Artículos de
Opinión | por Leyde E. Rodríguez Hernández | 19-11-2013 |
La crisis
económica que en los últimos cinco años (2008-2013) atraviesa la Unión Europea
puso de manifiesto sus defectos, como una entidad todavía en construcción que
revela carencias fundamentales como la falta de objetivos, o de dirección
política capaz de afrontar los retos impuestos por el elevado desempleo, la
deuda, la inmigración o el auge de partidos políticos de extrema derecha.
En mi
opinión, cada una de estas complejas problemáticas, en su interrelación,
demuestran, contrariamente a lo que difunde la gran prensa en el viejo
continente, que Europa no ha salido aún de la crisis sistémica capitalista en
los órdenes económico, político, social, moral e institucional. Los líderes
europeos no han logrado un objetivo común o una meta que evite el
euroescepticismo de vastos sectores sociales.
Un
euroescepticismo alimentado por la destrucción, cada año, de casi un millón de
empleos y el anuncio, en los meses de octubre y noviembre de 2013, de tasas de
crecimiento económico muy débiles que no consiguen ocultar la dura realidad de
26 872 000 de desempleados en el conjunto de los países miembros de la Unión Europea
y de 19 447 000 en la Eurozona, en ambos casos, unos 60 000 más que hace un
mes. Pero si comparamos el desempleo actual con el que existía hace un año,
encontramos que la Unión Europea suma 978 000 desocupados más, mientras que la
Eurozona añadió 996 000 personas a la difícil búsqueda de empleos. Además, en
el ámbito de la juventud, hay 5 584 000 menores de 25 años desempleados, lo que
constituye una tasa del 23,5 % siendo más grave en España y Grecia, con un 56,5
y 57,3 % respectivamente. Sin olvidar la experiencia histórica que indica los
últimos meses del año como los casi siempre peores para el empleo en Europa,
por lo que esa tasa podría seguir subiendo hasta principios de 2014.
Las altas
cifras de desempleo cuestionan los precipitados y optimistas vaticinios sobre
la terminación de la crisis económica europea o que la economía europea empieza
a ver la luz al final del túnel porque, en el segundo trimestre del año, el
Producto Interno Bruto (PIB) de la zona euro experimentó un crecimiento del 0,3
% respecto a los tres meses anteriores, suponiendo el fin de seis trimestres
consecutivos de contracción del PIB. Este mínimo crecimiento de la economía
europea, como resultado de un auge de las exportaciones y de los imperceptibles
ajustes aplicados al modelo de austeridad neoliberal, evidencia que un
crecimiento sólido y sostenible sigue siendo una ilusión de la clase política y
que lo predominante es la incertidumbre sobre la evolución futura de las
economías europeas, pues los países más afectados de la periferia pobre europea
siguen sufriendo la desgracia de la pérdida de sus derechos laborales, la
abolición de facto de los convenios colectivos, el despido o traslado forzoso
de funcionarios, la privatización de empresas públicas y el aumento de los
impuestos.
Soslayando
todo eso, con cierta manipulación, leemos en la prensa internacional sobre un
incipiente crecimiento macroeconómico, cuyo único fin está dirigido al destaque
de la “eficiencia” de las políticas privatizadoras y de reducción del gasto
público – denominadas de austeridad- para “equilibrar” las finanzas públicas y
reducir el déficit fiscal. Ahora las minorías europeas muy enriquecidas, los
bancos y las corporaciones pretenden demostrar que la política económica
neoliberal ha sido todo un éxito, a pesar de un alto costo social para el mundo
del trabajo y la destrucción de la clase media europea, que ha generado 43
millones de europeos sin capacidad de compra para alimentarse por sus propios
medios, quienes dependen de la ayuda alimentaria de determinadas organizaciones
humanitarias. Cualquiera que sea el signo político del análisis de la coyuntura
económica de la Unión Europea y de la Eurozona, la salida de esta crisis
requerirá, inevitablemente, de un sostenido y acelerado crecimiento de las economías
que facilite resolver la problemática de la deuda.
Por
consiguiente, un escenario de recuperación de las economías europeas, hacia el
2015, comprende la reestructuración de la deuda y la reconsideración de los
estrictos criterios de déficit público blandidos por el Banco Central Europeo
(BCE), institución que surgió tras la entrada en vigor del Tratado de
Maastricht, el 1 de noviembre de 1993, y cuya gestión ha contribuido a
quebrantar la confianza de los ciudadanos en las instituciones de la Unión Europea.
Los ciudadanos europeos siguen sin entender por qué hay que salvar los bancos
con dinero público, en vez de proteger a las personas; y es aquí donde radica
la necesidad inaplazable del bloque de avanzar en la dimensión social de la
Unión Monetaria y Económica.
