nuevatribuna.es | Jesús Cruz Villalón | 22
Noviembre 2013 - 16:32 h.
El
hecho más conocido es la devaluación interna provocada por una notable pérdida
del poder adquisitivo de los salarios, incluso una reducción en valores
absolutos de los salarios pactados en los convenios. Podría aceptarse que ello
es resultado natural de la evolución de la economía, de la destrucción del
empleo, de la presión para incrementar la competitividad, de la contención de
la inflación, de la propia reforma laboral. La preocupación no es tanto la
tendencia a la moderación retributiva, que avalan incluso los Acuerdos
interprofesionales celebrados entre sindicatos y patronales, como la
contundencia y prolongación en el tiempo del fenómeno. La clave se encuentra en
el equilibrio de las medidas, pues los excesos no compensados provocan efectos
perversos que acaban contaminando negativamente todo el sistema. Lo preocupante
es el círculo vicioso de provocar el incremento de los trabajadores pobres, el
colapso del consumo interno, el impago de las deudas pendientes y el daño
colateral al propio saneamiento bancario.
Incluso
pensando en una posible recuperación del crecimiento, en que será posible
recomponer en parte la situación hacia una razonable suficiencia de los
salarios, lo más preocupante es que por la fuerte tensión que se ha concentrado
sobre la negociación colectiva hayamos tocado ciertos elementos vitales del
sistema, que dejen secuelas difíciles de restaurar.
Así,
lo más llamativo de los datos publicados es la fuerte caída del número de
trabajadores incluidos dentro del ámbito de aplicación de los convenios, lo que
podría suponer la presencia de importantes vacíos, donde la negociación
colectiva no funciona y no puede desempeñar su función natural de regulación
con homogeneidad de las condiciones de trabajo. Uno de los rasgos definitorios
de nuestro sistema, la alta tasa de cobertura de la negociación colectiva,
abarcando a la inmensa mayoría de los trabajadores, parece que viene a menos.
Aunque no sea fácil de cuantificar su intensidad, parece que algo se está
alterando en lo que hasta ahora constituía regla central de nuestro modelo y
que puede tener mucho impacto para cierto tipo de trabajadores que se verían
abandonados a una “negociación” meramente individual.
Otro
elemento que puede erosionar el modelo es una actitud subyacente en algunas de
las últimas reformas de desconfianza del legislador hacia la negociación
colectiva. Frente a un modelo durante décadas de fuerte colaboración entre la
legislación y los interlocutores sociales a través de los convenios colectivos,
parece que se rompe ahora; como si el legislador no se fiara y presumiera que
la negociación colectiva le va a jugar a la contra, la expulsa del terreno de
juego. Este tipo de estrategias al final dan malos resultados, porque por mucho
que se cierren puertas, el aire acaba entrando por la ventana. Por ello,
siempre es mejor tener en cuenta que en materia laboral es muy difícil jugar a
la contra, porque el resto de los protagonistas con su no colaboración pueden
reventar lo que se pretende imponer desde el BOE.
Finalmente,
no podemos desconocer que el desarrollo generalizado de la crisis no se ha
circunscrito al ámbito de lo económico, sino que por su profundidad está
afectando al conjunto del modelo institucional. La consecuencia más palpable es
que todas las organizaciones sociales e instituciones públicas sufren un
proceso de enorme desgaste en el prestigio y reconocimiento ciudadano, como
muestran todas las encuestas sociológicas. A ello no escapan tampoco las
organizaciones sindicales y empresariales protagonistas durante décadas de
nuestro sistema de relaciones laborales. Por ello, el reto al que se enfrentan
es muy superior, debiendo unas y otras reflexionar acerca de cómo se
estructuran internamente, cómo se financian económicamente, cómo eligen a sus
dirigentes, cómo conectan con sus representados, cómo desempeñan sus funciones
y acaban asumiendo sus responsabilidades. Desde luego sería todo un disparate
descalificar tanto a estas organizaciones como a las personas que las integran,
ni pensar que es concebible un modelo alternativo de relaciones laborales sin
un fuerte protagonismo de organizaciones capitales y básicas para un
funcionamiento democrático y equilibrado socialmente del modelo, como son las
actuales patronales y sindicatos más representativos. Pero lo que tampoco cabe
es esperar a que escampe el temporal, pensando que no es necesario cambiar
nada.

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