Antonio Antón | Profesor Honorario de Sociología
de la Universidad Autónoma de Madrid
nuevatribuna.es
| 12 Noviembre 2013 - 19:56 h.
Para el día 23
de noviembre están convocadas grandes manifestaciones de protesta, promovidas
por los sindicatos, la Cumbre Social y diversas plataformas ciudadanas, contra
los recortes sociales y la reforma regresiva de las pensiones, impulsados por
el Gobierno del PP. Se enlazan con más de tres años de movilizaciones contra la
política de austeridad. Veamos algunos elementos generales de los retos de esta
protesta colectiva progresista.
Giro
socioeconómico y democratización
Desde una
óptica de izquierdas desechamos las salidas autoritarias o conservadoras y la
simple estrategia adaptativa a los retrocesos socioeconómicos y políticos. La
apuesta es frenar o impedir la actual deriva regresiva y promover un giro más
social en la política socioeconómica y la democratización del sistema político,
con una mayor activación de la ciudadanía.
En el
momento actual, se podría especular con la reproducción de cierta similitud de
escenario con el periodo 2002-2004 (agresividad de la derecha, oposición del
conjunto de la izquierda y los movimientos sociales, recuperación electoral
socialista). No obstante, existen distintos factores y procesos específicos a
los de esa etapa: gravedad de las consecuencias socioeconómicas de la crisis,
reciente experiencia de la gestión antisocial del gobierno socialista, ausencia
de renovación y reorientación significativas del PSOE, autonomía y persistencia
de una ciudadanía activa.
Una profunda
acción política, social y democrática es mucho más imprescindible para la
izquierda, para contrarrestar el poder económico y financiero, corregir y
regular los mercados financieros, activar a la ciudadanía y fortalecer la
legitimidad de esa actuación y su representación política.
La auténtica
solución para impedir y cambiar la estrategia de austeridad, revalorizar la
acción pública o sociopolítica frente a los mercados financieros y reforzar la
democracia, es la consolidación de una amplia corriente indignada y una fuerza
social activa, con un aumento de su representación parlamentaria,
reequilibrando en las izquierdas la hegemonía del partido socialista. Es un
elemento también positivo para que el partido socialista resuelva de forma
progresista su desafío de reorientación política y renovación orgánica, así
como mejorar sus vínculos con la sociedad. Estas cuestiones han sido abordadas
en la reciente conferencia programática del PSOE, pero todavía no han sido
resueltas satisfactoriamente.
Por tanto,
la crítica y el rechazo a la política regresiva, a esa clase gobernante
encargada de su aplicación, muchas veces faltando a elementales prácticas
democráticas de transparencia y compromisos electorales con sus bases sociales,
están fundamentados, son realistas y constituyen la mejor opción pragmática
para ponerles freno y promover su cambio.
Por
supuesto, no todos los políticos o partidos políticos son iguales. Hay
diferencias significativas, en diversos planos, entre los dos partidos
mayoritarios PP y PSOE. Pero ambos han asumido y aplicado políticas regresivas
y antisociales, son corresponsables junto con los poderes económicos del
deterioro material de la mayoría de la sociedad y han sido poco respetuosos con
sus compromisos con sus bases sociales y la opinión de la ciudadanía. Ese
distanciamiento respecto de la mayoría de la sociedad, en aspectos
especialmente sensibles, le hace merecer a ambos partidos, a la clase política
mayoritaria y, especialmente a sus líderes, la poca confianza ciudadana sobre
que su gestión de los asuntos públicos esté guiada por la justicia social, la
defensa de las capas populares y desfavorecidas o el interés general de la
sociedad.
En otro
plano, sin esa gran responsabilidad en la gestión de la política de austeridad
y la aplicación de los recortes sociales de espaldas a la ciudadanía, están las
deficiencias o limitaciones de otros agentes sociales y políticos.
