03 noviembre
de 2013
Antoni
Aguiló
Filósofo político y profesor del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra
Filósofo político y profesor del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra
La
democracia representativa como sistema de partidos competitivos en el poder se
ha revelado completamente inútil para proteger y mejorar las condiciones de
vida en términos de salud, educación, vivienda, trabajo y servicios públicos,
lo que se ha traducido en la deslegitimación creciente del sistema de partidos
debido a su complicidad con intereses económicos privados y a la adopción de
políticas regresivas en lo político, social y ambiental.
Si
algo tienen en común las actuales luchas por una democracia real es la
reivindicación de nuevas formas de hacer política. Consignas coreadas
masivamente en calles y plazas de todo el mundo, como “no nos representan”, “el
pueblo unido avanza sin partido” o “no es democracia, es partidocracia” revelan
un profundo malestar respecto a la democracia representativa y sus
instituciones (Parlamentos, partidos, elecciones, etc.). Las primaveras árabes,
Occupy Wall Street, el 15M, Que se Lixe a Troika en Portugal, el movimiento
estudiantil chileno, Yo soy 132 en México y el Movimiento Passe Livre en Brasil
son algunas de las expresiones más visibles de la búsqueda de formatos
participativos más allá de la política liberal. No es casual que buena parte de
sus activistas repudie la presencia de banderas partidarias o rechace la vía
electoral como la principal y única forma de promover la transformación social.
Si
valoran la democracia, los partidos no pueden permanecer al margen de las lecciones
de la calle; de lo contrario, serán superados por formas de asociación
democrática más directas y horizontales. ¿Cuáles son, a grandes rasgos, estas
lecciones?
1)
Ni apolítica ni antipolítica. Los movimientos por la democracia real no
constituyen una forma de antipolítica ni una modalidad de apoliticismo. Aunque
su aparición está estrechamente vinculada a la crisis y sus efectos, no se
trata de un fenómeno coyuntural o de corta duración, sino del despertar gradual
de un letargo político para ajustar cuentas pendientes con la democracia y el
capitalismo. La crisis provoca pobreza y desigualdad, pero también genera
luchas y radicalidad. La política surgida en las calles expresa la
heterogeneidad de formas de lucha apartidarias que albergan la esperanza de un
nuevo contrato democrático en sintonía con las necesidades y aspiraciones de la
mayoría. Se trata, en este sentido, de luchas por la reinvención de la
democracia.
2)
Contra la democracia desrepresentativa. Las luchas por la democracia real
cuestionan la inercia de los partidos predominantes, que con la globalización
neoliberal han abandonado dos de sus funciones principales (la representación
política ciudadana y la transmisión de valores cívicos y democráticos) para
convertirse en meros carteles electorales del capitalismo. Para reproducir sus
condiciones de dominación, el neoliberalismo captó a políticos y se infiltró en
sus partidos para que gobernasen a favor de sus intereses particulares. Para
ello fue necesario vaciar la representación político-electoral de todo
contenido social utilizando los medios de comunicación como instrumento de
manipulación, además de sobornos, favores, donaciones ilegales, pactos ocultos,
comisiones y otras formas de corrupción. Se formó así una clase política
privilegiada compuesta, en palabras de Marx, por “cuadrillas de especuladores
políticos que alternativamente se posesionan del poder estatal y lo explotan
por los medios y para los fines más corrompidos”, convirtiendo los Parlamentos
en comités de empresa donde la representación política es un servicio al
alcance de quienes tienen medios para pagarlo; una clase que vive a costa de
una democracia plutocrática globalizada, sin participación social, de sujetos apáticos
e individualistas, represiva, desposesora de derechos, sin redistribución
social, anclada en el discurso de la falta de alternativas, supeditada al
mercado y saturada de corrupción.
3)
Uso contrahegemónico de la democracia representativa. Las actuales
luchas por la democracia tienen que aprender a utilizar los instrumentos
dominantes de manera alternativa y liberadora, como plantea Boaventura Santos.
Entre ellos se encuentra la democracia representativa. Hacer un uso
contrahegemónico de la democracia representativa significa rescatar las
potencialidades de la representación para ponerla al servicio de la
emancipación social y del gobierno popular; consiste en luchar por otras formas
y prácticas representativas que primen el componente democrático sobre el
carácter elitista y mercantilista de la representación (neo)liberal. ¿Pero qué
otras formas de representación? Una cosa parece cierta: la gente quiere modelos
de organización y participación diferentes. Las nuevas formas de representación
pasan por la complementariedad y la articulación entre diferentes formatos
organizativos. Si aceptamos el ejercicio de la representación mediante una
estructura parlamentaria, ¿por qué los partidos ostentan el monopolio de la
representación? ¿por qué no pueden postularse a cargos electivos candidatos de
movimientos sociales? Los partidos por la democracia real tienen que ser
partidos de retaguardia que acompañen a los movimientos sociales y aprendan con
las nuevas experiencias de participación. ¿Y qué otras prácticas representativas?
Prácticas silenciadas por la versión dominante de la democracia representativa,
como el mandato imperativo, la rendición de cuentas, la transparencia de los
procedimientos, la revocabilidad de los cargos públicos o la rotación de cargos
y funciones.
4)
Complementariedad democrática. La democracia representativa es
insuficiente para avanzar hacia democracias reales. La construcción de
democracias más sólidas tiene que combinar la democracia representativa con
elementos de democracia participativa que incorporen mecanismos de consulta
popular, deliberación vinculante y poder de veto ciudadano, como preveía el
malogrado proyecto constitucional islandés. La participación social mediante
referéndums, plebiscitos, presupuestos participativos y acceso real a la
presentación de iniciativas legislativas populares va en esta línea. Pero no
basta. También es necesario fortalecer la diversidad democrática, reconociendo
como legítimas las tradiciones de democracia horizontal y participativa
existentes fuera de los Parlamentos, como el asamblearismo, el anarquismo, el
consejismo, el cooperativismo, etc.
5)
La lucha por la democracia real debe comenzar en el interior de los partidos
y movimientos que la defienden. La falta de democracia interna, los
personalismos, el seguidismo militante, el inmovilismo de las cúpulas, el
arribismo y la escasa autocrítica, entre otros vicios, deslegitiman a los
partidos como agentes de democracia. La regeneración y dignificación de la
participación social en la política pasa por la democratización de los
partidos.
En un tiempo en que la democracia corre el riesgo de
convertirse en un objeto arqueológico, se impone como necesidad la
resignificación de la política y del ejercicio democrático en clave social y
participativa. Los partidos políticos con vocación democrática pueden jugar un
papel relevante en este desafío, siempre que se comprometan con lucha por la
democracia real, se coloquen del lado de la indignación generalizada de la
población y hagan converger la democracia de las calles y plazas públicas con
la vida institucional y partidaria.
Fuente: www.publico.es

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