Participó en el atentado contra Alfonso XIII, abuelo del actual monarca
Lunes, 9 de
abril de 2012
Por Víctor
Márquez Reviriego
Nacido en Las Palmas de Gran Canaria
(1838), en la misma casa donde estuviera la Inquisición provincial, marchó muy
pronto a Tenerife donde se educó en un hogar con padre progresista, que tenía
en su despacho retratos de Voltaire, Garibaldi y Quintana. Fue ministro de la
Guerra en un gobierno presidido por don Francisco Pi y Margall, el día 11 de
junio de 1873, a los cuatro meses justos de proclamarse la primera República.
Todo parece indicar que participó indirectamente en el atentado que sufrió
Alfonso XIII el dia de su boda.
"Antes de la votación
me llevó Castelar a la biblioteca del Congreso:
- La Cámara -me dijo- está inclinada a confiarle a usted la cartera de Guerra; los amigos que me oyen son del mismo parecer; yo, sin embargo, no me decido a aconsejarles sin saber lo que usted hará en el ministerio...
- La Cámara -me dijo- está inclinada a confiarle a usted la cartera de Guerra; los amigos que me oyen son del mismo parecer; yo, sin embargo, no me decido a aconsejarles sin saber lo que usted hará en el ministerio...
- Pues mire usted
-le dije-, como nunca he pensado ser ministro ni lo deseo; como por eso mismo
no he formulado programa, lo probable será, si persisten en mi nombramiento,
que yo no haga en el Ministerio absolutamente nada.
- En ese caso -me contestó-, mis amigos y yo le votaremos a usted."
Poco después de este extraño diálogo, don Nicolás Estévanez pasó a ser ministro de la Guerra en un gobierno presidido por don Francisco Pi y Margall, el día 11 de junio de 1873, a los cuatro meses justos de proclamarse la primera República.
- En ese caso -me contestó-, mis amigos y yo le votaremos a usted."
Poco después de este extraño diálogo, don Nicolás Estévanez pasó a ser ministro de la Guerra en un gobierno presidido por don Francisco Pi y Margall, el día 11 de junio de 1873, a los cuatro meses justos de proclamarse la primera República.
Este diálogo en la biblioteca del
Congreso, este prometer que no haría absolutamente nada (sobre lo que tendremos
que volver más adelante), llevaron a don Nicolás Estévanez al
puesto de ministro y a un puesto (pequeño y casi ínfimo, desde luego) en los
manuales de historia del XIX. En otras formas de historia, Estévanez
aparece. Una de ellas en esa especie de historia informal -arbitraria
para unos, certera para otros, interesante siempre- que son las Memorias
de Pío Baroja.
Baroja conoció a Estévanez cuando éste, ya viejo, vivía en París.
"Don Nicolás, corpulento, de ojos azules, perilla larga y mejillas sonrosadas, parecía un militar francés del segundo Imperio."
Aparece también en sus propias memorias, editadas ahora en Tebas con prólogo de José Luis Femández-Rua, que vieron la luz por vez primera en "El Imparcial" el año 1899, bajo el título de "Fragmentos de mis Memorias". Allí prometía una segunda entrega, para abarcar toda su vida. La publicada entonces (y ahora) va de 1838 a 1878. No hubo más. Y ello nos priva de una parte de recuerdos, incluso políticos, acaso de mayor interés por su proximidad (Estévanez vivió hasta 1914) y por las figuras que trató y podría haber recordado. Porque aunque Estévanez prometía que el segundo acabaría en el último año del siglo XIX, no hay que desechar la probabilidad de un tercer tomo (tal vez unas memorias de ultratumba, a loChateaubriand). Podemos imaginar el interés de esta tercera parte, si pensamos que – según Baroja - Estévanez podría haber participado en el atentado de Mateo Morral contra Alfonso XIII en la calle Mayor de Madrid. No parece que Baroja tuviera de- masiadas pruebas, pero el caso es que aquella idea debía de ser compartida por más de uno. Así lo explica Baroja:
"En el asunto de Mateo Morral debió de intervenir mucha gente, y entre ellos don Nicolás Estévanez.
"A mí me sorprendió mucho esto, porque no comprendía que un hombre inteligente y con un sentido claro de la vida pudiese intenvenir en una cosa así.
"Y, sin embargo, todo me hace pensar que intervino."
Luego contaba que la bomba empleada por Morral había venido de Francia liada en una bandera francesa, porque se hallaron trozos de percal rojo, azul y blanco en la maleta de Morral. Por su parte, un hijo de Berthelot que examinó un trozo de la bomba después del atentado, comprobó que los bordes estaban rematados con soldadura autógena (que sólo se hacía, por entonces, en algunos talleres de París y Londres). Finalmente, añadía, que poco antes del atentado terrorista, Estévanez había estado en Barcelona, procedente de París y de paso para Cuba. Ergo, él había llevado la bomba.
