Por Eduardo
Mangada | A
la insignia que ha simbolizado al partido socialista durante muchos años le han
amputado el puño, quedando en el aire una solitaria rosa sin cimientos.
nuevatribuna.es
| Eduardo Mangada | 18 Noviembre 2013 - 19:07 h.
Hay imágenes
que valen más que mil palabras. No estoy seguro de que esta sentencia, repetida
cientos de veces, en circunstancias y para asuntos muy diversos, tenga validez
absoluta. Pero sí hay imágenes que golpean nuestros ojos y despiertan en la
mente señales de alarma, de incomodidad o incertidumbre. Al principio, de forma
subconsciente, pero una vez grabadas en nuestra memoria exigen una reflexión
que explique su significado más allá de la iconografía que decore una pancarta.
Este es el
caso del telón de fondo que ha presidido la Conferencia Política del PSOE
celebrada días atrás, en el que a la insignia que ha simbolizado al partido
socialista durante muchos años le han amputado el puño, quedando en el aire una
solitaria rosa sin cimientos. ¿Es una depuración tipográfica para este evento?
¿Una poda minimalista para ganar una elegancia más dulce? ¿O es pura y
duramente el reflejo de un reblandecimiento ideológico? Espero que en el futuro
la rosa no se convierta en una margarita con cuyos pétalos decidamos sí o no.
He seguido,
a través de la prensa, con intensidad y compromiso, los debates y conclusiones
de este importante acto de reflexión política, necesaria para revitalizar al
partido e integrarse en la sociedad. Para mí el PSOE no ha “vuelto”, porque
nunca se había ido, a pesar de muchas dudas e, incluso, severas discrepancias,
y espero, exijo, junto con muchos militantes, una clara y esforzada ofensiva
política capaz de rescatar lo más progresista de una cultura socialdemócrata,
con el estado del bienestar como contenido identitario, sin dejarse contaminar
por los dramáticos tópicos impuestos por el neoliberalismo imperante, tales
como “inevitable”, “me cueste lo que me cueste”… Hagamos realidad, en la acción
política cotidiana, y no las almacenemos en las estanterías del partido para
decorar próximos programas electorales, las conclusiones más relevantes de esta
conferencia: una reforma fiscal progresiva (los impuestos son civilización si
son la garantía de la igualdad de oportunidades); la reforma de la Constitución
que ampare una renovada estructura territorial; la revisión del Concordato que
establezca una nueva relación con la iglesia católica; el blindaje de los
derechos sociales ya conquistados, pero amenazados de muerte por los mercados;
una nueva ley electoral; una depuración interna del funcionamiento partidista;
la calidad de la democracia antes de que se degrade y se trasforme en una
palabra vacua, enarbolada sin rigor por personas de distinto signo, incluso antagónico.
Pero me
duele que desaparezca el puño como sostén y exaltación de la rosa. Soy
radicalmente iconoclasta y nunca he prendido en mi solapa insignia alguna, ni
de partido, ni de club, ni de cofradía. No obstante, creo que los cambios en
los símbolos que han identificado un ideario político durante largo tiempo y
han movilizado tras él a miles de personas, en los días dolorosos y en los
festivos, no puede hacerse por simples modas tipográficas o mercadotecnia
mediática. Una modificación tan importante como la que lamento, debería
responder y poder explicarse por un cambio en el ideario que representaba, a
menos que se trate de una mera frivolidad publicitaria. ¿Por qué se suprime el
puño y no la rosa? ¿Por qué no todo?
Si tanto
valoramos el mercado, aprendamos de Ford, que ha mantenido prácticamente
inalterada su insignia, fijada en el morro de sus coches desde principios del
siglo pasado, aunque haya cambiado el modelo de los mismos, su color, tamaño y
forma.
El puño
alzado al aire por encima de nuestras cabezas ha sido y sigue siendo una
manifestación de rebeldía y de rabia frente a la injusticia y a la opresión,
pero también una expresión de la fuerza y la unidad de los rebeldes, que no se
conforman con un mundo en el que están ausentes la igualdad y la fraternidad y
en el que la libertad está siendo vendida a poderes bastardos, en aras de una
pretendida seguridad policial. Quizá por nostalgia (la edad induce a ella)
siento que se pierden algunas señas de identidad, símbolos de una militancia
política contra la dictadura y que sirvieron de guía durante la transición
democrática. La pérdida de valor de esos símbolos, como el puño y la rosa o la
hoz y el martillo, se ha ido produciendo en paralelo con el adormecimiento de
los ideales políticos que representaban y que, debidamente actualizados, aún
conservan su validez y su capacidad movilizadora primigenias.
No olvidemos
que con los escombros de nuestros sueños construimos la realidad.

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