Carlos Enrique Bayo
21 de noviembre
de 2013
Preso
del chantaje del sector más ultramontano del Partido Popular, Rajoy tomó
finalmente una decisión rápida (en sólo tres días) y dio luz verde al PP para
que sus dirigentes participaran en la manifestación de rechazo de la sentencia
del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que Esperanza
Aguirre calificó de “infame”.
No contenta con ese calificativo, la presidenta del PP de Madrid aseguró que
era necesario evitar que el veredicto “humille a las víctimas y enaltezca a los
asesinos”.
En
ese ámbito, tanto ella como su partido tienen amplia experiencia y sus acciones
se corresponden mucho más fielmente con esa frase que el dictamen de los
magistrados europeos contra la doctrina Parot, un dogma jurídico de más que
dudosa legalidad, pues busca a todas luces sortear los límites de la Ley para
alargar la estancia en prisión de condenados que ya han cumplido la pena máxima
aplicable en nuestro sistema judicial. Por muy horribles que sean los crímenes
cometidos, en democracia la Justicia no puede pretender venganza, ni
sus más altos tribunales incurrir en detención ilegal del reo.
Lo
que sí debe procurar la Justicia democrática es la reparación y rehabilitación
de las víctimas… de todas las víctimas. Pero los derechistas que se
manifestaron el 27 de octubre contra la sentencia del Tribunal de Estrasburgo
escogieron el lema “Justicia para un final con vencedores y vencidos” porque,
para ellos, como dijo Aznar: “Hacer
justicia es que nosotros ganamos y ellos pierden”.
Para
los que somos hijos o nietos de los vencidos en la Guerra Civil y de los
perseguidos por la posterior dictadura fascista, es más que evidente el afán
malévolo de los que niegan cualquier tipo de justicia a las víctimas del
franquismo, mientras se llenan la boca con la permanente reivindicación del
necesario desagravio a las del terrorismo para justificar posiciones
ultraderechistas. Igual que es de una doblez moral insultante que Javier Zarzalejos,
uno de los negociadores con ETA de la era Aznar, clame ahora desde su puesto de
secretario general de la FAES que la sentencia de Estrasburgo es “una herencia
indeseable” de la supuesta “operación política” de Zapatero para apaciguar a la
banda terrorista.
Todo
ello, protagonizado por los mismos que mantienen la afrenta
del desprecio y el olvido de todos los familiares y allegados de los 130.000
desaparecidos víctimas de la represión franquista; que impiden la exhumación de los restos de fusilados
y asesinados que permanecen en las 2.500 fosas comunes aún sin abrir en España;
que obstruyen
el trabajo de los tribunales que han tratado de reparar semejante ignominia e incluso han logrado apartar de la carrera judicial
al magistrado que se atrevió a revisar los crímenes del franquismo; que desoyen
sistemáticamente todas las reclamaciones
de las Naciones Unidas para que se investiguen las desapariciones masivas de
civiles durante el régimen de Franco;
que incluso incumplen los tratados internacionales rubricados por España para proteger
a torturadores y ejecutores de crímenes de lesa humanidad.
Y
no sólo eso, además promueven
comportamientos neonazis y rinden continuos homenajes a los fascistas que sometieron al terror a todos aquellos que no se
doblegaron a una ideología totalitaria que todavía hoy causa pavor y repudio en
todo el mundo… menos en España.
El
resultado de tamaña iniquidad es que la ONU acaba de exigir al Gobierno español
que deje
de usar la Ley de Amnistía de 1977 como excusa para no investigar las desapariciones forzadas del
franquismo, y ha reclamado una investigación de oficio “exhaustiva e imparcial”
que culmine con graves condenas a los responsables de esos delitos, así como la
reparación y rehabilitación adecuadas de las víctimas. La primera respuesta ha
sido una nueva burla feroz, al negar
el Ministerio de Justicia de Gallardón que jamás se haya obstaculizando la
investigación de los crímenes del franquismo.
Ya
no cabe la menor duda de que la comunidad internacional se va a movilizar
definitivamente para forzar al Gobierno del PP a reconocer nuestro terrible
pasado fascista, al que la derecha española no sólo añora sino que ni siquiera
pretende renunciar. Cuando ese momento llegue, España habrá quedado en
evidencia ante el mundo como el último reducto de la ideología que desencadenó
la Segunda Guerra Mundial e instigó el Holocausto.
Entonces, junto a esa tremenda vergüenza, los
españoles tendremos por fin la certeza de quiénes son los que humillan a las
víctimas y ensalzan a los asesinos.
Fuente: www.publico.es

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