En la
sociedad se combinan dos elementos:
1) Una
amplia desconfianza en las élites políticas actuales que a juicio de la mayoría
social ‘no representan’ adecuadamente su opinión e intereses, aunque gran parte
de ella siga votando a los mismos partidos políticos.
2) Una
esperanza en que el sistema democrático y representativo, con nuevas élites
políticas y sociales, sea capaz de una renovación institucional y una
reorientación de sus prioridades socioeconómicas y políticas.
Es una aspiración
sensata y justa, no exenta de cierto escepticismo en su materialización
completa. La desafección no alcanza a la democracia representativa o a la
acción sociopolítica y ciudadana, sino todo lo contrario, hay expectativas en
que proporcionen los mecanismos para la solución. La cuestión es si es probable
o, mejor, qué condiciones sociopolíticas se deben configurar para ser una
opción realista y practicable.
El propio
partido socialista se debate entre la continuidad o la ligera renovación, de
sus políticas, discursos y liderazgos. No se adivina una reorientación profunda
de su estrategia y su dinámica organizativa, y su nuevo proyecto puede quedarse
en una nueva ofensiva de ‘comunicación’ sin un giro claro hacia la izquierda.
El grado de desarrollo de la izquierda social y política es fundamental. La
potenciación y articulación de la ciudadanía activa, con su expresión del
sindicalismo, el movimiento 15-M (y sus derivados), sus fórmulas mixtas (como
las mareas ciudadanas) y el resto del tejido social progresista, es clave para
impulsar el cambio social y político.
El futuro
está abierto. La opción dominante es la salida regresiva y autoritaria de la
crisis que están intentando imponer el poder económico e institucional europeo
(y mundial), con la corresponsabilidad de las élites políticas del sur
periférico. Pero la sociedad europea no está condenada de forma fatal a esa
opción liberal-conservadora dominante, con un fuerte retroceso de las
condiciones y derechos sociolaborales, el desmantelamiento del actual Estado de
bienestar, particularmente para el sur europeo, y la anulación o la
subordinación de las fuerzas sociales y políticas de izquierdas, el
sindicalismo y los movimientos sociales progresistas.
La pugna
sociopolítica por una salida justa de la crisis
El nuevo
ciclo sociopolítico, iniciado en el año 2010, tiene varias fases y presenta
diversas enseñanzas. El hecho social más significativo, en este periodo, es la
consolidación de una corriente social indignada, una ciudadanía activa y una
doble representación social, los sindicatos y los grupos de activistas del
15-M.
Primero, en
el año 2010, del sindicalismo, luego, en la primavera, verano y otoño de 2011
por el movimiento 15-M, y después, empezando ya en el otoño de 2011 (huelgas en
la enseñanza pública y movilizaciones contra la reforma constitucional) y en el
año 2012, ya con el nuevo gobierno del PP y sus duros planes de ajuste, con una
combinación de movilizaciones generales del movimiento sindical, acompañado de
una amplia participación de grupos sociales. Se realizan las dos huelgas
generales de marzo y noviembre, con cerca de cinco millones de huelguistas cada
una y entre uno y dos millones en las grandes manifestaciones de esos días y
algo menores en otras jornadas de participación también masiva como el 15 de
febrero, el 19 de julio o el 15 de septiembre de ese año. Se añaden protestas
sindicales y ciudadanas sectoriales y locales y algunas acciones del movimiento
15-M (y similares), que alcanzan decenas de miles de personas.
El nuevo
escenario sociopolítico, con un emergente campo social autónomo y diferenciado
de las instituciones políticas, tiene la particularidad de que cristaliza
frente a la gestión antisocial del gobierno socialista y luego se desarrolla
contra la derecha.
La
configuración de las ideas fuerza de esa corriente crítica y los objetivos de
su actividad expresiva, están constituidos por cuatro elementos
interrelacionados:
1) El
rechazo a las graves consecuencias de la crisis, el paro masivo, la desigualdad
social y el retroceso en las expectativas laborales y socioeconómicas,
particularmente entre la gente joven.
