Ahora
resulta que un “refugiado” cubano en España precisa que le traigan medicinas
desde Cuba
España |
Iroel Sánchez | 09-11-2013 |
Al concluir la conferencia en el Centro de la
Diversidad Cultural de Venezuela en España, se me acercó un miembro de la
plataforma “Yosísanidaduniversal” y me comentó este reportaje publicado
originalmente en eldiario.es, cuyo enlace me envió luego por correo
electrónico, acompañado de las siguientes observaciones:
“Yosísanidaduniversal”
es una plataforma de profesionales sanitarios y usuarios del sistema sanitario
público español que lucha por conseguir la derogación del Decreto 16/2012 por
el que se retiró el derecho a la asistencia sanitaria pública de los
inmigrantes sin permiso de residencia.
Los
ciudadanos cubanos a los que se refiere esta noticia sí tienen permiso de
residencia, pero al ser autorizados a residir en España por reagupamiento
familiar, debido a las modificaciones legales que introdujo en el año 2012 el
gobierno del Partido Popular, el INSS (Instituto Nacional de la Seguridad
Social) no les reconoce el derecho a la asistencia sanitaria pública e indica
que deben contratar un seguro sanitario privado para no ser “una carga al
sistema sanitario público español”. Como los ciudadanos cubanos son de una edad
avanzada y además tienen enfermedades crónicas, las compañías privadas de
seguros sanitarios no les dan cobertura al no ser rentables económicamente, por
lo que la única opción que les queda es acudir a médicos privados pagando cada
consulta y asumiendo el coste de los medicamentos.
Es muy
llamativo que Lázaro, el ciudadano cubano residente en España y que consiguió
el reagrupamiento familiar de sus padres, sea calificado en la noticia como
“refugiado”. Al mismo tiempo, denuncia y se indigna con toda razón por la falta
de cobertura sanitaria a sus padres, pero es paradójico que diga que necesita
que “sus amigos, cuando viajan a Cuba, les traigan medicinas porque allí son
más baratas”. Durante muchos años era una tradición fomentada por los medios de
comunicación comerciales españoles insistir en la necesidad de que los turistas
españoles llevasen medicamentos a la población cubana cuando viajasen a Cuba
por las “tremendas carencias que sufrían los cubanos” y ahora resulta que un
“refugiado” cubano en España precisa que le traigan medicinas desde Cuba.
Vivir en
España legalmente pero sin sanidad: “Mi madre se muere y no podemos pagar los
médicos”
Lourdes
tiene osteorporosis, diabetes e hipertensión y no tiene tarjeta sanitaria a
pesar de que cuenta con residencia legal por reagrupación familiar. La reforma del
Gobierno español rechaza a personas que han obtenido un permiso de residencia
no laboral después del 24 de abril de 2012. No sabe si la cantidad de insulina
con la que se está medicando es la adecuada.
Lázaro y su
familia viven con miedo. “Mi madre se está muriendo poco a poco porque no
sabemos cómo está, no sabemos la insulina que necesita, no sabemos nada. Solo
que cada vez está peor”, explica con impotencia. Lourdes, sufre diabetes,
hipertensión, osteoporosis y unos dolores que aumentan cada día. No está segura
de que su medicación sea la adecuada pero parece que de momento un médico
tampoco va a solucionar su preocupación. Aunque reside de forma legal en
España, le han negado el acceso a la sanidad pública, y casi no le ofrecen
posibilidades para asegurarse en la privada: tiene 71 años, tres enfermedades y
muy baja rentabilidad para un sistema de pago.
Lázaro es
cubano, llegó a España como refugiado y, por tanto, tiene permiso de
residencia. Sus padres, Lourdes e Hilario, llegaron reagrupados en febrero de
este año. Ambos han solicitado la tarjeta sanitaria en oficinas de la Seguridad
Social en cuatro ocasiones, y en cada una de ellas se les ha rechazado, según
denuncian desde Médicos del Mundo. La razón: la reforma sanitaria del Gobierno
no solo excluye a inmigrantes en situación irregular, también rechaza a
personas que han obtenido un permiso de residencia no laboral después del 24 de
abril de 2012.
Estas
características apuntan a los padres de inmigrantes que han llegado por
reagrupación familiar como principales víctimas de esta forma de exclusión casi
invisible. Dada su edad, no solo no pueden trabajar, sino que verán muy difícil
encontrar un seguro médico privado a un precio asequible. “Se trata de una de
las formas de exclusión más agresivas, les dejan en la estacada”, señala
Verónica García, activista del colectivo Yo Sí, Sanidad Universal.