Sin duda, no eran pruebas suficientes ni mucho menos. Y remachaba con una comprobación:
"Dos o tres años después, estando en una cervecería cerca del León de Belfort, en la avenida de Orleáns, en París, con Javier Bueno, éste, de una manera impertinente, le dijo al viejo Estévanez que él creía que había participado en el atentado de Morral".
"Estévanez se puso muy rojo y después palideció. Yo quedé convencido, como he dicho, de que él había tenido una parte muy importante en el asunto..."
Y viene ahora la explicación psicológica.
"Este hombre, que era hombre honrado y buena persona, tenía una tendencia a la violencia del militar que la había traspasado a su revolucionarismo."
Se acepte o no esa alusión a la violencia, lo que sí está claro (sobre todo en estas memorias de Estévanez) es que fue, de manera plena y sucesiva, militar y revolucionario.
Nacido en Las Palmas de Gran Canaria (1838), en la misma casa donde estuviera la Inquisición provincial, Estévanez escribirá como dándole la razón a Baroja:
"A un hombre que vino al mundo nada menos que en la Inquisición, nadie le tachará de demagogo porque sienta deseos de arrasar hasta la casa paterna. Desde que nací tengo instintos destructores, aunque poco o nada he destruido, y lo atribuyo al negro azar de haber tenido por cuna aquel antro infernal que había devorado tantas víctimas."
El niño Nicolás marcha muy pronto a Tenerife y se educa en un hogar con padre progresista, que tenía en su despacho retratos de Voltaire, Garibaldi y Quintana. Un padre que vistió a sus hijos de luto cuando el general Narváez fusiló a su colega el liberal Zurbano. También en Tenerife vivirá en el ambiente liberal y pre-democrático de los desterrados políticos que el gobierno de Madrid mandaba allí. Abundaban entre ellos los militares y así Estévanez viene a la península para entrar en el Colegio de Infantería de Toledo. Apenas llega allí busca la estatua del comunero Padilla ("me dijeron que no había tal estatua. Pero sí la había del monarca extranjero que lo decapitó"), Estévanez hará su primera guardia de oficial en Valladolid. Como militar recorrerá media España, Marruecos y Cuba, a la que ya entonces estimaba perdida de manera irremediable para España. Dejará el ejército con el grado de comandante para poderse dedicar a sus afanes Revolucionarios sin tener que traicionar a su conciencia, porque Estévanez tenía tal concepto de la disciplina que se planteaba el dilema de traicionar a ésta o traicionarse a sí mismo. También, añadía, porque "la milicia es buena para la gente moza; yo iba a cumplir treinta y cuatro años".
Cinco años antes de llegar a esta edad que tan alejada de la juventud juzgaba ya se le habían presentado problemas a Estévanez. En Cuba tuvo que negarse a firmar un documento presentado como de fidelidad a la reina Isabel II, pero que en realidad era un insultante ataque a Prim, al que se calificaba de "ex general infame", "traidor", "cobarde" y "vendido al oro inglés". La comprensión del general encargado del asunto evitó que el problema pajara a mayores...
Años después, Estévanez recordará que cuando Prim entra triunfador en Madrid, tras la caída de Isabel II, uno de los capitanes que le preceden y vitorean es el mismo que redactó el documento.
En una de sus largas licencias el todavía militar visita a Prim, emigrado forzoso en Londres. Estévanez cuenta así la visita:
"Don Juan se sonrió cuando le dije que yo era y sería siempre republicano y que él haría un buen presidente de la república.
"-Eso es un sueño - me dijo -; la república sería posible si hubiera republicanos, como los hay hasta en Rusia; pero en España no los hay ni puede haberlos; son ustedes cuatro ilusos, cuatro locos... Usted mismo dejará algún día de ser republicano."
Nunca dejó de serlo. El republicanismo fue en Estévanez un factor creciente que acabó ocupándole por completo v al que sacrificó su vida y su carrera.
Baroja conoció a Estévanez cuando éste, ya viejo, vivía en París.
"Don Nicolás, corpulento, de ojos azules, perilla larga y mejillas sonrosadas, parecía un militar francés del segundo Imperio."
