A los herederos del franquismo no les
interesa el dolor de los asesinados, nunca han hecho nada y nunca lo
harán. Mientras no se cierre esa herida abierta, los que claman justicia
seguirán sangrando. No es justo, pero está claro que para “ellos” la justicia
es solo una palabra con la que se llenan la boca y no precisamente para
respetarla.
Rafael Reig
13 de noviembre de 2013
A mí también me ha interesado mucho el artículo de
Ignacio Escolar y he leído con atención los comentarios. Como de costumbre:
ellos y nosotros. Ellos son los “herederos del franquismo”; nosotros, unos angelitos, que
reclamamos la herencia de una República sensata, aseada y progresista, el
clásico abuelito encantador, pero inventado. Pues bien, el caso es que tengo
mis dudas de que ése sea el argumento de la película.
La Transición comienza hacia 1972, el día en que
Vernon Walters, embajador volante de Estados Unidos, se entrevista con Franco
(y muchas otras personas) para asegurarse de que el plan diseñado en Langley y
en el Departamento de Estado puede funcionar en un lejano y pintoresco país
como España. (Y funcionó, desde luego, al milímetro. Quien esté interesado
puede leer Las claves de la transición 1973-1986 (para adultos), de Alfredo
Grimaldos. Pero eso es otra historia).
Franco le dijo entonces al americano una frase que merece
ser recordada: “Mi verdadero monumento no es aquella cruz en el Valle de los
Caídos, sino la clase media española”.
Tenía toda la razón aquel tirano retaco y de aflautada
voz que se hacía llamar Caudillo al ofrecer a Vernon Walters la clase media como
garantía de que, tras su muerte, aquí no iba a pasar nada. La acogedora clase
media franquista siempre elegirá el orden antes que la libertad; la reforma,
frente a la ruptura; el consenso, en lugar del enfrentamiento. Así nos ha ido y
así nos va. Con decir que aquí se sigue votando al PSOE sólo por miedo (a la
derecha) está todo dicho. Grabados al encáustico tiene la clase media en su
alma (de cántaro) los dos principios del franquismo: tú no te signifiques, y
tengamos la fiesta en paz.
Pues bien, esa clase media somos nosotros, amigos. No
todos, pero sí muchos de los que aquí escribimos. Hijos del desarrollismo de
los sesenta y amamantados con los timoratos valores de los XXV Años de Paz, esa
celebración que maquinó Fraga y presidieron juntos Franco y el que ahora es
Juan Carlos I.
Los herederos del franquismo (también) somos nosotros,
me temo. Y por supuesto el PSOE, un partido creado (en Suresnes) con la
finalidad de expulsar de la Transición a la izquierda (los comunistas).
Ese abuelito republicano tan razonable y conciliador
al que hay que adherirse y el papá franquista al que hay que rechazar componen
una herencia mancomunada la mar de presentable y progresista.
Hay otra herencia, pero no viene de aquella República
burguesa y bienintencionada, sino de la lucha obrera y revolucionaria, de esa
otra República en la que se quemaban iglesias y se les daba su merecido a los
señoritos. A ver si me explico con un ejemplo: una vez le oí decir en Gales a
Antony Beevor: “La guerra la ganaron los franquistas y hubo cuarenta años de
dictadura. Si la hubieran ganado los republicanos, la dictadura habría durado
hasta 1989”. Es decir, hasta la caída del muro de Berlín. Ésa es la República
cuya herencia nadie reclama ni siquiera a beneficio de inventario.
Hay otra herencia, pero ¿quiénes son sus herederos?
Que levanten la mano.
No, desde luego, la clase media. No, nosotros. No, los
partidarios del consenso y de la transacción.
La clase media, como los gases nobles, tiende a ocupar
todo el espacio disponible; y el gran éxito franquista fue persuadir a una
parte nada pequeña de la población de que eran clase media. En otras palabras,
destruir la conciencia de clase.
Podemos retirar estatuas y hasta volar con dinamita la
cruz de granito del Valle de los Caídos, pero el verdadero monumento funerario
de aquel general despiadado sigue en pie. Mirad: somos nosotros.
Como en
aquel famoso telegrama, bien podríamos decir: “El enemigo está dentro. Disparad
contra nosotros”.
Fuente: www.eldiario.es

No hay comentarios:
Publicar un comentario