José María Lafora
20 de
noviembre de 2013
Mientras en España, incrédulos y preocupantemente
faltos de iniciativa, seguimos preguntándonos, todos, por qué el sistema
monárquico corrupto aún se mantiene en pié, los ciudadanos europeos pero
especialmente los de la Europa pobre, no descubro novedad alguna, estamos
irremisiblemente condenados a soportar los perversos efectos de una crisis
generada por los dueños del dinero y gestionada por sus leales y obedientes
agentes a sueldo, de todo tipo y condición, se llamen éstos gobernantes,
obispos y clérigos, especuladores, o periodistas y tertulianos. Estamos
abocados a soportar gobiernos aparente o falsamente democráticos en su cruel y
vil “cruzada” anticiudadana, obsesionados por cumplir fielmente el papel a
ellos encomendado desde los centros reales de decisión. Subrayo “gobiernos
aparente o falsamente democráticos” consciente de que la observación puede
resultar chirriante para algún lector ingenuo, además de entusiasta del
sistema, pero me ratifico en ello ante la cada vez más evidente dejación de sus
deberes con que castigan a la ciudadanía y el progresivo desprecio con que
recorren la “normalidad cotidiana”, todo ello en un marco de degradación
progresiva de los derechos y libertades del individuo. Los gobiernos europeos,
muy especialmente el nuestro, no responden, por mucho que se les llene la boca
de democracia, a la voluntad de la población y mucho menos al ya olvidado
ejercicio de la condición de ciudadano, sino tan solo al uso y abuso
incondicional de nuestro voto secuestrado. Libertad, pero sobre todo ejercicio
pleno de nuestra ciudadanía debieran ser el principio y el medio de
consolidación democrática, único requisito útil en la consecución del fin: la
igualdad. Sin ciudadanía, sin ejercer como ciudadanos, el voto no deja de ser
un instrumento de manipulación y engaño pero, sobre todo, un intento de
diluirlos, manipulación y engaño, en el tiempo. Reducir nuestra participación
al derecho a votar imponiéndonos, además, los elegibles, es como efectuar una
llamada telefónica marcando solo el prefijo: sabemos a quién queremos
dirigirnos pero también sabemos que nuestra voluntad no va a ser considerada
por nadie. Los gobiernos gobiernan incumpliendo su pacto con la ciudadanía,
traicionando la confianza que manifiesta el voto. Contrariamente al mandato
recibido, recortan derechos esenciales, hurtan prestaciones y atenciones
sociales que conforman, deberían conformar, un modelo de estabilidad
democrática. Legislan para agredir más y mejor a la población a la que
pretendidamente se deben, si han de ser consecuentes con la protección y
gestión de los altos intereses a los que se doblegan. Nombran, quitan y ponen
magistrados a su conveniencia para que la Justicia sea solo un instrumento que
les sirva para consumar sus tropelías y ocultar sus miserias, vulnerando con y
por ello, un principio tan constitutivo de la esencia democrática como es la
separación de poderes. Y mienten….., ocultan y mienten sin el menor pudor
consagrando la estafa y la mentira como estrategia política y hasta coartada
moral. Las democracias occidentales, las que se explican por la estabilidad de
los mercados y no por el bienestar de sus ciudadanos, han devenido en cloacas
de las superestructuras de la cúpula del poder, en vertederos de sus infamias y
en crematorios de valores cívicos ya irreconocibles por insistentemente
pisoteados.
El mecanismo sería, simplificando, el siguiente:
Intereses económicos a su vez, supranacionales, supra culturales, supra étnicos
y hasta supra ideológicos, conforman y diseñan su estrategia global de negocio
a largo plazo. Son dueños del capital, de las materias primas, de los medios de
comunicación, del tejido industrial y financiero y…. de buena parte de las
voluntades de cuantos se nos presentan como detentadores del poder político.
Controlan los tiempos, los mecanismos de engranaje social y hasta el arte de
creación de opinión. No controlan, sin embargo, a total satisfacción, el
comportamiento por ellos deseable del componente humano de base, del
asalariado, del productor que también es consumidor y votante de sus gerentes.
