Tania Sánchez Melero
10 noviembre de 2013
Hay semanas en las que las noticias parecen chocar
entre sí. Mientras las calles de Madrid visualizan la basura que los
trabajadores de limpieza se niegan a recoger, luchando por evitar más de mil
despidos, en la ciudad de la sucia especulación que ha arruinado las arcas
públicas a mayor gloria de los empresarios amigos del poder, el PP evidencia
sus desavenencias con la ausencia de la cúpula del Gobierno en la presentación
del segundo volumen de memorias de su presidente de honor, y el PSOE trata de
frenar su caída libre con la tan nombrada conferencia.
Los trabajadores y las trabajadoras del servicio de
limpieza de Madrid se han colado en las imágenes televisivas con fuerza. Ver
las zonas ilustres de Madrid adoptando el aspecto de muchos otros barrios menos
afortunados que llevan meses sufriendo el desastre económico del consistorio
capitalino, ha permitido que su conflicto laboral no pase desapercibido. Vaya
mi reconocimiento a las luchas dignas en tiempos indignos.
Por desgracia, las otras dos noticias han merecido más
espacio en los medios, pero las tres reflejan la crisis política que vive este
país evidenciada en una mayoría social declarada abstencionista en las
encuestas, muestra de la desafección ante la incapacidad de las instituciones
para dar respuesta a sus necesidades fundamentales.
De todo lo dicho y escrito sobre la crisis política
actual y el camino para salir de ella, hay tres visiones que quizá cosechen
mayorías electorales, pero que dudo mucho construyan proyectos políticos que
garanticen una vida digna a la mayoría de la gente. Estas tres visiones no se
corresponden con tres partidos políticos diferentes, sino que son trasversales
a todas las fuerzas políticas actuales, incluida la mía.
De un lado de sitúan quienes analizan la crisis actual
y buscan soluciones mirando al pasado. Glorifican y reinventan su papel
en nuestra historia reciente como si la sociedad actual no tuviera mecanismos a
su alcance que les permitan desmontar los delirios de grandeza en cuestión de
minutos. Esta posición es propia de protagonistas de otras épocas que se
resisten a entender que su tiempo se acaba así como de las lideresas de la
nueva política que llevan treinta años desplazándose en coche oficial.
En el medio, encontramos a quien siguen mirando a
Europa, como se la miraba en los años transicionales, con la esperanza de que
fuera allí donde se resolvieran los problemas históricos que no se tenía la
audacia ni la grandeza política de afrontar en nuestra tierra. El problema que
se encuentran quienes creen poder “gestionar” el modelo económico europeo con
parches fiscales que permitan repartir las migajas de la maltrecha unión
monetaria, es que ya no reciben de ella más que severas órdenes de hundir la
economía de nuestro país aún a costa de abandonar a su suerte a una cuarta
parte del pueblo llano.
Por último están quienes miran alternativamente al
techo y a su propio ombligo. Al techo cuando mirar a su alrededor les devuelve
una realidad tan cruda que paraliza su capacidad de liderar proyecto alguno. Al
ombligo cuando confían en que una reparación de chapa y pintura les dé una
nueva oportunidad. Al techo miran también quienes, viendo encuestas favorables,
piensan en la quietud como mejor camino para que se hagan realidad. Y al
ombligo miran también quienes tratan de sostener los límites de sus
organizaciones políticas amañando reglas, limitando la democracia, en
definitiva, aplicando tretas de viejos magos a los que la moderna iluminación
deja al descubierto sus trucos de ilusionistas.
Tres ideas fuerza comparten todos ellos. La primera;
los límites de la economía impuestos por Europa se pueden (quizá) sortear para
que tengan algo menos de impacto social, pero nada de impugnaciones a la
totalidad que evidencien que la eufórica entrega a los principios de Maastricht
abrió la puerta al desastre de hoy.
La segunda; España tendrá monarquía para rato. Se
puede ser republicano en la intimidad, incluso públicamente, pero de ahí a
convertir la lucha por la República en un símbolo de avance democrático, hay un
camino que no se tiene prisa en recorrer.
La tercera; la Constitución del 78 puede que necesite
retoques, pero se harán en el Parlamento, nada de devolver el poder al
constituyente, el pueblo soberano, para que redefina un marco de relaciones
institucionales que, como a los chicos cuando crecen y se les queda pequeña la
ropa, nos tira de la sisa.
Decía más arriba que ninguna de estas miradas de la
crisis y sus salidas garantiza la dignidad de la mayoría social a largo plazo,
y no lo hacen porque ninguna de ellas se ha preocupado de lo fundamental, de
mirar a los ojos a los barrenderos que se juegan el alimento de sus familias
dejando de ingresar su salario porque el miedo al despido ya no opera en
quienes no tienen esperanza de mantener su empleo más allá de meses.
Si mirásemos a la gente que sufre la crisis a los
ojos, entenderíamos que este país necesita de decisiones audaces y, sobre todo,
de verdad, de que no nos engañemos para no engañar a nadie. La verdad es que
nadie tiene la solución mágica a esta crisis, y que lo único que tenemos es la
fuerza colectiva que podamos organizar para construir un nuevo proyecto de país
que movilice nuestras fuerzas hacia un futuro mejor.
Ese proyecto deberá asumir que la
democracia es la herramienta política para distribuir los recursos en beneficio
de las mayorías, y no este simulacro que aparenta que los más deciden al tiempo
que les roba sus derechos, mientras a los menos les va cada vez mejor.
Fuente: www.publico.es

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