Todos los males que hoy sufrimos, que matan
y excluyen, serán endémicos. Al capitalismo nunca gustó la Democracia.
nuevatribuna.es
| Pedro Luis Angosto | 06 Enero 2014 - 17:52 h.
Uno de los
principales artífices de la segunda revolución industrial fue Alfred Nobel, ese
sueco ligado a la industria del acero y la guerra que inventó la dinamita,
destinando –tal vez por reconcomio- los inmensos beneficios que le deparó su
destructor explosivo a una fundación que desde su fallecimiento concede los
premios más famosos y deseados del planeta. La dinamita permitió avances
terribles en las cosas de la guerra, con mucho menos se podía matar mucho más,
pero gracias al ingenio de otros también sirvió para abrir nuevas vías de
comunicación y horadar las entrañas de la Tierra. Hoy no sabríamos decir cuál
de los dos usos, el malo o el bueno, del invento de Nobel ha llegado más lejos,
pero sí que todos los descubrimientos científicos que han acaecido a lo largo
de la historia tenían dos cualidades: Una, eran inevitables; otra, podían ser
bien y mal usados.
Desde hace
unos años, demasiado pocos, quizá no lleguen a veinte, vivimos la mayor
revolución tecnológica de la historia, un cambio venido desde arriba que de
momento –como ocurrió en otras épocas- parece ideado contra el hombre en vez de
a su favor. No nos engañemos, estamos en los primeros momentos de ese cambio y
lo que viene, de no actuar con valentía y sacrificio, pondrá en manos de los
poderosos tal cantidad de instrumentos de poder que será inevitable una
dictadura global de consecuencias dramáticas. Con lo que hoy conocemos es
posible que desde una simple oficina situada en un sótano de una tienda de
medias de la Quinta Avenida estén controlando todas las llamadas telefónicas,
todos los correos y todos los Wasap que a diario circulan por el planeta. El
portador de un móvil, del tipo que sea, lleva en su bolsillo un dispositivo
electrónico que avisa en fracciones de segundo a la policía sobre su paradero
exacto, incluso estando apagado, y muy pronto, mucho más de lo que creemos
todos tendremos un Dron encima de nuestra cabeza, lo que dejará en el paro a
millones de policías de todo el mundo. El Dron se meterá en nuestras casas, nos
despertará a la hora que esté mandado sea o no la necesaria, destruirá nuestra
tostada de mantequilla con un rayo fulminante por su alto contenido en
colesterol, nos pondrá el programa de televisión más cutre que exista en la
parrilla, para lo que tendrá que utilizar toda su inteligencia artificial, nos
marcará el ritmo de trabajo, el de ocio, nuestras obligaciones para con la
comunidad y para con dios santísimo y el día que osemos desobedecer, como
Hammurabi, nos atizará una descarga eléctrica que nos dejará listos para otra
temporada.
No es
ficción científica, es realidad pura a la vuelta de la esquina, los niños
nacerán con un dron debajo del brazo y ninguno de nuestros movimientos, gestos
y palabras escaparán a su ojo en permanente estado de alerta. Tampoco es una
profecía agorera que dentro de unos meses los gobiernos de la Unión Europea
prohibirán a todos los dependientes de comercio tocar el dinero físico, el papel
o las monedas, obligando a todos los establecimientos a instalar máquinas que
chupen billetes y devuelvan lo que sea menester. Ese día, que también está ahí
mismo, millones de trabajadores de las cajas de supermecardos, bancos, parques
de atracciones, fruterías y tiendas de dinamita serán despedidos
irremisiblemente aumentando las inmensas filas del ejército más grande del
mundo, el de los parados, excluidos, precarios y demás escuadrones perdidos de
un mundo que parece caminar –también como otras veces- al suicidio por
atreverse a prescindir del ser humano e intentar someterlo a reglas, leyes y
métodos que le son esencialmente ajenos.
Las
revoluciones tecnológicas son inevitables y a largo plazo, siempre que la
sociedad sepa lo que se está jugando y actúe en consecuencia, han sido
beneficiosas para la humanidad, al menos para la parte de ella que se ha
llevado los beneficios de su uso. Pero la diferencia de ésta con las que la
precedieron es que no hay contestación ciudadana, ni de la clase trabajadora –pom,
pom, pom… ¿Hay alguien ahí?- ni de la llamada, y también disminuida,
adormecida, sociedad civil. El ludismo fue la parte más visible y conocida de
las respuestas que los trabajadores de otro tiempo dieron a los ingenios que
dejaban en la calle y sin un trozo de pan que llevar a casa a miles de
trabajadores, pero hubo otras como las huelgas como dios manda, el boicot o la
lucha callejera abierta, en todas sus modalidades. Todo menos quedarse quietos
ante una situación que no era más que la crónica de una muerte anunciada.
Resultado de esas luchas obreras de antaño fue en todos los casos la
disminución del tiempo de trabajo: En 1800 la jornada laboral media superaba
las catorce horas, mientras que en 1917, tras la finalización de la segunda
revolución tecnológico-industrial la mayoría de los países europeos, incluida
España, legislaron su reducción hasta las ocho horas. En ningún caso conocido
históricamente, una revolución industrial ha ido acompañada de aumento del
tiempo de trabajo, y ello por dos razones: el movimiento obrero lo impedía y
había que crear consumidores: Ni los muertos ni los pobres consumen.
A día de hoy
los mayores beneficiarios de las nuevas tecnologías son las corporaciones
financiero-industriales que campan a sus anchas por el mundo y sus sometidos
gobiernos de los Estados en que se organiza el mundo, que ven en ellas una
forma de aumentar exponencialmente su poder prescindiendo del pueblo y contra
el pueblo. Ninguna de las barbaridades que hoy nos asombran serían posibles sin
los cambios acaecidos al calor de esas tecnologías que debieron nacer para
servir a los hombres y no para que los hombres las sirvieran a ellas.
Instalados frente a nuestro ordenador, vemos un inmenso mundo de conocimiento
abierto en la pantalla, pero tras esa primera visión se esconde la verdadera
realidad de nuestro tiempo: El hombre sobra. Cambiar esa fatídica realidad es
una obligación que no podemos delegar en las generaciones venideras porque
sería demasiado tarde. Como hicieron quienes nos precedieron ante retos
similares, hemos de asumir nuestras responsabilidades deponiendo a los
gobiernos peleles que han vaciado de contenido la democracia, sometiendo a las
grandes corporaciones al Derecho y forzando a los nuevos poderes surgidos del
pueblo soberano a que las nuevas tecnologías sirvan para hacer más grata la
vida de los hombres. Para ello, como en otros tiempos, es inevitable la
reducción global del tiempo de trabajo de acuerdo con las posibilidades
inmensas que esta nueva revolución permite. En otro caso, todos los males que
hoy sufrimos, que matan y excluyen, serán endémicos. Al capitalismo
nunca gustó la Democracia.
Fuente: www.nuevatribuna.es

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