Por José
Manuel Rambla | Las
políticas del “entorno hostil” van camino de convertirse en Europa desde que
estalló la crisis en una píldora curalotodo, con independencia de la
nacionalidad u origen del paciente.
nuevatribuna.es
| José Manuel Rambla | 03 Noviembre 2013 - 11:46 h.
Leonarda
Dibrani, la estudiante kosovar expulsada de Francia.
Theresa May, ministra del Interior del Reino
Unido, espera algún día poder sentarse en el trono que en otro tiempo ocupó Margaret
Thatcher, e incluso puede que en la intimidad sueñe con verse encarnada por
Meryl Streep en los cines. En cualquier caso, esta trabajadora y
ambiciosa torie de firme determinación no se deja llevar por este tipo de
ensoñaciones y prefiere no desviar su atención de lo que es prioritario para
sus objetivos. Y, en estos momentos, lo más importante para ella es conseguir
“crear un entorno realmente hostil” para los inmigrantes sin papeles.
La ministra
se suma así al club de los defensores de esa receta mágica de acosar al
extranjero en situación irregular, como antídoto frente a los miedos,
incertidumbres y zozobras que ahogan nuestras sociedades postdemocráticas. Un
club al que también pertenece el ministro galo del Interior, Manuel Valls,
que ha descubierto las virtudes que para las encuestas de opinión tiene esposar
a una niña gitana mientras disfruta clandestinamente de una excursión escolar y
expulsarla del país. O el responsable de la polía rusa Vladímir Kolokelzev que
no ha dudó en aplacar los recientes ataques xenófobos en Moscú con una redada
masiva de extranjeros. Espectaculares acciones para pertenecer al club que
resultan más difíciles de escenificar en España o Italia, donde el mar, a fuerza
de tragarse día a día cientos de desesperados frente a costas como las de
Lampedusa, se empeña en quitarle protagonismo a sus ministros.
Lo malo de
May y Valls es que sus prisas por tener buenos resultados demoscópicos les
impiden pararse a leer las contraindicaciones del prospecto de sus medicinas.
Algo especialmente imperdonable para el socialista Valls, conocedor de la
crisis anímica, identitaria, política y personal en la que está sumido su
presidente, François Hollande, a fuerza de aplicar recetas neoliberales
cuya patente pertenecía a otros. No es extraño pues que, animada por la
legitimación que les dan socialdemócratas y tories, la ultraderecha ande
crecida por el Reino Unido de la mano del UKIP de Niegel Farage, o que
el Frente Nacional de Marine Le Pen se vislumbre ya como potencial
ganador de las próximas elecciones europeas.
En cualquier
caso, estas políticas del “entorno hostil” van camino de convertirse en Europa
desde que estalló la crisis en una píldora curalotodo, con independencia
de la nacionalidad u origen del paciente. Solo que cuando no se dirige a
extranjeros sin papeles, se suele recurrir al eufemismo. En España, por
ejemplo, Cristóbal Montoro prefiere utilizar conceptos asépticos y
técnicos como “devaluación interna”. El objetivo aquí es atraer el interés del
mercado internacional por nuestra economía. Y lo consigue. Howard Marks,
presidente de la firma especuladora Oaktree Capital, destacaba desde su
condición de experto que España se está convirtiendo en un país de “chollos”.
Un entusiasmo lógico, además, si tenemos presente que mientras el ejecutivo
americano realizaba estas declaraciones, la policía, a golpe de porra, se
encargaba de crear un entorno suficientemente hostil para los trabajadores de
una de sus empresas españolas, Panrico. Claro que también es cierto que sobre
los grados de hostilidad idóneos sigue sin haber acuerdo. De esta forma,
mientras algunos como Marks ya se muestran encantados con la hostilidad
alcanzada, otros como el presidente del Eurogrupo Jeroen Dijsselbloem
consideran que los españoles aún no hemos encontrado el nivel óptimo y
recomienda para ello una nueva vuelta a los salarios y los derechos laborales.
De este
modo, lo importante de estas políticas de hostilidad son los réditos de
popularidad que puedan obtener quien las defiende y, por supuesto, la
tranquilidad que puedan transmitirle a los mercados. Por eso, lejos de ser
paradójico resulta plenamente coherente que mientras May trabaja en hostilizar
a los inmigrantes, otros departamentos del gabinete de David Cameron
ultimen la emisión de bonos que cumplan la sharia, para atraer hacia la
bolsa londinense buen parte del pastel financiero de los países árabes. Y es
que, a pesar de las restricciones a la emigración o del victoriano racismo
inglés, como bien señalaba el banquero y Lord Mayor de Londres, Roger
Gifford: “las finanzas islámicas deberían ser tan británicas como el fish
& chips”.

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