Artículos de
Opinión | Linet Perera Negrín | 09-11-2013 |
La
desesperanza causada por un sistema político y económico en crisis y el abandono
de un Estado más preocupado por los bancos que por las personas, son una vez
más el caldo de cultivo donde brotan las ideas ultraderechistas y neofascistas
en Europa.
Los graves
problemas económicos que actualmente enfrenta la región resultan solo una parte
de la ecuación. La estructura política de la posguerra, que con ligeras
variaciones se mantiene hasta la actualidad, tiene tantas deudas con los
ciudadanos como el Banco Central griego con la Troika. Y los europeos comienzan
a pasar factura, pero muchas veces yerran en identificar los culpables.
Así surgen
pequeños grupos o incluso partidos ultraderechistas o neofascistas que se
aprovechan de estas debilidades ofreciendo programas de "ayuda" y
tratando de seducir con cantos de sirena hacia sus ideologías extremistas. Como
si no tuvieran a mano un libro de Historia, repiten la fórmula de la xenofobia
y vinculan los problemas actuales a los inmigrantes, mientras dirigen todos sus
cañones a un sistema de integración europeo que, aunque se le pueden señalar
millones de defectos, ha mantenido ciertos niveles de paz en la región
históricamente más convulsa del mundo.
Según el
politólogo norteamericano Lawrence Brito, uno los rasgos del fascismo moderno
es la alimentación sistemática del miedo a los enemigos, a veces invisibles y
la consiguiente necesidad de seguridad, con lo que han conseguido el apoyo del
propio pueblo, persuadido de que los derechos fundamentales deben de ser
ignorados ante los problemas actuales.
Sin embargo,
no señalan que del trabajo de los inmigrantes, los culpados en medio de la
crisis, dependen en gran medida las economías de la Unión Europea (UE), donde
sus ciudadanos acomodados no quieren hacer las labores más duras aunque estén
en paro, como sucede desde hace décadas con los turcos en Alemania.
A esto se le
añade la continua violencia a la que son sometidos por los grupos de
ultraderecha, que también atacan a quienes pretenden contrarrestar su accionar.
Ese fue el caso del joven militante antifascista Pavlos Fyssas, asesinado por
miembros del partido neonazi Amanecer Dorado en Grecia.
Si es
preocupante el auge de pequeños grupos radicales ilegales, es aún peor
constatar la legalización de partidos con rasgos fascistas dentro de la
estructura política tradicional.
Amanecer
Dorado en Grecia, al realizar una campaña anterior a las elecciones griegas del
2012, que tenía como temas centrales el desempleo y la economía, alcanzó un
6,97 % y 21 diputados en el Parlamento. Pero actualmente sus principales
dirigentes están siendo procesados por la justicia por su vinculación con actos
ilegales.
Este no es
el único caso. Casi por cada país existe un tipo de ultraderecha y muchos de
ellos rozan con el neofascismo.
En Francia,
Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional (FN) y líder de la ultraderecha
francesa, obtuvo un resultado histórico en abril del 2012 en la primera vuelta
de las presidenciales francesas, cuando obtuvo un 17,9 % de los otos.
Durante
estas elecciones el periódico Liberation realizó un estudio de opinión que
reveló que un 30 % de los que no superaron el examen de acceso a la universidad
votó a la ultraderecha. Según Nonna Mayer, politóloga francesa, "cuanto
más bajo es el nivel de estudios, más elevada es la probabilidad de votar al
FN".
Aunque estas
estadísticas puedan no ser completas, resulta claro a qué personas apuntan
estos partidos con sus ideologías.
En Alemania,
reconocida por muchos como la locomotora de Europa, el Partido
Nacionaldemocrático Alemán (NPD), de perfil ultraderechista, está integrado por
cerca de 7 mil partidarios. Además tiene el apoyo de los Republicanos y la
Unión Popular Alemana (DVU), otros dos partidos de extremistas con
representación en el Parlamento.
De manera
general, la ultraderecha alemana cometió miles de delitos de carácter
ideológico en los últimos años. Relacionado con estas cifras, también se
declararon ilegales diez organizaciones acusadas de realizar actos violentos
desde 1990 hasta el 2011.
La gravedad
de recientes ataques racistas cometidos en Alemania ha reactivado el debate
político sobre la prohibición del NPD. Sin embargo, las autoridades germanas no
se ponen de acuerdo sobre cómo enfrentar este sensible problema en el país.
La Unión
Europea aprobó en el 2012 la Directiva Marco de Derecho Penal, obligando a los
Estados a sancionar penalmente a quienes inciten al odio, violencia y
discriminación por motivos raciales, xenófobos y de intolerancia cultural o
religiosa.
En algunos
países se adoptaron también medidas preventivas con instituciones y programas
especiales en colaboración con organizaciones cívicas, como la Organización
para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y el Consejo de Europa.
Sin embargo,
mientras el despunte económico no acaba de aparecer en el horizonte europeo, la
guerra contra el extremismo parece estar corta de fondos y las consecuencias
pueden ser mucho mayores que un crack bancario.
Fuente: www.tercerainformacion.es

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