Asociado a
lo anterior se encuentra el auge de la inmigración procedente de África Norte,
Subsahariana y el Medio Oriente, que con frecuencia se estigmatiza como
culpable, especie de “chivo expiatorio”, de una crisis económica que tiene sus
causas más profundas en la naturaleza del globalizado capitalismo
contemporáneo. Esta situación ha llegado a un punto en que el Consejo de Europa
reconoció la existencia de un creciente populismo y extremismo político que
afecta a casi toda la geografía europea de Norte a Sur, con su carga de
racismo, intolerancia, violencia contra los extranjeros, en particular los
gitanos, musulmanes y el ascenso de agrupaciones políticas xenófobas que no
aceptan una identidad europea cada vez más y más multicultural. La resurrección
de las fuerzas de extrema derecha en Europa es el resultado de la crisis
económica, de la descomposición y pérdida de los beneficios sociales que,
durante décadas, garantizó el denominado Estado de bienestar general impulsado
por las fuerzas políticas socialdemócratas, la indiferencia de la clase
política hacia los reclamos de los ciudadanos y la ausencia de una estrategia
humanista que enfrente el empuje de la inmigración, en el contexto de la crisis
económica sistémica y estructural del capitalismo globalizado.
El conjunto
de esos factores nos advierte que una construcción europea irreversible
constituye una percepción falsa, pues la historia ha demostrado que cualquier
proceso social puede ser revertido. En el ámbito europeo, debe reconocerse que
los partidos políticos no han sabido ofrecer respuestas creíbles a las
problemáticas mencionadas, ni a los temores de los ciudadanos por la pérdida de
riqueza material y, como consecuencia, de las libertades individuales
relacionadas con el consumo y el nivel de vida, la igualdad de género, laicidad
o, al menos, preeminencia del Estado sobre la religión, entre otros temas no
menos importantes. En este panorama, la socialdemocracia es la que más ha
perdido en la batalla política y electoral, practicando una política casi
idéntica a la de sus rivales de derecha o conservadores. Estas son condiciones
peligrosas y desafiantes para el futuro de la construcción europea, ya que las
fuerzas de extrema derecha buscan ascender al poder en cada país y a nivel de
las instituciones europeas, con su rechazo al proceso de integración, la moneda
única (Euro), contra la solidaridad, la justicia social y el gran capital,
aunque a éste último, históricamente, acaban sirviendo.
Así hablamos
de una cultura política europea en franca crisis y amenazada por el apogeo de
la extrema derecha, cuyos partidos políticos llevan años siendo noticia en
países como Hungría, Finlandia, Reino Unido, Holanda, Austria o la propia
Francia. Ahora la batalla se plantea en las instituciones comunitarias: según
una reciente encuesta del periódico galo "Le Nouvel Observateur" en
las próximas elecciones europeas de mayo de 2014 el Frente Nacional de Marine
Le Pen obtendría el 24% de los votos, por delante de socialistas y
conservadores en Francia. Aunque sabemos que estas cifras son, muchas veces,
objeto de tergiversación mediática y tienden a desinflarse cuando más se acerca
el momento del voto, es también incuestionable la progresión de poder de la
extrema derecha en toda Europa.
En un
entorno de incertidumbre y euroescéptico, los dirigentes de los países europeos
podrían terminar replegándose hacia sus prioridades nacionales, presentándose
el choque o contradicción entre dos tendencias principales: integración europea
versus nacionalismo, sobresaliendo la preocupación por una Europa germana. Como
ha dicho Martin Schultz, socialdemócrata alemán, candidato a presidir la
Comisión Europea, “los líderes europeos asisten a la última oportunidad de
reformar la Unión Europea”, si se quiere que el bloque tenga un futuro en las
relaciones internacionales del siglo XXI, caracterizadas por la innovación, la
competitividad y el empleo, en los sectores en los cuales los europeos son aún
punteros: aeronáutica, biotecnología, nanotecnología, etc.), que determinarán
el poderío y el lugar de cada actor en el juego de la política internacional.
Una Unión
Europea sin una estrategia de futuro será un factor de inestabilidad para el
sistema de relaciones internacionales, pues, en verdad, la construcción europea
constituyó una ambición extraordinaria, desde el punto de vista histórico y
geopolítico, porque sus promotores se proponían construir, en Europa, una
potencia económica comparable a los Estados Unidos y China. Para lograr esos
fines, la Unión Europea debe superar todas las crisis que frenan y paralizan su
construcción. Debe, en primer lugar, darse los medios suficientes que le
permitan convertirse en una de las tres superpotencias mundiales del sistema
internacional multipolar del 2050.
Esta es una
ambición que debe acompañarse de una estrategia y calendario preciso,
planteando una armonización entre los factores económicos, políticos y sociales
de la Unión Europea, para dejar atrás la política económica neoliberal que
obstaculiza la reconstrucción –tal vez con un nuevo tratado sería posible- de
las capacidades de cohesión interna de la Unión y de los paradigmas económicos
y políticos, ahora extraviados, pero que un día hicieron de Europa un
conglomerado de países con mayor influencia y prestigio en la política
internacional.
De la Unión
Europea, creada para evitar la guerra o promover la paz entre sus miembros, se
desea una proyección similar más allá de sus fronteras nacionales. Millones de
personas en el mundo esperan que la Unión Europea sea un polo de progreso,
humanismo y paz en las relaciones internacionales. Pero, por ahora, lo más
probable es que, mientras persistan las múltiples crisis que perturban la
construcción europea, crecientes sectores sociales derechizados, procedentes de
diversas tradiciones o signos políticos e ideológicos, seguirán apostando por
su caída o destrucción motivados por un profundo sentimiento extremista y
antisistema nacido de las entrañas de la propia crisis económica, cuyos rasgos
principales están lejos de haber desaparecido.
Fuente: www.leyderodriguez.blogspot.com

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