Aparece también en sus propias memorias, editadas ahora en Tebas con prólogo de José Luis Femández-Rua, que vieron la luz por vez primera en "El Imparcial" el año 1899, bajo el título de "Fragmentos de mis Memorias". Allí prometía una segunda entrega, para abarcar toda su vida. La publicada entonces (y ahora) va de 1838 a 1878. No hubo más. Y ello nos priva de una parte de recuerdos, incluso políticos, acaso de mayor interés por su proximidad (Estévanez vivió hasta 1914) y por las figuras que trató y podría haber recordado. Porque aunque Estévanez prometía que el segundo acabaría en el último año del siglo XIX, no hay que desechar la probabilidad de un tercer tomo (tal vez unas memorias de ultratumba, a loChateaubriand). Podemos imaginar el interés de esta tercera parte, si pensamos que – según Baroja - Estévanez podría haber participado en el atentado de Mateo Morral contra Alfonso XIII en la calle Mayor de Madrid. No parece que Baroja tuviera de- masiadas pruebas, pero el caso es que aquella idea debía de ser compartida por más de uno. Así lo explica Baroja:
"En el asunto de Mateo Morral debió de intervenir mucha gente, y entre ellos don Nicolás Estévanez.
"A mí me sorprendió mucho esto, porque no comprendía que un hombre inteligente y con un sentido claro de la vida pudiese intenvenir en una cosa así.
"Y, sin embargo, todo me hace pensar que intervino."
Luego contaba que la bomba empleada por Morral había venido de Francia liada en una bandera francesa, porque se hallaron trozos de percal rojo, azul y blanco en la maleta de Morral. Por su parte, un hijo de Berthelot que examinó un trozo de la bomba después del atentado, comprobó que los bordes estaban rematados con soldadura autógena (que sólo se hacía, por entonces, en algunos talleres de París y Londres). Finalmente, añadía, que poco antes del atentado terrorista, Estévanez había estado en Barcelona, procedente de París y de paso para Cuba. Ergo, él había llevado la bomba.
Sin duda, no eran pruebas suficientes ni mucho menos. Y remachaba con una comprobación:
"Dos o tres años después, estando en una cervecería cerca del León de Belfort, en la avenida de Orleáns, en París, con Javier Bueno, éste, de una manera impertinente, le dijo al viejo Estévanez que él creía que había participado en el atentado de Morral".
"Estévanez se puso muy rojo y después palideció. Yo quedé convencido, como he dicho, de que él había tenido una parte muy importante en el asunto..."
Y viene ahora la explicación psicológica.
"Este hombre, que era hombre honrado y buena persona, tenía una tendencia a la violencia del militar que la había traspasado a su revolucionarismo."
Se acepte o no esa alusión a la violencia, lo que sí está claro (sobre todo en estas memorias de Estévanez) es que fue, de manera plena y sucesiva, militar y revolucionario.
Nacido en Las Palmas de Gran Canaria (1838), en la misma casa donde estuviera la Inquisición provincial, Estévanez escribirá como dándole la razón a Baroja:
"A un hombre que vino al mundo nada menos que en la Inquisición, nadie le tachará de demagogo porque sienta deseos de arrasar hasta la casa paterna. Desde que nací tengo instintos destructores, aunque poco o nada he destruido, y lo atribuyo al negro azar de haber tenido por cuna aquel antro infernal que había devorado tantas víctimas."
El niño Nicolás marcha muy pronto a Tenerife y se educa en un hogar con padre progresista, que tenía en su despacho retratos de Voltaire, Garibaldi y Quintana. Un padre que vistió a sus hijos de luto cuando el general Narváez fusiló a su colega el liberal Zurbano. También en Tenerife vivirá en el ambiente liberal y pre-democrático de los desterrados políticos que el gobierno de Madrid mandaba allí. Abundaban entre ellos los militares y así Estévanez viene a la península para entrar en el Colegio de Infantería de Toledo. Apenas llega allí busca la estatua del comunero Padilla ("me dijeron que no había tal estatua. Pero sí la había del monarca extranjero que lo decapitó"), Estévanez hará su primera guardia de oficial en Valladolid. Como militar recorrerá media España, Marruecos y Cuba, a la que ya entonces estimaba perdida de manera irremediable para España. Dejará el ejército con el grado de comandante para poderse dedicar a sus afanes Revolucionarios sin tener que traicionar a su conciencia, porque Estévanez tenía tal concepto de la disciplina que se planteaba el dilema de traicionar a ésta o traicionarse a sí mismo. También, añadía, porque "la milicia es buena para la gente moza; yo iba a cumplir treinta y cuatro años".
Cinco años antes de llegar a esta edad que tan alejada de la juventud juzgaba ya se le habían presentado problemas a Estévanez. En Cuba tuvo que negarse a firmar un documento presentado como de fidelidad a la reina Isabel II, pero que en realidad era un insultante ataque a Prim, al que se calificaba de "ex general infame", "traidor", "cobarde" y "vendido al oro inglés". La comprensión del general encargado del asunto evitó que el problema pajara a mayores...
