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Opinión | por Immanuel Wallerstein | 16-11-2013 |
Hace tiempo
que argumento que la decadencia estadunidense en tanto potencia hegemónica
comenzó circa 1970 y que el lento declive se tornó precipitado durante la
presidencia de George W. Bush. Comencé a escribir del asunto en 1980 o algo
así. En ese entonces la reacción a este argumento, desde todos los campos
políticos, fue rechazarlo como absurdo. En los 90, muy por el contrario (de
nuevo desde todos los lados del espectro político), fue amplia la creencia de
que Estados Unidos había llegado al clímax de la dominación unipolar.
Sin embargo,
después del estallido de la burbuja de 2008 la opinión de políticos, expertos y
público en general comenzó a cambiar. Hoy, un gran porcentaje de personas (si
bien no todo el mundo) acepta la realidad de que al menos está ocurriendo una
relativa decadencia del poderío, el prestigio e influencia de Estados Unidos.
Al interior de ese país eso se va aceptando con bastante renuencia. Políticos y
expertos rivalizan unos contra otros en recomendar formas de cómo, todavía,
podría revertirse esta decadencia. Yo creo que es irreversible.
La cuestión
real es cuáles son las consecuencias de esta decadencia. La primera es la
reducción manifiesta de la capacidad de control estadunidense sobre la
situación mundial y, en particular, la pérdida de confianza de los que alguna
vez fueran los aliados más cercanos de Estados Unidos respecto de su comportamiento.
Durante el último mes, debido a la evidencia mostrada por Edward Snowden, se
hizo del conocimiento público que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por
sus siglas en inglés) ha estado espiando directamente a los líderes más
importantes de Alemania, Francia, México y Brasil, entre otros (por supuesto, a
incontables ciudadanos de estos países).
Estoy seguro
que Estados Unidos se involucró en actividades similares en 1950. Pero en ese
año ninguno de estos países se habría atrevido a hacer un escándalo público de
su ira ni a exigir que Estados Unidos dejara de hacer esto. Si lo hacen hoy es
porque Estados Unidos los necesita más a ellos que ellos a éste. Los líderes
actuales saben que Washington no tiene opción, sino prometer, como el presidente
Obama acaba de hacerlo, que cesará estas prácticas (aunque no lo diga en
serio). Y los líderes de esos cuatro países todos saben que su posición interna
se verá fortalecida, no debilitada, por torcerle la nariz en público a Estados
Unidos.
Y en tanto
los medios discuten la decadencia estadunidense, la mayor atención se le presta
a China como potencial sucesor hegemónico. Esto tampoco es certero. No hay duda
de que China es un país que crece en fuerza geopolítica. Pero acceder al rol de
poder hegemónico es un proceso arduo y prolongado. Normalmente le tomaría por
lo menos otro medio siglo a algún país para que alcanzara la posición donde
pudiera ejercer un poder hegemónico. Y esto significa un tiempo largo en el que
cualquier cosa puede pasar.
Inicialmente,
no hay un sucesor inmediato en el papel. Más bien, lo que ocurre cuando se hace
evidente el disminuido poderío de una potencia anteriormente hegemónica es que
el relativo orden del sistema-mundo es remplazado por una lucha caótica entre
los múltiples polos del poder, ninguno de los cuales controla la situación.
Estados Unidos sigue siendo un gigante, pero un gigante con pies de barro.
Continúa por el momento siendo la fuerza militar más fuerte, pero se encuentra
incapaz de hacer buen uso de ésta. Estados Unidos ha intentado minimizar sus
riesgos concentrándose en una guerra de drones –los aviones no tripulados. El
anterior secretario de Defensa, Robert Gates, ha denunciado esta visión como
poco realista en lo militar. Nos recuerda que las guerras se ganan con la
guerra en tierra, y el presidente estadunidense está con una enorme presión
encima, tanto de políticos como del sentimiento popular, de que no debe
utilizar fuerzas terrestres.
El problema
para todos en una situación de caos geopolítico es el alto nivel de ansiedad
que alimenta y las oportunidades que ofrece para que prevalezca la locura
destructiva. Por ejemplo, Estados Unidos podría dejar de ganar guerras, pero
puede aún desatar daños enormes a sí mismo y a otros debido a acciones
imprudentes. Cualquier cosa que intente Estados Unidos en Medio Oriente hoy,
perderá. Al momento, ninguno de los actores fuertes en Medio Oriente (y
realmente pienso que ninguno) sigue ya la línea de Estados Unidos. Esto incluye
a Egipto, Israel, Turquía, Siria, Arabia Saudita, Irak, Irán y Pakistán (por no
mencionar a Rusia o China). Los dilemas de política que esto implica para
Estados Unidos han sido registrados con gran detalle por el New York Times. La
conclusión del debate interno en el gobierno de Obama ha sido un compromiso
súper ambiguo, en el cual el presidente Obama parece vacilante, más que fuerte.
Finalmente,
hay dos consecuencias reales de las cuales podemos estar bastante seguros en la
década por venir. La primera es el fin del dólar estadunidense como divisa de último
recurso. Cuando esto ocurra, Estados Unidos perderá una protección importante
para su presupuesto nacional y para el costo de sus operaciones económicas. La
segunda es una caída, probablemente seria, en los estándares relativos de vida
de los ciudadanos y residentes en esa nación. Las consecuencias políticas de
este último suceso son difíciles de predecir en detalle, pero no serán
insustanciales.
Fuente: La
Jornada

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