2) La
oposición a la gestión regresiva (económica y política) dominante, con
profundos recortes sociales.
3) La
crítica al déficit democrático de las instituciones políticas, legitimadas
electoralmente pero alejadas de la conciencia popular mayoritaria, con
desconfianza social hacia la clase política.
4) El
deterioro de la credibilidad del aparato socialista como representación
política y cauce de las demandas de un amplio sector social.
La
conciencia crítica hacia la clase política es todavía más lacerante al integrar
en ella al partido socialista, como responsable de una política especialmente
regresiva y dura en un país periférico como España (al igual que hicieron los
partidos socialistas de Grecia y Portugal). Las bases sociales progresistas y
de izquierda reaccionan más firmemente contra los recortes sociales y las
medidas injustas, defienden más la igualdad social, cuestión positiva y que les
diferencia de las personas de derecha. Pero, además, cuando la aplicación de
medidas antisociales viene de políticos socialistas se sienten más defraudados
con esa clase política al advertir más distancia respecto de sus discursos y
proyectos.
La
profundidad y la especificidad de la crisis económica y social en España y las
medidas regresivas que adoptó el Gobierno de Zapatero-Rubalcaba en la segunda
legislatura revelaban el fracaso de un proyecto modernizador. O, más grave
todavía, constataban la ausencia de tal proyecto, la ingenuidad en la creencia
de la solidez de nuestro sistema económico y la estabilidad de nuestro mercado
de trabajo, la continuidad de la misma política económica anterior y la
complicidad con la burbuja inmobiliaria, la especulación financiera y un débil
Estado de bienestar.
Así mismo,
la cúpula socialista infravaloraba que los fundamentos de su apoyo social,
fortalecido en el periodo previo de las grandes movilizaciones sociales de
2002/2004, que le auparon para su victoria electoral, tenían que ver con su confrontación
con la derecha, sus vínculos con la izquierda social y los movimientos
progresistas y la expectativa de un avance en los derechos civiles, políticos y
sociales.
Por tanto,
la frustración de esa corriente social indignada con la clase política gestora
de la austeridad para las capas populares, su crítica al poder económico y
financiero, como principales culpables de la crisis, así como el malestar
ciudadano, son profundos, realistas y justos. Ese fenómeno refleja una mayor
conciencia del papel positivo de la propia activación ciudadana y constituye
una exigencia de regeneración democrática del sistema político y una
reorientación social y ética de las izquierdas.
No obstante,
la realidad es que la conformación de un campo social, con una cultura progresista
y una representación y articulación social, tiene unos ritmos específicos y
unas características distintas a la configuración de los campos electorales,
con la estructuración de unas opciones políticas y una estructura organizativa,
creíbles y relativamente cohesionadas con un proyecto político y el
condicionamiento de los mecanismos electorales.
El concepto
‘resistencias’ sociales o colectivas se adecúa a la realidad de los equilibrios
de fuerzas y los caminos a recorrer. Las protestas colectivas no consiguen
mejoras materiales inmediatas, sino que son freno al empeoramiento impuesto y
generan la deslegitimación de sus gestores, para promover el cambio de
políticas e instituciones. Estamos en un ciclo ‘defensivo’, de impedir
retrocesos en las condiciones y los derechos sociales y democráticos de la
ciudadanía, aunque esa posición es imprescindible completarla con un proyecto
social y democrático, de transformación progresista.
El
significado de la acción sociopolítica, la protesta social y las resistencias
ciudadanas es impedir la deriva regresiva, antisocial y autoritaria. Esos
componentes no son simplemente el contexto de la acción colectiva de la
ciudadanía activa, como si fueran las circunstancias externas que rodean el
hecho fundamental. Por el contrario, el actual proceso de movilizaciones
populares tiene sus bases, sus objetivos y su sentido en esa realidad
socioeconómica y política y expresan la aspiración a su cambio. La
especificidad del actual proceso de resistencias colectivas es que señala su
rechazo a componentes ‘sistémicos’ de la realidad socioeconómica y política y
apunta a reformas profundas de carácter social y democrático.
