Memoria
Histórica | Eduardo Montagut Contreras* | 17-04-2014 |
Una de las
claves para entender las dificultades con las que tuvo que enfrentarse la
coalición republicano-socialista en sus intentos de aplicar su programa de
reformas en las estructuras políticas, sociales y económicas de España, fue la
resistencia y oposición de una serie de fuerzas políticas y sociales de
distinto signo, poder e influencia. Por un lado, estarían las fuerzas a la
izquierda, principalmente los anarquistas. Por otro lado, estarían la oposición
eclesiástica, la del ejército y la de las derechas.
Los
anarquistas terminaron por declarar la República, como a cualquier otra forma
de Estado, como enemiga de la clase obrera, aunque no se movilizaron en su
contra cuando se proclamó. En plena Dictadura de Primo de Rivera se había
fundado la FAI (1927), como sociedad que reclutó a sus afiliados entre los
cuadros más duros de la CNT. Ante lo que consideraban excesiva lentitud de las
reformas republicanas, especialmente, la agraria, la FAI y la CNT impulsaron la
iniciativa campesina y obrera al margen del poder. Así se sucedieron diversas
agitaciones anarquistas en el campo y en las fábricas. El gobierno respondió,
en general, con dureza.
Uno de los
acontecimientos con más resonancia fue el de Casas Viejas a principios de 1933.
Allí los campesinos se sublevaron y atacaron a la Guardia Civil. Esto motivó el
envío de la Guardia de Asalto para restablecer el orden. Cuando todo parecía
acabado, un viejo anarquista se atrincheró en su casa con sus hijos, nietos y
algunos vecinos, ante lo cual se desencadenó una brutal y desproporcionada
represión: se incendió la casa y se ordenó ametrallar a sus ocupantes. Murieron
todos menos dos. Después se asesinaron a doce hombres maniatados. Esta
actuación policial desacreditó al gobierno entre amplios sectores populares y
de la izquierda, y contribuyó a su crisis y caída.
La alta
jerarquía eclesiástica estuvo muy vinculada a la monarquía de Alfonso XIII. En
oposición, el republicanismo español mantenía posiciones anticlericales, aunque
algunos de sus representantes, como Alcalá-Zamora o Manuel Maura eran
declarados católicos.
El primer
conflicto surgió con la máxima autoridad eclesiástica española, el primado
cardenal Segura, quien en una pastoral del 1 de mayo atacó a la República y
exaltó al monarca. El gobierno exigió la dimisión del cardenal pero la Iglesia
cerró filas en torno a su figura. También hubo otro conflicto con el obispo de
Vitoria. Las relaciones entre el gobierno y la Iglesia habían empezado mal.
Otro
fenómeno que enrareció más las relaciones entre la Iglesia y el nuevo régimen
fue el vandalismo anticlerical. El gobierno no instigó estos hechos pero no fue
diligente en atajarlos porque no quería granjearse la enemistad de ciertos
sectores populares, cuyo anticlericalismo violento era una explosión visceral
de rabia al considerar a la Iglesia vinculada con los poderosos y ricos.
En el seno
del ejército existía una gran división entre partidarios y enemigos de la
República. Una de las cuestiones clave era la autonómica al suponer una reforma
de la tradicional organización territorial de España, principal preocupación
para muchos militares.
Ante las
conspiraciones militares la República optó por una política suave de sanciones
ante el temor que producía el ejército. La más importante de todas las
conspiraciones fue la protagonizada por el general Sanjurjo, director general
de la Guardia Civil, en Sevilla en el verano de 1932. Pero fue un golpe
precipitado y con escasa coordinación, por lo que pudo ser sofocado con
facilidad. La reacción del gobierno fue la suspensión de algunos periódicos de
derecha, la destitución de algunos cargos, la disolución del tercio de la
Guardia Civil que se había sublevado, y la expropiación de tierras a los
terratenientes comprometidos en el golpe. Se procesó a Sanjurjo, que fue
condenado a muerte, aunque se le conmutó la pena por cadena perpetua.
Los partidos
de derechas se pueden clasificar en dos grandes grupos, según su actitud ante
la República. En primer lugar, estaría la derecha posibilista, es decir,
aquella cuya estrategia consistía en conquistar el poder por las urnas para
convertir a la República de izquierdas en una República conservadora. En
segundo lugar, tendríamos la derecha monárquica y antirrepublicana, que
pretendía, en cambio, acabar con la República mediante la conspiración militar.
De los
partidos posibilistas destacaría, sin lugar a dudas, la CEDA, o Confederación Española
de Derechas Autónoma, de Gil Robles, que contaba con el apoyo de la Iglesia y
agrupaba amplios sectores católicos de la clase media, la alta burguesía y
terratenientes, así como de medianos y pequeños campesinos. Su programa se
basaba en la defensa del catolicismo y el orden social. Se trataba de una
coalición política creada en octubre de 1932, fruto de la unión de Acción
Popular de Gil Robles y de la Derecha Regional Valenciana, dirigida por Luis
Lucía. La derecha monárquica estaba representada por el Partido Carlista o
Tradicionalista de Fal Conde, que mantenía la tradición del carlismo, y
Renovación Española, fundada en 1933 con Calvo Sotelo como máximo
representante, que propugnaba una monarquía autoritaria.
Con carácter
más minoritario estaba la extrema derecha. Bajo la inspiración del fascismo
italiano y algo menos del nazismo alemán, surgieron distintos partidos
totalitarios, que terminaron por unirse al último en crearse, es decir a
Falange Española, fundada en 1933 por José Antonio Primo de Rivera. Fue la
organización más activa de la extrema derecha y utilizó la violencia contra
miembros de partidos y sindicatos de izquierda.
*Para
Tercera Información.

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