Años después, Estévanez recordará que cuando Prim entra triunfador en Madrid, tras la caída de Isabel II, uno de los capitanes que le preceden y vitorean es el mismo que redactó el documento.
En una de sus largas licencias el todavía militar visita a Prim, emigrado forzoso en Londres. Estévanez cuenta así la visita:
"Don Juan se sonrió cuando le dije que yo era y sería siempre republicano y que él haría un buen presidente de la república.
"-Eso es un sueño - me dijo -; la república sería posible si hubiera republicanos, como los hay hasta en Rusia; pero en España no los hay ni puede haberlos; son ustedes cuatro ilusos, cuatro locos... Usted mismo dejará algún día de ser republicano."
Nunca dejó de serlo. El republicanismo fue en Estévanez un factor creciente que acabó ocupándole por completo v al que sacrificó su vida y su carrera.
Porque poco recibió de su actividad
revolucionaria. Ciertamente fue gobernador de Madrid, una
ciudad que él consideraba la más monárquica de España. Fue, asimismo,
diputado. Y fue incluso ministro, como señalamos al principio.
No era ociosa aquella pregunta de Castelar sobre qué pensaba hacer al frente de la cartera de Guerra. Castelar que consideraba a Estévanez como un radical exaltado, quería asegurarse previamente de que el futuro ministro iba sólo a llenar el cargo, a acceder al ruego de Pi, pero no a cambiar los mandos militares. Estos mismos mandos militares fueron los que se ofrecieron luego a Castelar, cuando éste sucedió a Salmerón en el Ejecutivo, y fueron también los que dieron el golpe de gracia a la República y trajeron la Monarquía restauradora en Sagunto. Como ha señalado Jutglar ("La España que no pudo ser", Dopesa) Cástelar "sustrajo el mando de todo tipo de fuerzas armadas a las autoridades civiles y, así, preparó las cosas para entregaren bandeja la República, indefensa y sin posibilidad de reaccionar, a sus enemigos".
Con la Restauración, Estévanez se exilió. Primero a Portugal. Después a Londres y, finalmente, a París. Aquí viviría casi cuarenta años, con alguna interrupción. Sería redactor de "El Correo de Ultramar" y visita obligada para los españoles que llegaban a París. Así lo conoció Baroja, que se presentó a él con una carta de su paisano Galdós. Más tarde también lo trataría Corpus Barga, que estuvo en la incineración de su cadáver en el cementerio del Padre Lachaise un día del verano de 1914. Aquel mismo cementerio lo había visitado Estévanez un cuarto de siglo antes y viendo la tumba de Michelet rodeada de pájaros, comentaba:
"¡Ay! -pensé-, yo soy canario, y cuando me sepulten no acudirán mis congéneres a tributarme su delicada música."
No era ociosa aquella pregunta de Castelar sobre qué pensaba hacer al frente de la cartera de Guerra. Castelar que consideraba a Estévanez como un radical exaltado, quería asegurarse previamente de que el futuro ministro iba sólo a llenar el cargo, a acceder al ruego de Pi, pero no a cambiar los mandos militares. Estos mismos mandos militares fueron los que se ofrecieron luego a Castelar, cuando éste sucedió a Salmerón en el Ejecutivo, y fueron también los que dieron el golpe de gracia a la República y trajeron la Monarquía restauradora en Sagunto. Como ha señalado Jutglar ("La España que no pudo ser", Dopesa) Cástelar "sustrajo el mando de todo tipo de fuerzas armadas a las autoridades civiles y, así, preparó las cosas para entregaren bandeja la República, indefensa y sin posibilidad de reaccionar, a sus enemigos".
Con la Restauración, Estévanez se exilió. Primero a Portugal. Después a Londres y, finalmente, a París. Aquí viviría casi cuarenta años, con alguna interrupción. Sería redactor de "El Correo de Ultramar" y visita obligada para los españoles que llegaban a París. Así lo conoció Baroja, que se presentó a él con una carta de su paisano Galdós. Más tarde también lo trataría Corpus Barga, que estuvo en la incineración de su cadáver en el cementerio del Padre Lachaise un día del verano de 1914. Aquel mismo cementerio lo había visitado Estévanez un cuarto de siglo antes y viendo la tumba de Michelet rodeada de pájaros, comentaba:
"¡Ay! -pensé-, yo soy canario, y cuando me sepulten no acudirán mis congéneres a tributarme su delicada música."

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