxito gradual. El posterior triunfo del Estado del
Bienestar, gracias al acuerdo tácito con los sectores reformistas del otro lado
del espectro político, es decir, con la democracia cristiana, ha sido el
mayor logro del reformismo en el siglo XX. Así pues, el reformismo de una parte
de la izquierda, unido al de sectores de la derecha con preocupaciones
sociales, derivadas de los principios cristianos, hicieron que esta doctrina
impregnase a los gobiernos europeos occidentales después de la Segunda Guerra
Mundial, asentando una desconocida época de bienestar general, con las
excepciones de los sistemas dictatoriales del suroeste europeo, incorporados a
este bienestar tarde y mal.
Después, los
armados ideológicamente por el neoliberalismo y que llevan desde los años
ochenta del pasado siglo luchando por la destrucción del Estado del Bienestar,
se han apropiado del concepto del reformismo para aplicarlo a sus políticas de
adelgazamiento de lo público y de regreso a los principios de la más pura libre
concurrencia, sin intervenciones del Estado para redistribuir la renta. Estas
políticas recortadoras se camuflan bajo el paraguas, mucho más aceptado
socialmente, del reformismo. Adelgazar lo público porque, aparentemente es
caro, planteando solamente una parte de la realidad, obviando otras facetas
fundamentales de la situación y de la crisis, es hoy reformismo.

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