Aitor Azurki
14 de noviembre de 2014
El donostiarra Miguel Usabiaga
publica ‘El alcalde de Floridsdorf. Cuenta el plan de evasión de tres
extranjeros maquis presos en el penal de Burgos en 1949. Unos sucesos
vividos por su padre, Marcelo.
«En
España aprendí que, para luchar, no hace falta saber que vas a ganar. Aprendí
que hay que resistir siempre: hay que resistir aunque pierdas. Porque el propio
acto de resistencia tiene su recompensa moral. Y si sabes que una situación es
injusta, mala, y, sin embargo no haces nada para remediarla, entonces pierdes
un pedazo de ti mismo». Para comenzar esta entrevista sobre el libro, qué mejor
que esta última cita de un internacionalista publicada en el mismo. Una
filosofía de vida que llevaron hasta sus últimas consecuencias tres luchadores
internacionalistas en su intento por huir de la prisión de Burgos. El ex
miliciano y maqui Marcelo Usabiaga (Ordizia, 1916) se lo contó a su hijo, el
arquitecto y escritor Miguel Usabiaga (Donostia, 1961). Ahora, Miguel lo cuenta
de forma novelada en ‘El alcalde de Floridsdorf’ (Ediciones Irreverentes).
¿Qué
hacen dos vascos en 2013 contando la hazaña de tres extranjeros en 1949?
MIGUEL:
Me interesan todos los temas de la memoria histórica desde una perspectiva,
además, de rescatar los aspectos menos conocidos, poniendo la lupa sobre
aquellos que más se sacrificaron y menos han sido reconocidos. Dentro de los
perdedores, tengo predilección por los más olvidados. Cuando me entero por mi
padre de que hay extranjeros en cárceles españolas por ser guerrilleros, me
resulta algo muy curioso.
¿Cuándo
le contó su padre por vez primera esa historia?
MIGUEL:
Fue en un viaje que hice a Viena hace muchos años. El aita me llevó a la
Estación del Norte en Donostia y me dijo: «Pues pásate por Floridsdorf, que yo
conocí al alcalde de allí. Estuvo preso conmigo». Años más tarde, escribiendo
sus memorias -el libro ‘La joven guardia’- apareció de nuevo eso, pero ya con
más precisión: mi padre me contó que eran varios extranjeros, se involucraron
en una fuga, como en las películas, haciéndose pasar por cornetas, que era lo
más denostado en prisión, como traidores, para así excavar un túnel.
MARCELO:
Al principio en la cárcel se les hizo un buen recibimiento por ser extranjeros
antifascistas. Era como una especie de honra pasear con ellos por el patio. Yo
tenía buena relación con el alcalde de Floridsdorf. Tenían atractivo, porque
eran los únicos extranjeros de la prisión.
Pero
Marcelo habló de un tal Smitz.
MIGUEL: Sí,
a la par que estoy escribiendo las memorias, empiezo a investigar, porque hay
ingredientes para ello: unos extranjeros que han pasado a España con el maquis,
se hacen cornetas, intentan una fuga. Tengo esos datos, pero quiero saber
quiénes son. Pero en la memoria oral de mi padre, que es prodigiosa, a veces
hay errores, y me estaba transmitiendo que el alcalde es un tal Smitz. Los
otros son un judío alsaciano y un polaco. Acudo a archivos y solicito
información a instituciones penitenciarias, pero no figura ningún Smitz.
Tres
extranjeros que se hacen cornetas. ¿Qué pensaron los compañeros de prisión?
MARCELO:
La reacción inmediata de toda la gente fue ir contra ellos. ¡Porque ser corneta
era pasarse al enemigo! Solo eran los presos comunes. Los políticos, no. El
Partido Comunista los denostó. ¡Claro, ni te imaginabas que estaban preparando
una fuga! Me enteré muy tarde.
Por
cuestiones del azar, en ese momento de confusión en la investigación aparece
una persona clave.
MIGUEL:
Casualmente, Hans Landauer, brigadista internacional austriaco, presenta en
Madrid un libro sobre internacionalistas de su país. Le pregunto y me dice: «No
se llama Smitz, se llama Orlitsch». Me pone en la pista y, a partir de ahí, sí
que puedo obtener información: sus archivos penitenciarios. Hasta de Moscú me
mandaron de la Internacional Comunista sus datos biográficos.
Y tira
del hilo.
MIGUEL:
Sí, la asociación de brigadistas austriacos, en la cual Landauer era miembro
destacado, tenía mucha información de Orlitsch. Además, se desencadenó una
campaña internacional en Austria para su liberación, donde incluso participó
Hemingway con una misiva. Me mandan también una foto -es la portada del libro-,
donde aparecen los nombres de los otros dos presos, Marcel Eichner y Paul
Keller.
¿Y cómo
escribe la obra?
MIGUEL:
No tenía suficiente información como para hacer un libro de historia, pero sí
para apoyarme en ella y escribir una novela, que se centra en el tiempo de la
elaboración de la fuga y la construcción de los túneles. Aparece la vida en la
cárcel, cómo son denostados… Y hay un epílogo donde aclaro todo lo sucedido.
Háblenos
de la impresionante dedicatoria final del libro.
MIGUEL:
Me parecía muy pertinente, porque es una historia de perdedores, de gente que
ha venido a España como guerrilleros para derrocar a Franco y están en la
cárcel. Es una cita muy bonita, porque habla de la recompensa que supone
participar en una causa justa.
¿Qué
cree qué aporta el libro?
MIGUEL:
Habla de presuntos perdedores, pero dan un gran ejemplo, una lección. Para
luchar no hace falta saber que vas a ganar, hay que resistir siempre, aunque
pierdas. Esto constituye el núcleo de la vida de esta gente. No vinieron en
busca de gloria, de recompensas económicas, sino porque sentían la llamada de
una causa justa. Es un ejemplo en estos momentos en que no se ven las cosas tan
claras. Además, no se conoce mucho que entre los guerrilleros de la operación
del valle de Aran había extranjeros. Tiene, además, ese intríngulis de la fuga.
Aquí también ha habido fugas como la de Alcatraz.
¿Seguirá
Miguel Usabiaga recordando a los olvidados de los olvidados?
MIGUEL:
Por supuesto. Tengo otro libro para publicar, espero que en breve, ‘Flores de
la República’. Empiezo a investigar un hecho de memoria oral y termino
escribiendo sobre extranjeros luchando en Irun.

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