En ningún
momento fueron informados de que no iban a tener cobertura sanitaria cuando
solicitaron la reagrupación familiar. “Nunca nos avisaron de nada. Aunque
verdaderamente no tenía opción de dejarles en Cuba. Allí estaban solos y mi
madre necesitaba que la cuidásemos; lo que no sabía es que no iba a poder
hacerlo en España”, lamenta Lázaro.
Su rostro no
está envejecido pero refleja cansancio y mucho dolor. Lourdes intenta ser
amable, pero está agotada. Tiene 71 años y padece diabetes, osteoporosis,
dolores intensos de huesos e hipertensión arterial. Necesita a diario insulina,
metformina, calmantes y relajantes musculares, entre otros. Un gran botiquín
que eleva el coste mensual a más de 100 euros, un precio excesivo para una casa
de seis habitantes con un ingreso fijo de 460 euros al mes. No tiene medidor de
glucosa, necesario para controlar las subidas y bajadas de azúcar en sangre,
por lo que el suministro de insulina se lo hace ella misma sin saber la
cantidad exacta que debe inyectarse.
La primera
vez que acudieron a urgencias fue atendida, aunque todo gracias a una pequeña
mentira fruto de la desesperación de su hijo. “Tuve que decir que se me había
olvidado la tarjeta sanitaria en casa, y funcionó. Le inyectaron insulina y le
hicieron unos análisis”, reconoce. La segunda vez que los dolores obligaron a
Lourdes a acudir al hospital no fue posible recibir asistencia: les derivaron a
una clínica privada cuyo coste es de 65 euros por consulta, al que se suman
otros 400 para su seguimiento, junto con el precio de los análisis y las
pruebas… “El único dinero que entra en casa es el salario de mi hijo, que no
llega a los 500 euros”, dice Lourdes. “¿Qué vamos a hacer entonces?”
Sus hijos se
pusieron en marcha, no iban a permitir que su madre fuese ignorada de tal
forma. Estaban dispuestos a pagar otro seguro médico privado; ya encontrarían
la forma de financiarlo. No obstante, los precios eran inalcanzables. “La oferta
que me hicieron es casi hiriente. Dicen que con 71 años no pueden asegurarla
pero lo harían a cambio de incluir a cuatro personas más menores de 35 años por
600 euros”.
“Estamos
viviendo de la solidaridad, si no…, no sé cómo llegaríamos”, lamenta Lázaro. La
familia de su mujer y algunos conocidos están siendo un gran sustento para
ellos. Cuando algunos amigos viajan a Cuba, les traen las medicinas que en
España no pueden comprar. Allí son más baratas. La situación está derivando en
la automedicación de Lourdes. “Empecé a tomar unas pastillas que me regaló una
amiga, pero no sé si me van bien”, llega a reconocer. No nota mejoría con
ninguna de la medicación que toma. “El otro día leí en un prospecto que, si
tomo una medicina y no noto nada, tendría que visitar a mi médico… ¿A qué
médico?”, se pregunta.
Cada día,
cuenta su familia, Lourdes está un poco peor que el anterior. “No me encuentro
bien, siempre estoy malita. Tengo muchos dolores, desde la cabeza hasta los
dedos de los pies… Estoy muy malita todos los días”, lamenta. Está preocupada.
Los que la quieren aseguran que la batalla por encontrar un médico de cabecera
le está pasando una factura mayor de la que ya le cobran sus enfermedades.
“Está bastante deprimida”, dice Hilario, mientras su mujer se limpia de nuevo
los ojos con un pañuelo que no separa de sus manos.
“¿Cómo se va
a sentir hacia esta indiferencia? Se siente desamparada”, salta Lázaro,
inundado en rabia. Con palabras más calmadas, casi sin fuerzas, Lourdes
responde. “Se me quitan las ganas de vivir…”. De nuevo arrastra rápidamente su
mano hacia sus ojos, pero un pañuelo no es suficiente para cubrir todo su
rostro. Rompe a llorar. Sufre al sentirse como una víctima. Ella es fuerte,
siempre lo fue, dicen los tres familiares que la rodean. “Con lo que era ella…,
siempre activa, siempre feliz, y dando comida a todo aquel que lo necesitaba…
No paraba quieta”, se apresura a decir uno de sus hijos para intentar arrancar
la sonrisa de su madre. Y los dientes se asoman, aunque de forma tímida, como si
reír también doliese.
“Nadie puede
imaginar cómo es ver a tu madre morir en vida y no poder hacer nada. Que a
nadie le importe. Uno siente impotencia. Solo queremos que un médico le haga un
seguimiento. ¿Es eso tan caro para el Estado?”, dice Lázaro mientras su madre
le mira y sus ojos vuelven a humedecerse.
Fuente: www.tercerainformacion.es

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