Dependiendo de las cifras que desean conseguir se nos tratará como sujetos de
derechos, como consumidores, como artífices de los cambios, como detentadores
de la soberanía nacional, como abnegados trabajadores o como vividores por
encima de las posibilidades que graciosamente se nos han otorgado. No siempre
se nos maneja a plena satisfacción, parece ser, puesto que surge la crisis como
catalizadora del desajuste en sus previsiones. Las crisis, por lo tanto, son
eventos históricos provocados cuando estiman que se han agotado las posibilidades
de un modelo aplicado en circunstancias determinadas. Según este razonamiento
el supuesto “Estado del Bienestar” no es más que una etapa agotada, al menos de
momento, porque no rentabilizaba en su punto óptimo. Parece deducirse de ello
que la agresiva estrategia más arriba apuntada vislumbra “una nueva era” del
beneficio. Toca ahora retroceder cincuenta años en todo, en poder adquisitivo,
en derechos, en conquistas sociales, en calidad de vida, en calidad social, en
prestaciones y hasta en dignidad porque es el único camino transitable para que
la generación de beneficio encuentre nuevos cauces de crecimiento. En lo único
que no se retrocede, por lo visto, es en tecnología aplicada: un buen
Smartphone, una buena tablet, un buen smart-tv y un buen home-cinema en 3D
pueden ayudar y mucho en el empeño. Sus gerentes, por nosotros votados, asumen
gustosos el papel y nos convencen de nuestra inmensa generosidad asumiendo
sacrificios y de nuestra infinita capacidad para remontar las múltiples
adversidades.
Evidentemente los tiempos y los ritmos no nos son
aplicados con la misma rigidez en los diversos puntos del planeta. Incluso hay
zonas geográficas como “el cuerno de África” que ni siquiera forman parte del
engranaje. El panorama arriba apuntado responde a la inercia manifestada en los
países europeos, fundamentalmente, los del sur. América del Norte, la del Sur,
el sudeste asiático, Oceanía, los países emergentes. etc. conforman núcleos
diferenciados en momentos también diferenciados con diferenciada sintomatología
pero todos, absolutamente todos, con nuestras coincidencias y con nuestras
abismales diferencias, somos piezas del mismo mecanismo diseñado por el “comité
central” del macro poder.
Pero, resurgiendo de entre este pestilente síndrome
degenerativo de nuestra calidad democrática, como hedionda catarsis de tan
descorazonador panorama, la Historia nos ofrece una nueva oportunidad. Se nos
presenta ante nosotros, aspirantes a ciudadanos, una disyuntiva ante la que
cabe adoptar solo una de las dos posibilidades que se nos brinda. En primer
lugar podemos optar por la total e incondicional claudicación. Debidamente
convencidos, daríamos por buena la estrategia propuesta por ese “poder
globalizado y globalizador” e impuesta y ejecutada por sus gestores. Escuchando
mensajes, observando actitudes e intuyendo complicidades, me temo que estamos
en esa tesitura. Para ser más concreto, tras haber sido saqueados y tras haber
sido desplazados virulentamente de nuestra concepción de la vida, atravesamos
ahora la fase terminal de la claudicación. Para que no duela tanto el varapalo,
con maestría de avezados videntes, nos hacen ver luces al final de túneles
tenebrosos, signos incontestables de recuperación, comportamientos positivos de
los índices macroeconómicos y mil quinientas soplapolleces más. La definitiva
aceptación de esta estrategia supondría lo ya apuntado: empezar todo de nuevo
en condiciones de hace cincuenta años y animados por la certidumbre de un
futuro al menos no peor. ¿Quién sabe? Quizás así, dentro de treinta o cuarenta
años volvamos a retomar aparentes síntomas de bienestar si es que fuera lo
mejor para los que ejerzan de amos entonces.
Afortunadamente, disponemos de otra alternativa que
requiere de comportamientos sociales nítidamente diferenciados de los
perceptibles. Me refiero a la rebelión. Qué hacer, quienes, cómo, cuándo y
cuanto son los interrogantes que se nos plantean teniendo claro el por qué y el
para qué. No soy yo quien dispone de las claves para que la empresa cuaje.
Nadie en concreto tiene solución a tal desafío. Es y será la sociedad en su
conjunto la artífice de los cambios por venir. Sin embargo, se me antoja que
cualquier solución que surja de la insurrección habrá de pasar por el análisis
certero de los síntomas de nuestra enfermedad, por la imprescindible unidad de
acción de fuerzas y colectivos, por la fijación progresiva de objetivos y por
la también progresiva consolidación del poder soberano de la ciudadanía de tal
manera que la democracia pase a ser una herramienta de progreso en manos de la
ciudadanía y no un pretexto para esquilmarla. Tal consideración lleva implícita
la ruptura del cordón umbilical que nos une con el “macro poder” lo que
convertiría la rebelión en insurrección revolucionaria. En nuestro caso, el
español, el pronunciamiento republicano es deseable que constituya el
pistoletazo de salida, el medio apropiado de consecución de objetivos, el fin
deseado de convivencia libre y democrática y la garantía irreversible de
soberanía. La rebelión habrá de traspasar fronteras y coordinarse con
experiencias similares. Europa, la Europa que alcance a mirar más allá del
ombligo de su prima de riesgo habrá de involucrarse porque se trata de nuestra
obligación ante las generaciones venideras.
Se me antoja
que tenemos trabajo por delante. Salud y República
Fuente: www.alternativarepublicana.es

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