El
descontento ciudadano con esa clase política, incluido el aparato socialista en
la medida que no corrige claramente su orientación, está fundamentado, es justo
y conveniente. Supone un valor positivo y democrático para regenerar el sistema
político y reorientar la acción socioeconómica y laboral. Tiene insuficiencias
y una débil y fragmentada representación social. Esa corriente indignada está
relativamente huérfana de representación política y gran parte de ella sigue
votando a los mismos partidos mayoritarios, por más que ya ha tenido un
significativo efecto en el apoyo electoral a otros partidos minoritarios y de
izquierda.
Su evolución
depende, sobre todo, de la consolidación de una dinámica creíble para derrotar
esa estrategia de austeridad, abrir un horizonte más justo en la salida de la
crisis y una mayor democratización del sistema político. El bloqueo de esa
expectativa colectiva, progresista, solidaria y democrática, podría generar
otras dinámicas contraproducentes, adaptativas individualmente y segmentadas o,
entre ciertos sectores, de carácter populista, xenófobo o exclusivista. En
definitiva, la indignación ciudadana es una corriente social a impulsar,
encauzar y madurar, no a debilitar, desprestigiar o minusvalorar.
Particularmente,
desde el año 2010, estamos en otro ciclo sociopolítico y de la protesta social.
No solo cambia el contexto, las circunstancias que rodean el hecho principal:
el rechazo ciudadano a una política antisocial y poco democrática. Esos
elementos forman parte del sentido y el significado de las resistencias
colectivas en una situación defensiva respecto del poder. Es mayor la disociación
entre su componente expresivo o dimensión social y sus logros reivindicativos
de mejoras en las condiciones materiales o los derechos individuales y
colectivos.
Desconocer
los componentes socioeconómicos y laborales y, en otro sentido, las respuestas
del mundo sindical, deja sin explicar aspectos sustantivos de este ciclo de
movilización social. Las protestas colectivas actuales, las más amplias y
generales (las huelgas generales y las grandes manifestaciones sindicales o
ciudadanas, hasta algunos masivos conflictos sectoriales pero también cívicos,
como en la educación y la sanidad) apuntan a elementos más sistémicos o de
conjunto que otras experiencias más parciales. Así, infravalorar el contenido
social de ese proceso de contestación ciudadana, dificulta analizar su
significado, sus causas y sus objetivos. Nos alejaría de la realidad,
dificultando una interpretación adecuada y, sobre todo, una estrategia o un
proyecto sociopolítico acertado.
Rebajar este
enfoque social y crítico generaría, por una parte, el embellecimiento de la
gestión socialista y la derecha, basada en la austeridad, y, por otra parte, la
minusvaloración del fortalecimiento de la ciudadanía activa y, más en general,
de la articulación de un fuerte movimiento social transformador de la realidad
socioeconómica y política. Y este factor es clave para promover una salida más
justa y equitativa a la crisis y asegurar un modelo social avanzado para los
países europeos.
La cuestión
es la perspectiva y las características de la conformación de los dos campos y
su interrelación: el social o sociopolítico y el político-electoral. Es
difícil, con las tendencias actuales, asegurar la certeza de una salida justa y
solidaria de la crisis. No obstante, es imprescindible proponer y empujar por un
proyecto transformador, referencia para los sectores de izquierda, estímulo
para la ciudadanía activa y condicionamiento de los equilibrios y acuerdos más
amplios que puedan definir fases intermedias y aislar a los núcleos de poder
más reaccionarios. Ello permitirá una mayor firmeza y determinación de los
distintos agentes sociales y superar la inercia adaptativa o la simple
supervivencia representativa. Es el sentido de una alternativa sociopolítica y
una teoría social crítica que permita fortalecer la acción práctica igualitaria
y democrática, así como el compromiso solidario.
No hay comentarios:
Publicar un comentario