Daniel Besteiro
20 de noviembre de 2013
“No eres un borracho. ¡Eres un santo! ¡I love you!”
Son las 12 de la mañana. El Gran Wyoming da un mitin en la plaza del Dos de
Mayo, en Madrid, frente a la estatua de los capitanes Daoiz y Velarde,
héroes de la resistencia frente a los franceses en 1808. Alrededor de una
simbólica pegada de carteles se van congregando periodistas y cada vez más
curiosos, entre los que se encuentra esta señora, una madurita con ganas de
marcha que quiere apoyar la causa del humorista.
José Miguel Monzón (Madrid, 1955) está convencido de
que tiene el deber cívico de zarandear conciencias, denunciar las verdaderas
intenciones de la derecha y explicar que buena parte de los problemas de España
derivan de la Guerra Civil y una dictadura nunca extinguida.
Esos son los ejes de su libro, No estamos locos
(Planeta, 17,50€ y 9,49€ versión electrónica), que presenta como un “tratado,
pues ha pasado por distintas terapias con dudoso resultado” y que dedica a sus
críticos, por mostrarle que está “en el buen camino”.
Para Wyoming, la Guerra Civil y la Dictadura están
conectadas con la privatización de la sanidad pública, el giro confesional de
la educación, y la impunidad de la corrupción o los delitos financieros. Según
él, la democracia está asentada en las cenizas del franquismo y el Partido
Popular es simplemente una evolución del ‘movimiento’. Y eso es algo que ni
sabemos ni se explicará nunca en las escuelas: “No sólo no nos van a contar
nuestra Historia, sino que nos van a contar una película que no tiene
absolutamente nada que ver con la realidad. Y así se justifica lo que nos está
pasando”, según cuenta a prensa y curiosos, a los que se refiere en todo
momento como “queridos amigos”.
El problema de España es, ante todo, de memoria, según
Wyoming. “Nos negamos a reconocer nuestra historia y nuestra historia reciente
está hecha sobre un inmenso patio de huesos”, lamenta. Ese es, para él, un
hecho diferencial que no se da en otros países y que posibilita que en España
persistan homenajes a figuras destacadas del franquismo o se pretenda erradicar
todo lo que huela al ‘otro bando’.
La crisis económica y la era de los recortes no es
sino una nueva oleada de lo peor de una España inmadura, inconsciente y
impasible, según escribe. Sus 300 páginas son droga dura, doctrina con toques
de humor, un alegato que no pretende ser equidistante “entre el violador y la
violada, entre el negro y el racista”. Y todo eso lo dice “desde el bando de
los vencedores”, según reconoce en referencia a su familia, que “ganó la
Guerra”. También lo dice desde un grupo empresarial que, pese a excepciones
como la suya, es el buque insignia de la derecha mediática que critica.
“¿Por qué esta crisis así llamada ha provocado tamaño
caos, desorden y ha provocado un cambio de sistema en nuestro país, cuando es
una crisis supuestamente económica?”, se pregunta. “Hay una gente solapada que
lo que quiere no es acabar con la crisis, sino utilizarla para cambiar el
sistema”. “No es que lo estén haciendo muy mal. ¡Lo están haciendo muy bien,
están consiguiendo sus metas!”, asegura. En ese sentido, la gestión de los
servicios públicos se articula en tres fases: hundirlos, decir que no funcionan
"y venderlos a los amigos para que hagan negocio".
“Los verdaderos antisistema no son los que llevan
rastas y revientan una papelera”, advierte. “No hacen un gran daño a la
sociedad. Los que nos gobiernan son los auténticos antisistema, porque se meten
en el sistema para destruirlo. Y no estoy loco”, bromea.
NO QUIERE SER EL BEPPE GRILLO ESPAÑOL
Wyoming, o Chechu, como le llaman los que más le
conocen, es un hombre de certezas populares. “Digo cosas muy normales que la
gente dice en bares tomándose una caña”, asegura. Ese discurso no se encuentra
ya en la política.“Los partidos se han profesionalizado, se han convertido en
instituciones” alejadas de los ciudadanos. “La prioridad es mantenerse o
subir”, no arreglar los problemas de los ciudadanos. Y por eso crece la
desafección política.
¿Estaría dispuesto a pasar de una pega de carteles
simbólica a la política tradicional? “Jamás. Yo esto lo digo porque soy
testigo, producto de la sensatez, tal y como yo entiendo el mundo. Desde mi
razón. Pero no soy un animal político. Quiero estar con mis amigos los fines de
semana, no inaugurando pantanos o asistiendo a entierros de mineros. No tengo
vocación de servicio, no he nacido para eso y a lo mejor hasta soy
corruptible”, bromea.
Su libro,
además de una crítica destructiva -“martillo de los herejes”, como dice-
pretende ser una llamada de atención, un aperitivo que abra el apetito en un
momento en el que “ha llegado la gran hora de la Justicia”. “Todo empieza en
uno mismo”, advierte en las páginas finales, antes de recomendar lo único
efectivo frente al fiasco de las instituciones. “Uníos”.

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